Caldosa en la noche gélida de La Plata

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Bergson se apareció con la invitación para una caldosa. “¿Caldosa?”, preguntó asombrado por aquel arrebato de nostalgia. Pero, ya que era nostalgia: “¿Por qué no asamos un lechón?”. “No, Asere, lo que pasa es que tengo unos amigos recién ha llegados de Cuba y quisieron inventar algo con nosotros”. Los amigos, que hasta el momento no conocía, habían pasado el último 26 de julio en La Habana en lo que fue su primer viaje al Caribe y de aquella estancia, que también les permitió conocer Varadero y Trinidad, habían llegado con las pilas cargadas y el revolucionómetro al doscientos por ciento.

El Aseregaucho, que pocas veces asistió a caldosa alguna de las que organizaba el CDR, no sentía ningún entusiasmo por simular la celebración, cuando lo hizo fue para decirle a los vecinos y en especial a quienes tenían cargo que si para algo servía el festejo era para verse las caras, charlar un rato y superan así las carestías y provisorios brotes de envidia. Pero, no solo habrían de entusiasmarse con la idea la Aseregaucha y Mariam, las integrantes de su núcleo familiar (para seguir con los términos a fines), sino que se ofrecieron para darle el toque al plato que habría de prepararse, porque ¡que era eso de preparar una caldosa sin cubanos detrás o delante del fogón! Y era cierto, bastante ya que contaban con poderosos y casi ajenos ingredientes, pensó él cuando agrupados en el patio descubrió sobre la mesa, apilados, los trozos de carne vacuna y chorizos rojos que habrían de enriquecer a las viandas apiladas en cazuelas. Para el frío una inyección de proteínas no estaba mal, que valorando las municiones aquella comida sería capaz de levantar a un muerto. Y mientras descascaraban viandas y trozaban especias, siempre bajo el efecto de la música cubana, iban haciendo historias de las caldosas que seguían preparándose allá aunque no eran tiempos buenos para caldosas, que en los ochenta sí que sabían bien, exclamó Bergson en algún momento alardeando de casinero.

Lo curioso de la reunión, sin embargo, era la manera en que los anfitriones se habían preparado para la noche. El amigo de Bergson y su novia, ambos contemporáneos del grupo cubano, estaban tan fascinados con lo experimentado en su reciente viaje a Cuba que no solo quisieron reproducir una comida cubana simbolizada por aquel plato popular. Felices les recibieron vistiendo atuendos tan familiares para los visitantes que no más haber cruzado la puerta se miraron todos a discreción. Él llevaba uniforme de gala del Ministerio del Interior con grados incluso de teniente coronel y ella lucía un esplendoroso vestuario de empleada de ETECSA, aspecto que confería matiz de fiesta de disfraces al encuentro y mucho peor, por momentos, de investigación policial, como si hubieran vivido un robo y allí tuvieran al oficial para entrevistarlos. Muy extravagante lucía el uniforme del MININT encima del roquero argetino , un tipo con melena y argollas, con tatuajes y la intención solidaria de irse siempre por un porro para amenizar la diversión. Aspectos todos que,  el uniforme debió ser lo definitivo, le hacían tratarlo con cierto recelo.

tenientecoronelEl resultado fue una pasta para chuparse los dedos. No hubo que añadirle agua, dado que no apareció nadie imprevisto, y cada quien pudo zamparse la raciones que su estómago demandó, de manera que al salir, pese a los menos dos grados de temperatura que desolaba las calles, por la sustancia y el vino, el Aseregaucho lucía más contento que cuando había llegado. Lejos quedaban sus remilgos cederistas. Fue capaz de entonar en plena vía, para bochorno de su amada y de su amiga, la canción aquella que había identificado a los cederistas en una época. “Que ya ves”, le dijo Bergson cuando bajó del taxi alquilado en conjunto para trasladarse hasta sus respectivos departamentos, “que no solo los bifes hacen milagros”. Y antes de cerrar la puerta, antes de que los tres siguieran a su espacio hipodrómico, soltó también eso de: “Ya que estamos con lo del trabajo, debíamos abrir un puesto de caldosa.”

