A veces, invisible

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Entre los males padecidos  uno consiste en pensar que los amigos habían acabado olvidándolo, que los conocidos lo habían olvidado, que excepto la familia (dentro de la cual en alguno de sus miembros, no lo duda, también empezaba a cobrar efectos el esmeril de la distancia) cada una de las personas que había conocido en el pasado lo borraban de su disco duro, hecho por el cual creía adelantarse  en esa dimensión para la cual H. G. Wells creo su personaje famoso. A veces era un esperpento incorpóreo que se paseaba por calles extranjeras con imponentes o menos edificios, realidad tal vez común a todo el que se aleja del lugar de origen. Basta con moverse de una ciudad para verse atravesando una dimensión misteriosa que te hace desaparecer, extraño efecto que se multiplica cuando además del límite terrestre saltas un océano y te adentras en la para el isleño tan lejana vida continental. Sales desapareces, entras te trasfiguras.

Así era y así iba a ser y así andaba con la cabeza últimamente atolondrada entre esto y aquello y el trabajo que no aparecía y Bergson que no daba señales por largas semanas y la Aseregaucha que para juntar dinero, porque querían ahorrar para pasar el fin de año con su familia, allá en un campo perdido de su perdida ciudad, había empezado a cuidar unos niños que eran tiernos demonios prometedores y que solo sirvieron para sembrar en ella la idea de fecundar un óvulo cuando llegara la oportunidad, pero semejante proyecto aún estaba atrapado en algún pliegue cerebral, apenas visible a los rayos neuronales que le ofrecerían la fotosíntesis.

Ahora Bergon estaba contratado en alguna institución estatal y se ocupaba allí de una estación de radio clandestina (que esto lo sabría después y no por confesión de su amigo, imperdonable secreto, sino por un artículo de Clarín, sí el mismísimo periódico, que no fue suficiente eso de Clarín miente, porque esa vez no mentía, pero de todo contará después). Mariam horneaba gaceñigas que vendía en su tiempo libre en la zona de La Boca y él, al fin,  logró pescar un empleo ( siempre en negro) como vendedor C en una tienda donde todo lo que estaba a la vista del cliente había sido producido con piel animal. Llegaba demacrado en la madrugada porque las jornada eran como las prensas de los trapiches o las maquinillas de las carnicerías y ni tiempo le quedaba para alimentarse. Si acaso algo comía era una o dos laticas de paté con lechugas, de manera que su aspecto desde que estuvo en la tienda era deprimente.

Sin embargo, lo peor no era el régimen al cual estaba expuesto cada día hasta bien cerca de la madrugada a riesgo de afectar su intimidad y los planes de la Aseregaucha del óvulo fecundado. Tenía la impresión de trabajar (laburar le dicen aquí) en un cementerio. Para mucha gente la tienda en la que, después de todo, había tenido la suerte de ser contratado era peor que un cementerio: lucraba con los pellejos cuidadosamente trabajados de los pobres carpinchos, ahora convertidos en abrigos, alfombras y sombreros. Tan indigno resultaba el negocio para mucha gente que una vez se metieron tres mujeres y dos hombres y cuando pensó que requerían de su asistencia para efectuar la compra de por lo menos una alfombra los vio sacar unos palos medianos y con ellos destrozar lo que tuvieran delante. Se libró de la furia porque tuvo el tino de refugiarse bajo el mostrador (cuánto le hubiera gustado ahí en verdad ser invisible), y casi temblando marcó a la policía, y cuando se puso de pie aún no habían llegado las fuerzas pero encontró ese enigmático mensaje que le hizo tomar conciencia de su complicidad: “El carpincho eres tú”. Por un buen tiempo encontraba en el espejo la cabeza de un carpincho convertido en hermoso sombrero de piel en lugar de su rostro.

garpinchoMuchas sociedades protectoras de animales hay en la Argentina, muchos grupos veladores por los derechos de perros, gatos, chinchillas y carpinchos. Sus miembros son comandos de asalto dispuesto a cualquier cosa con tan de defender la integridad de un animal. A veces no sabe si un ser humano es tan ferviente defensor de la integridad de una persona como lo es de un ser de otra especie, quizá porque al saberse superior intenta desplegar un sentimiento de conmiseración que con uno igual le es inaceptable o imposible a saber por qué razones.