Macedonio por Macedonio

argentina, cuba, literatura, viajes

mac2Lo del gabán y la barba vino después. Y lo debe a la influencia que en él ejercería el único escritor con quien ha entablado amistad tras su llegada, el primero que habría de tratar en persona, aunque desde mucho antes otros tantos le hubieran resultado familiares. Por las lecturas que lleva a cuestas sentía suyas las historias de Borges, Cortázar, Piglia, Bioy Casares, Girondo, Sábato. De  alguna manera todos habían incidido en él y antes de salir de Cuba supuso que entablaría ricos intercambios en bares y cafés con cualquiera de ellos. Sin embargo, el primero que se topó, y el único que le abrió sus puertas y aceptaba recibirlo cada tanto en su casa para charlar de historias no siempre comprensibles fue alguien de quien entonces no tenía la más mínima referencia, a quien encontró por pura casualidad y quien lo había deslumbrado con frases ingeniosas como esa de que aunque intelectual salteado gustaba que lo leyeran de corrido.

Después de semanas ausente Bergson había dado señales al fin. Andaba medio triste luego de romper con su novia argentina por un exabrupto con el suegro. Nunca hubiera imaginado que un cuchillo tuviera la potencia de echar abajo una relación aparentemente consolidada. “Sí que son complicadas estas mujeres”, volvió a decirle aquella mañana camino a la Biblioteca Nacional recordando el incidente que había dado lugar a la ruptura. Bergson mantenía una daga ofrecida por el hombre en un lugar visible, pero el día en que su novia llegó acompañada de sus padres para un almuerzo en su departamento apenas la funda podía verse en la pared. El arma estaba con él, en su mano inocente aunque se moviera de un lado al otro sobre la maleza del pequeño patio. “¿Cómo iba a suponer que el viejo se ofendería? ¡Tanto lío por un cuchillo regalo-símbolo de una relación!

Luego se olvidaron del cuchillo y el significado que tenía para el padre a punto de entregarle su hija a un extranjero porque la Biblioteca se levantaba ante el Aseregaucho como un potente tornillo gigante al cual debía admirarse con los mejores adjetivos. Quedaba entre edificios hermosos sobre los que caía amable el sol de la mañana. Lo único malo era el frío. Tomaron uno de los ascensores y llegaron al lugar donde sucedía el homenaje. Ya había comenzado al parecer. Hablaba una escritora, como casi todos, desconocida por él. Luego de fijarse en el lunetario descubrió que solo había dos asientos disponibles, uno en la primera fila y otro al fondo. Hoy se alegra de haber elegido sentarse allá,  al lado del viejo. Tenía una barba de abandono, blanquecina, e iba atorado en un gabán que contrastaba con el lívido abriguito que lo protegía. Una de las cosas que debía hacer de inmediato, le había dicho la Aseregaucha, era comprarse un buen abrigo. Esa mañana comprendió la urgencia. Algunas veces en el asiento tiritaba, y hasta sentía envidia del viejo, tan arrebujado en su abrigo, imperturbable, escuchando las disertaciones sobre el autor de Rayuela.

Pensó que era contraproducente la posición escogida por el hombre. Para lograr distinguir a los panelistas debía mirarlos por unos minúsculos binoculares, e incluso en el afán de escucharlos a veces debía apoyarse las orejas con ambas manos. Le hubiera dicho: “Abuelo, qué tal si cambia con otra persona”. Pero no dijo nada. Y no recuerda cómo se produjo la conversación pero en algún momento estaban hablando los dos, no de Cortázar, a quien el viejo en talante orgulloso llamaba “Uno de mis vástagos más queridos”. Informada su nacionalidad, y tras escucharle eso de lo lejos que estaba Cuba, ese paisito impresionante hasta donde habían llegado sus letras, el Aseregaucho supo al fin el nombre de tan enigmática criatura. Macedonio Fernández sonaba a cualquier cosa menos al nombre de un gran escritor. Ni siquiera podía afirmar haberlo escuchado jamás. Pero no mostraría su ignorancia a mansalva, así que en silencio escuchó al tal Macedonio que sin embargo, al final de la jornada, amable le invitaba a charlar de literatura en su residencia. Se lo hizo saber a Bergson de regreso a La Plata y este se alegró de que al menos entablara amistad con un escritor veterano. ¡Quién sabe si te ayuda a conseguir trabajo”, fueron sus palabras. Y él se quedó pensando en eso. Sí, tal vez el tal Macedonio podría ayudarlo con lo de la pincha.

Ni un café puede beber

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La posibilidad de charlar con el amigo difunto en un lugar que solo existía dentro de una computadora lo puso con el ánimo por el piso. No solo llegó a sentirse recluido como elefante en el departamento desde el cual veía caballos todas las mañanas, sino que se creyó cómplice de un entramado irreal pensado para promover falsedades. Seguido cayó en una abulia inesperada y esta le impedía terminar siquiera la lectura de uno de los libros con él desde su ciudad. Incluso llegó a comer con desgano alguno de los platos preferidos por la Aseregaucha -la milanesa fue por entonces tan recurrente como las fabadas de Mariam-. Bergson iba para una semana desaparecido. Habían quedado en verse para el homenaje a Cortázar, pero ni siquiera le timbraba al móvil.

Para matar el tiempo caminaba sin rumbo enfrentando vidrieras y personas, percatándose de la manera de vestir, de andar, de comportarse. Cada tarde y para ejercitar los músculos recogía a su amada en la Universidad. Había que atravesar un bosque abundante de eucaliptos frecuentado por deportistas amateurs, autos, ciclistas y estudiantes que iban o salían de clases en filas discontinuas. Cuando llegó al sitio por primera vez, al menos debido al aspecto de la facultad de humanidades, la Universidad se develó como el espacio donde la espontaneidad saltaba a la vista no más superar la puerta. Barandas y paredes quedaban bajo carteles y grafitis llamando a la revolución. Leyó frases, consignas, solicitudes escritas con el mayor de los enardecimientos.

A simple vista los líderes parecían mucho más creativos y espontáneos que los dirigentes estudiantiles y juveniles de su país, no escatimaban en vender libros o panes confeccionados por ellos para financiar una campaña a favor de no sabía qué causa, publicaban francas ideas en boletines que editaban por su cuenta, vestían sin presumir y podían enfrentarse con vehemencia en una especie de cuadrilátero ideológico previo a las elecciones estudiantiles con lo cual se evidenciaba un aspecto básico en la mayoría de los jóvenes con los que intercambiaba: podían hilvanar largas conversaciones y charlas sin la necesidad de caer en el panfleto propagandístico, sin dar la impresión de estar vacíos de pasión y contenido. Pronunciar palabras producidas a partir de la libre capacidad de pensar era una constante de la que se sintió avergonzado al recordar a tantos dirigentillos incapaces de originalidad ni en el saludo.

niñoA la salida visitaban algún bar o café, algo que en principio solo agudizó su depresión. Ocupada la silla era dominado por la angustia, estado del cual se percató el día en que un niño de unos seis años colocaba sobre la mesa un almanaque y él, despistado, volvió a poner la vista sobre el cartón luego de haber seguido al pequeño por unos segundos. Ella tuvo que decirle: “Lo hacen para ganarse la vida”. “¡Vaya frase!”, pensó. Siempre había alguien dispuesto a colaborar con los niños que se ganan la vida casi siempre ofreciendo algo a cambio, un almanaque, una postal por el día de los enamorados, servilletas, una canción. Los encontraría en trenes y subtes, a un lado de la acera, en plena vía. Ellos mismos, tan poco abundantes de dinero, colaboraban como podían por el simple hecho de sentir que haciéndolo escarbarían un tanto el problema de la pobreza que golpeaba a los infantes. A veces se hacía imposible entregarles algo, ni una moneda le podían dejar. Y semejante realidad le quitaba las ganas de beberse lo que fuera, ¡ah, las repercusiones de su educación! Perdía las ganas de beber y comer mientras hubiera un niño cerca que mirase como aquellos niños lo miraban algunas veces.

Espectros tiene la red

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Haber encontrado a Darwin supuso un relámpago de alegría que le permitió evocar infancia y adolescencia. Mas, entre conversaciones y quizá por el tiempo separado de su amigo,  creía a veces percibir cierta frialdad rematada en diálogos parcos e insulsos. Llegado a ese punto, aceptando lo del trabajo como coartada, se contentaba con actualizar la información referida a la vida del otro. Miraba las fotografías colgadas en su muro y especialmente observaba la imagen principal. Debió habérsela tomado recientemente, su rostro llevaba la marca de quien se acerca a los cuarenta y había en su apariencia un hálito de amargura que a él hizo meditar porque era la aflicción del emigrado, podría llegar a asemejársele. Por suerte no había recurrido a fetiches o paisajes abstractos como otros. Tener una foto suya le hizo sentirse cómodo, como si los intercambios fuesen en verdad encuentros en vivo y en directo, personales.