Un porro pedagógico

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bosqEl porro iniciático fue, como escriben los malos periodistas, “degustado” en un círculo hippie formado en la penumbra amistosa del bosque de La Plata. Estaban todos allí, la Aseregaucha, Mariam, Bergson y los tantos amigos incorporados a su vida platense – nunca plateada-. Participaban en un festival como nunca antes había visto alguno. En primer lugar, porque tenía como centro el corazón del bosque, una selva verde en la que dentro de la ciudad y junto al estadio del club Gimnasia crecían potentes eucaliptos y ceibos con verdaderos plastrones de paja en las que las cotorras monjes dejaban sus huevos. Y aunque al principio apenas podría creerlo -para un cubano a veces es difícil entender cualquier simpleza-, en medio de semejante matorral se podía celebrar un multitudinario concierto de música folclórica en calma sin que acaecieran hechos de violencia dignos de reportar.

Pero ni siquiera sería un concierto lo que iba a suceder durante varias noches consecutivas. Habían armado tres entramados inmensos donde de manera simultánea tocarían agrupaciones, solistas y bandas. De manera paralela, en puestos distribuidos en fila junto a una de las vías cualquier hambriento podría irse por bebidas y refrigerios –otra vez la jerga del mal periodismo- que la gente habría de devorar en pacífica alegría, sentada en el punto que mejor le viniera en gana, ante las tarimas o sobre la yerba, que se podía pisar no solo con los pies, incluso y perfectamente con cualquiera fuera la parte del cuerpo. Y hasta vería pasar entre las multitudes en puntillas vendedores ambulantes, jóvenes universitarios que se entregaban a esta digna iniciativa para complementar sus gastos, y así el Asere atisbó comestibles y, tal como fue el caso, unos tabacos cubanos –de la bodega- dentro de un canasto de mimbre. Esos, la verdad, los había llevado su amada la segunda noche y entre todos se encargaron de ofrecerlos para con lo recaudado adquirir bebidas para el conjunto.

En segundo lugar, antes de aceptar inmiscuirse en tan original fiesta, valoraba imposible eso de permanecer hasta entrada la madrugada en un bosque sin que se pusiera en peligro la integridad de una persona por muy culturales fueran los motivos que lo llevaran a reunirse. En el bosque de su ciudad natal, también abundante en eucaliptos, festejando la cultura una vez ciertos malévolos habían violado a una chica y al novio cuando intentó enfrentárseles. De modo que lo pensó dos veces, tres veces, cuatro veces antes de aceptar  aventura en aquella floresta a la que llegó a media tarde y en la que luego de tres cervezas, escuchando las delicias musicales del rock nacional, la chacarera y los trovadores, y mirando el herbazal penumbroso, pero seguro, colmado de cuerpos primaverales, aceptó quedarse hasta la hora que fuera. No lo encontró peligroso, sino agradable, placentero, deseable.

Luego, ya en la noche tercera, uno de los amigos, amiga en particular, metió la mano en su bolso y sacó algo que debió presentarles como su “artillería pesada”. Y sin que hubiera chupado siquiera el diminuto porro, incluso irguiéndose ante todos y ante el asombro de su amada, comenzó él una perorata moralizante, que si allá nadie fumaba semejante porquería, que si era perjudicial para los pulmones e innecesario para una sana recreación – jerga periodística de la peor otra vez- y destructivo para el cerebro en el sano juicio de un grupo que, según creía, como el de ellos, se autodefiniera militantes de izquierda, y así siguió con una serie de sandeces hasta que inmediatamente recordó que si escritor es lo que intentaba hacerse en su viaje, no pocos de sus maestros había echado mano a los estimulantes para las musas, de modo que perplejo, olvidándose del teque y luego de un suspenso que en ascuas había dejado a los otros, gritó al fin un: “ ¡Está bien. Pasa eso, qué más da!”. Y le dio una chupada que le dejó la cabeza echa humo o no humo, sino una flema de imágenes indescriptibles para su planeamiento literario.