A veces chateaban por la noche, pero la mayoría de las pláticas ocurrieron en horario de la mañana. Así, por dos semanas en las que su amada y la amiga y hasta Bergson atestiguaron la satisfacción que el hallazgo hubo de ocasionarle. Un día el Aseregaucho contó a otro amigo afincado en Oslo de su reciente encuentro y este le soltó una frase fulminante e inmisericorde que se le clavó en la cien como una agujeta: “Coño, mijo, pero tú no sabes que Darwin está muerto”. “¿Muerto?”, exclamó: “¡Si yo chateo con él todos los días, qué bolá contigo.” “Pues ve a ver… Pensé que lo sabías, Asere; ha sido una cosa terrible para todos”. Era terrible, sí, enfermizamente terrible. En efecto, su amigo había fallecido dos semanas antes debido a un disparatado asalto callejero, pero su perfil de Facebook seguía allí y lo que era peor, alguien con espíritu macabro lo mantenía actualizado.

En el siguiente intercambió acribilló al supuesto Darwin con una sucesión de preguntas desesperadas, algo que llevó a cabo no sin evidente escozor, allí estaba la fotografía de su amigo mirándole a los ojos desdichado, y peor: enseguida leyó los saludos, vio los emoticones, tuvo las respuestas. “Soy Vidalina, ¿te acuerdas de mí?” ¿Podía ser lo que estaba leyendo? Vidalina era la madre del Testigo de Jehová, que él por supuesto bien recordaba. La mujer había escrito cada palabra del chat, algo que no solo confesaba, sino que le aseguró seguir haciéndo como única manera de mantener a su hijo en el presente. Escribir como lo hubiera hecho, poner “me gusta” a las cosas que le habrían gustado al muchacho, reproducir noticias y trozos de canciones era su terapia y, por si fuera poco, le pedía hacerse partícipe de ella, volverse su cómplice en beneficio personal.anotador

Lo único provechoso de este episodio es que llegó a establecer una especie de teoría respecto al destino que le estaba reservado al hombre moderno. Seríamos suplantados por nuestra imagen virtual, algo que sabrá peligrosamente con detalles en el futuro, y que si adelantamos ahora es solo para mantener en suspense a los escuálidos lectores de este diario de aburrimiento. También es cierto que a partir de aquel día tomó  mayor precaución a la hora de aceptar amistades, desconocidos que se acercaban portando una inocente solicitud de amistad. Fue precavido con la información que entregaba a quien del otro lado preguntaba sobre su situación en la Argentina, que qué hacía, que dónde trabajaba, ¿regresas? Nunca se sabe si los que se hallan detrás de los retratos son en verdad los fotografiados o sus fantasmas, seres misteriosos que se aparecen en la red solo para husmear la intimidad de uno, para sonsacarte, para crear una burbuja de vanidad mortal en la que puedes quedar preso como trampa asfixiante. Eso, sin hablar de los muerto, de los que siguen con vida y de los verdaderos. Ha tratado de evitarlo, pero a veces a Darwin, por ejemplo, le da por conversar.

El mundo lo absorbe

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internetarreglado

Sin embargo, pese a la pequeñez del departamento y a la soledad galopante cuando ninguna de las mujeres le acompañaban, el Aseregaucho permanecía la mayor parte del tiempo dedicado a la lectura de novelas, o conectado a la internet que a su vez le permitía sintonizarse con el universo. No era de los más analfabetos, en Cuba había gozado de privilegios. Un periodista de provincia con conexión a internet es menos provinciano, está menos aislado, se vuelve objeto de preocupación y envidia. Las posibilidades del presente lucían incomparables a las que alguna vez había tenido. Antes, para conectarse con el mundo debía primero tolerar el ruido cósmico del módem y conectado ya resistir la lentitud que apenas le permitía descargar ligeros adjuntos. Ni siquiera se le ocurrió soñar con disfrutar de un corto online, qué decir ya una película.

 

También infectado por la enfermedad de la memoria en los primeros días padeció lo que muchos de sus amigos habían padecido o seguían padeciendo. En lugar de ponerse al día, en vez de ir directo a las últimas películas, documentales o entrevistas en video realizadas a sus autores preferidos, los escritores modélicos para él, sus verdaderos padres, se dejó llevar por el agujero negro de la televisión cubana, por su espejismo dilucidario y fue dominado por esa infausta persecución de series avistadas en los ochenta, en los noventa y a principios del siglo corriente; vio viejas aventuras, olvidados dibujos animados, videos clips precarios que había llegado a pensar no existían en ningún lugar y que ni siquiera sus directores recordaban. Y no satisfecho, como zombi de la ideología, se entregó a la curiosidad de materiales patrióticos; discursos, charlas y, eso sí, cuanto producto disidente seguía vetado en la isla.

 

Después sucedió el redescubrimiento de las redes sociales. Se evaporaba su tiempo charlando con decenas de amigos que desperdigados por el mundo debían conectarse según los usos horarios de los países en donde habían ido a parar en estampida. De esa manera no solo contactó a viajantes, sino que charlaba así mismo con muchos conocidos varados en su ciudad. Muchos eran tendenciosos y se animaban a preguntar respecto a su futuro inmediato, a sus planes, a lo que pensaba de tal o mascual asunto. Lo más importante en este acápite fue la posibilidad de recuperar viejos contactos, antiguos compañeros de estudio y de la vida que tenía ya como amigos en su perfil, pero que dada la precariedad tecnológica apenas había llegado a saludar. Así, sin quererlo, conversó otra vez con Darwin.

 

Darwin fue su mejor amigo desde la infancia, un amigo del barrio con el peor nombre que se le pueda poner a un hijo teniendo en cuenta la religión predicada por la familia, todos Testigos de Jehová. De hecho Darwin había tenido problemas de la primaria al preuniversitario hasta que un día se fueron todos del país. Fue entonces cuando por lógica dejaron de verse y debieron pasar años para que sucediera el reencuentro, ¡alabado seas Mark Zuckerberg! Visto su nombre acompañando la fotografía le envió invitación. Al poco tiempo fue aceptada y si nunca cruzaron una sola palabra fue, había pensado, por la mala conexión. Pero, ahora estaba dispuesto a recuperar amistades. “¿Qué bolá, Darwin?”, escribió una mañana a su amigo. “Hola”,  pasado un momento se leía en el globo del chat.

Como alpinista austriaco

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Lo del apartamento fue una metáfora. Algunas veces y en la medida en que pasaba el tiempo podría sentirse como el famoso elefante en la caja de fósforos. Es probabble que el viaje a la Argentina  le hubiera conferido una cualidad solo esperada de ciertos tropos, por ejemplo, la metonimia. Tan solo con pisar Ezeiza pudo haberse estirado; y en la medida en que pasaban los días crecía, se agigantaba. El suyo era un estiramiento espiritual, estaba consciente, pero algunas veces no sabe bien si a consecuencia de la ansiedad del extranjero este sentimiento se volvía físico. Las piernas y los brazos terminaban tomando dimensiones descomunales y no paraba de chocar contra estantes, soportes de ventanas, mesas y sillas.

Coincidiendo con el momento en que su cuerpo alcanzaba dimensiones colosales le daba por caminar de un lado al otro como una fiera enjaulada, y como a toda bestia salvaje que quiere domesticarse su amada y la amiga lanzaban libros, series televisivas y películas  con el fin de apaciguarlo. Debía esperar la culminación de su visado como turista para aspirar a un documento de identidad con el cual habría de conseguir lo que quiere todo emigrado, trabajo. Conocía a otros muchos compatriotas que estaban o habían estado en las mismas y también trataban de calmarlo invitándolo a esporádicos paseos o a veladas que a él no gustaban demasiado dado su fascinación por la patria noche, que prefiere sagrada para dormir.

Se ponía a fantasear con el sitio que habría de acogerle profesionalmente. Un periódico, una revista, una editorial, cualquiera de estos lugares le servirían para demostrar el talento del que, estaba seguro, era poseedor. Pero, eso nunca se sabe a ciencia cierta. No se sabe si el talento se circunscribe a un territorio o acaso la circunstancia puede hacer con el talento picadillo, carne picada, trocitos. Lo cierto es que pasaría el tiempo. El trabajo no llegaba, tampoco sus papeles y nada podía calmar su ansiedad, la incertidumbre producida por el futuro avistado desde el piso quince de una torre de concreto. Por suerte tenía buena vista. Desde la ventana se veía gran parte de la ciudad.

A unos metros quedaba la estación de trenes donde una vez Brat Pitt había posado bajo la atención de Jean-Jacques Annaud y de cientos de platenses amontonados durante el rodaje de la primera escena de Siete años en el Tíbet. De manera que también el Aseregaucho se sintió alguno de esos días como el alpinista Heinrich Harrer, caminando junto a su esposa por la estación, tan impresionado como si anduviera Austria en el 39. Se movía entre la multitud de peatones y vendedores tan nuevos para él, tan mestizos todos por esa zona, observaba cada detalle avanzando sin parar pero en lugar de sostener una bandera con la esvástica negra agarraría tal vez un periódico local siempre útil para quien busca clasificados.   estación

Bife, para empezar

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“Esto no es Europa”, advirtió con inesperado desencanto la AsereDeleuze, cuyo verdadero nombre es Mariam y así le identificaremos, cuando estaban ante una mesa de pino tragándose el almuerzo de bienvenida. De plato fuerte tenían carne de vaca, acompañada con ensalada mixta y puré de papa. Su amada había pinchado la punta de una brócoli con el tenedor que llevó hasta la boca del recién llegado y aún masticaba este aquel amasijo novedoso de vegetales que en principio descubrió desagradable cuando escuchó la advertencia.

La verdad no le importaba que en lugar del Norte hubiera descendido al Sur y que estuvieran tan lejos de Europa, al fin y al cabo un mundo viejo en esos momentos convulsionado. A pocas horas de haber pisado la tierra de las mil librerías todo le resultaba maravilloso, casi tocado por una modernidad incompatible con lo que entendía debía corresponderse al subdesarrollo de estos pueblos y, claro está, al atraso sideral de su país. En lo adelante habrá de criticarse la superficialidad primigenia que lo había hecho reparar en detalles aparentemente nimios, como lo fue en este caso la calidad del transporte público; los colectivos, las guaguas como ha seguido diciéndoles, pasaban vacías en determinados horarios y con frecuencia constante. Así mismo alabó la educación de los ciudadanos, quienes ante sus ojos se alzaban engañosamente como un conjunto de gente fina, instruida, capaz de ofrecer las gracias, los buenos días, y lo mejor, de referirse a él siempre por el apelativo de “chico”.

También le atrajo, como si fuese matarife en lugar de intelectual, las carnicerías, el primero de los sitios visitados en cuanto se deshizo del maletín. Observando la fuente de plástico azul aún medio llena sobre la mesa pensaba si sería capaz de grabarse la denominación de los múltiples cortes de carnes allí existentes. Se creía incapaz de semejante aprendizaje, por lo demás innecesario para él, cuando hasta el momento diciendo “carne con gordo” y “carne sin gordo” había resuelto, llegando a sus 62 kilogramos de peso.

boca1Pero en ese momento apenas quería preocuparse en minucias.  Se encontraba admirado de sí mismo por el inmenso trozo acabado de zampar y aún más, por las ganas de seguir engullendo. “Aquí se llama bife”, le dijo el amigo Bergson, que había ido a esperarlo con una botella de vino como muestra de su amistad inquebrantable. Sostenía una copa medio llena y comía con calma, como quien ha consumido tantas veces el mismo plato que ya no tiene prisa en hacerlo otra vez. “Métele que no ves eso desde que te la quitaron por la libreta”, dijo refiriéndose a la carne de res, y quizás porque en esos momentos su cuerpo mostraba una escuálida constitución aguzada en los últimos días por la infinidad de carreras que  de una oficina a la otra debió realizar en busca de autorizaciones para su viaje.

El Aseregaucho puso una sonrisa y por un instante se mantuvo pensativo. Era cierto lo que decía el amigo. ¿Desde cuándo no comía un pedazo de carne vacuno como aquel? Nunca lo había hecho, probablemente. No le siguió la corriente, no obstante. Se sirvió dos veces más antes de escuchar el primero de los planes que le aguardaban. Su amigo lo invitaba a una jornada en recordación a Julio Cortázar preparada por la Biblioteca Nacional (ha llegado la hora de decir que el Aseregaucho tiene pretensiones literarias, no solo cuenta con un pasado como aprendiz de periodista en el semanario de su provincia natal, esa que a veces le dejaba la impresión de ser una provincia fuera de todo circuito, ajena al mundo real de la Isla y y del mundo completo, un verdadero cantón como sus habitantes quisieron alguna vez) y nada mejor podía ocurrirle a quien llegaba con ganas de salpicarse del genio literario de los muchos genios argentinos. Era el principal sueño de emigrado, vivir la literatura y olvidarse de la política estrafalaria que lo había estado persiguiendo, toda una vida, como el bolero.

El pasado futuro y sus fantasmas

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bingo7El edificio donde habrá de vivir ocupa una esquina bucólica, al límite de lo que pudiera ser el casco urbano de la ciudad de La Plata. Delante tiene el Hipódromo. También había árboles deshojados por el invierno, comercios siempre abiertos al cliente y atravesando la calle una vereda despoblada seguida de otros establecimientos. “Hay de todo”, dijo la Aseregaucha cuando bajaron del transporte que los dejó frente al edificio. Lloviznaba. El  viento se proponía paralizarle el rostro poco acostumbrado a las temperaturas bajas. Atisbó los alrededores y, aunque aún no era capaz de identificar detalles, vio que era cierto, había una multiplicidad de comercios reconocibles por sus toldos coloridos y carteles. Crecido a un costado, inmenso allá, una construcción peculiar. ¡Bingo!

Nunca había estado en un Bingo. Tampoco le importaba visitarlo porque de niño había aprendido que el juego es una tara del pasado capitalista, pero… ¿qué dice? El pasado era el presente en una cabriola del destino. Y en el futuro, para colmo, a instancias de unas compañeras de su mujer (otras amigas, feministas, habría preferido que se refiriera a ella por el apelativo militante de compañera, pero el Aseregaucho es ante todo un asere) habrá de descubrirse ante una mesa cuadrada de cuatro asientos diseñada para apostar.

Delante tienen a una dama con voz sensual que suelta melodiosamente el número grabado en las pequeñas pelotas de madera. Salen de una jaula brillante mientras los presentes esperan completar una línea en cualquier dirección del recuadro de papel. ¿Te sientes bien?”, le pregunta ella, preocupada por la expresión del Aseregaucho, tan hosca que las otras podrían llegar a pensar les molestaba su compañía. Mas  nada le pone de mal humor, solo que un ambiente como ese, de juegos prohibidos en su tierra natal, logran perturbarlo. Sentimientos de culpa lo asaltan por momentos, como si temiera que de pronto un policía fuera a surgir de algún lado para llevárselo acusado de ilegalidades. Por mucho que intenta frenarlos, esos estertores de hombre nuevo retardado le saltan encima como una enfermedad debutante. Surgen de manera inoportuna las enseñanzas de la primaria, los ejercicios morales en las clases de cívica, la intachable conducta que toda persona debe mantener en el socialismo.

Está a punto de ponerse de pie y marcharse, circula números con desgano en el tablero cuando, ¡bingo! Lo grita ella. Su amado ha completado una línea, es el ganador de la ronda. “Si qué tienen suerte los compatriotas revolucionarios”, suelta una de las chicas y la mira ahora sí con rabia, irritado por las asociaciones perpetuas con símbolos oficiales, políticos innecesarios. Esa noche comen y beben con la recompensa del juego prohibido que aquí no lo es y hasta intenta involucrarse en torneos peores, la ruleta… Y no se encuentra en el pasado, sino en un presente prometedor. Pero… este pasaje sucederá en unos meses y si lo escribo ahora es porque al descender del auto atisbaba el edificio del salón de juegos, a una cuadra de distancia del edificio, con verdadero asombro.

Seguia atento el Bingo como si hubiera en su lugar un palacio. Y cuando vino a darse cuenta la puerta del edificio estaba abierta. Su dama sonríe a la espera de impresiones. Luego siguieron al elevador, artefacto educado como pocos coterráneos: daba los buenos días y hasta te deseaba la mejor de las estancias.

Primeros anuncios

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En el trayecto el Aseregaucho descubría un mundo revelado en series televisivas y películas; es decir, se deslizaba a través de una realidad pasada por los filtros de la fantasía, las políticas editoriales e informativas de los medios de difusión promovidas allá en el país que dejaba atrás y del cual jamás había salido. Tras los cristales del vehículo podía ver de cerca y al fin el terrible capitalismo, y para ser sincero debe agregar que antes ni siquiera había intentado acercársele alguna vez. Se había mantenido ajeno a las balsas y a los aviones, a becas y a los concursos tan anhelados por amigos y conocidos. Más de uno visitó espiritista y palero con tal de salir y establecerse no importaba cuán lejos ni  enrevesado el idioma; no importaba nada con tal de salir.

Entre mimos de su amada, veía pasar modernos edificios, amplias plazas abundantes en vegetación, increíbles avenidas colmadas por filas de autos modernos, y después aceras con personas encapuchadas debido al frío. Más adelante vio rústicas paredes, asentamientos marginales que tanto le recordaron en lo visible a ciertas zonas de su pueblo. Les llaman villas, y a las villas no le siguieron castillas, sino vallas con propaganda electoral que alternaban con  anuncios publicitarios a orillas del asfalto escrupulosamente alumbrado debido al mal tiempo que para él era magnífico, cansado como estaba de tanto sol. De pronto no supo si un político se lavaba los dientes con tal pasta o si una hermosa modelo convocaba a no perder la memoria histórica; le resultaba imposible distinguirlos porque los políticos también aquí tienen cuidada dentadura y gusto en el vestir, y para ambas cosas invierten mucho de sus ganancias; incluso, supongo, algo de lo recaudado en el Partido.

Probablemente, viendo aquellos carteles su inconsciente fuera consiente de dos nombres que a la postre provocarían largas y desveladas conversaciones, y no dice la enemistad porque es exagerado, con el AsereBergson, cinco años atrás instalado en la tierra de Borges, Piglia, Cortázar, Sábato, quienes para el Aseregaucho eran más importantes que Gardel y Le Pera, y claro está, que Perón y Evita. Pero de esto se hablará después, solo adelanto que los nombres pertenecían a dos políticos postulados para las selecciones del 2015, acontecimiento abrupto para algunos amigos y del que nada se sabe aún, así que no se embullen, porque estamos en el año 2014, que según la numerología será para el Aseregaucho el que traiga la energía transformadora.

El cielo quedaba cubierto por una nata a lo dulce de leche y no cesaba la llovizna. Y aquí apunta “dulce de leche” con toda intención, pues faltaba poco para darse cuenta: en la  nueva geografía el dulce de leche es tan querido como allá detrás el de guayaba. Y aunque jamás hubiera explorado los saboargentinares de la nación que tan generosamente lo acogía como turista con visado para sesenta días, pero con la intención de prolongar la estancia por mucho más, siempre había estado en contacto con tan empalagador manjar. El dulce de leche era como la leche condensada hervida o “fanguito” para los habaneros, ese alimento que había ayudado a rebeldes y  becados, a presos y a madres iracundas cuando sus hijos no tenían qué comer. Fue común entre los suyos porque algunos recibían varias latas de leche por la libreta de abastecimiento – llamada también en la actualidad : la engañadora- y por sobreabundancia terminaban vendiéndolas, acto aprovechado por niños entre los que él, dado su desprecio con el exceso de azúcar, no se encontraba.

Llegada

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Aterrizó en la Argentina por donde casi todo el mundo, por Ezeiza, que pudo parecerle un aeropuerto impresionante - el más grande del mundo era hasta entonces para él el José Martí, de La Habana-. Ezeiza fue moderno y hasta agradable; sin embargo, tan rápido como empezaba a familiarizarse con sus recovecos le comenzaron unos insoportables estertores producto de un diminuto flancito que se había zampado cortesía de la aerolínea Lam.

Por suerte, la Aseregaucha lo esperaba desde la noche anterior. Había permanecido engabanada sobre tres de los asientos en la sala de espera, entre desconocidos adormilados y un animado televisor. La pobre anduvo preocupada y ansiosa, sabiendo de la pata que cojeaba su amado lo supuso capaz de perderse entre filas de turistas de todo el mundo. Y no fue de todo el mundo, le diría luego, tan solo era una fila infinita de brasileños que hablaban sin parar el portuñol. Cuando llegó a la estera solo esperaba su equipaje, un viejo maletín que lo había acompañado a más de un viaje nacional y que yacía recostado a una de las columnas. buenos aires

Tendrían que atravesar Buenos Aires para alcanzar al sitio donde habría de vivir junto a su amada. La Aseregaucha tenía alquilado un departamento junto a su amiga, la AserereDeleuze. Ambas eran amigas de la adolescencia y ahora cursaban una maestría en la Universidad Nacional de La Plata gracias a la pesca de una beca auspiciada por el gobierno, una de las muchas subvenciones que aquella presidenta coqueta y vehemente había sumado a la caterva de planes sociales que a los nativos lograba enredar en toda clase de discusiones.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ahora que lo recuerda la presidenta no es presidenta y los nativos no acaban de ponerse de acuerdo sobre su realidad. Van en masa al psicoanalista y ni siquiera allí saben si han sido tragados por una supernova o el país prosigue el rumbo de los países inmaduros que pretenden madurar. Pero eso es el presente, y en el pasado, cuando el Aseregaucho llegó, otras eran las preocupaciones nacionales, como por ejemplo la Argentina habían perdido en el Mundial de Fútbol. Para él, en lo estrictamente personal, aunque se había dejado llevar por el eslogan de una televisora seguida en su tierra (el norte es el sur, decía en confusa brújula), el mundo pasaba a ser una autopista por la que se iba rumbo a lo desconocido.