Cuba por todas partes

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Nadie es completamente antimperialista a no ser imperialista; ningún gobierno, ninguna persona, de lo contrario en lugar de imitar códigos culturales ajenos recuperaría esos a los que debe su personalidad cultural; hablaríamos arahuaco o taino o guaraní y vestiríamos de poncho al menos para seguir el estilo. No imitaría tanta moda impulsada por colonizadores de Coca-Cola, Haier y Vodka. Por eso, cree él, nadie es antimperialista al cien por cien y por eso odia el Aseregaucho al que trata de serlo o imitarlo, o trata de ofrecer esa impresión de rebelde perpetuo y recalcitrante enemigo de  Norteamerica donde tiene tantos amigos y familiares queridos. En definitiva lo del antimperialismo lo inventaron los imperialistas, se decía, casi lo gritaba y en eso, sudado, manoteando a su amada sorprendida, despertó.

Siempre le pasaba igual luego de beber cerveza. La cerveza le produce sueños estrafalarios, pero ninguna le había provocado una pesadilla igual. De modo que luego del café de la mañana, luego de hacer lo de cada día, juró que jamás iba a volver a esa cervecería magnifica llamada Antares cuya bebida negra de sabor sin igual le había obligado a esa clase de elucubraciones. ¿Cómo había llegado hasta allí?, ¿por qué razones había entrado en su sueño esa persona, un antiguo compañero de trabajo, el veterano periodista que sigue yendo a su puesto laboral vestido de miliciano por si acaso se escucha una alarma, por si acaso el sonido metálico de un balón de gas ya vacío anuncia un ataque? ¡Lo que le faltaba!, que también dormido tuviera que aguantarle peroratas a amargados compañeros empeñados en hacerle recordar lo que fueran deberes ideológicos impuestos en la escuela o que simplemente se acercara para mencionar la palabra, el nombre del país del cual provenía. Lo habló con Darwin y este juraba que le sucedía lo mismo, que a veces era como si le saltaran sin querer elementos de su ciudad, de su país, no solo en Facebook donde parecía intencional la melancolía, sino en la propia calle.

Igual parecía pasarle. Bastaba con que entrara a un establecimiento cualquiera para que le saltaran elementos de su país. Entraba a una librería e impulsado por un brazo invisible el libro impreso en Cuba se le venía encima como si lo buscara. No era siquiera un autor publicado en editoriales casi siempre españolas, sino que por obra de a saber qué espíritu era golpeado por ediciones impresas en la isla. Pero no solo libros parecían perseguirle, todo lo cubano iba detrás de él. Caminando por las calles escuchaba voces, personas hablando en jerga habanera y al mirar, efectivamente, hallaba cubanos, decenas de cubanos que iban por las calles o despachaban en los mercados o comían en los restaurantes. Por un tiempo se creyó cazador de compatriotas. Su entretenimiento consistía en descubrirlos en la multitud, y cuando pasó el embullo siguió siendo imán para todo lo que tuviera que ver con el lugar del cual provenía. Música cubana en bares, personajes cubanos en periódicos, paisajes cubanos en anuncios, bebidas cubanas en estanterías y hasta esa manera de ser heredada de las escaseces.la foto

Tenía que comportarse como un cubano aunque fuera de pálida piel y no supiera bailar salsa, quería seguir siendo cubano aunque odiara los boliches, así que decidió agudizar el cubaneo en los mercados, en los supermercados, en cualquier sitio donde fuese a comprar. Cazaba no ya compatriotas, sino ofertas de fin de semana, perseguía cada una de las rebajas que siempre anunciaban en las estanterías, aunque no siempre le iba bien. Recuerda que en una de esas debió regresar varios productos debido a malas interpretaciones de su parte. Era tan poca la experiencia como comprador de alto rango. ¡El márquetin puede ser tramposo! Tuvo que aguantarle al cajero una queja que lo dejó asombrado: “Hay que leer”, dijo molesto. Él, que tantos libros leía. Se lo iba a decir, pero, ¿para qué?

Misteriosa Buenos Aires

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Magnífica idea. Esa sí. Y para lo del posible negocio de recopilar noticias sobre Cuba destinada a cubanos radicados en la ciudad – con el tiempo quién duda si radicados en toda la Argentina, soñar es lo único que no cuesta- Bergson lo puso en contacto con un coterráneo llamado Barbatruco que en Buenos Aires se dedicaba al negocio de la impresión. El tipo había aceptado darle un minimotécnico al respecto. Los cuatro le habían dado taller a la idea una noche en un bar de tapas y la conclusión, cervezas aparte, fue que tenía futuro. Ya fuera el muerto o su madre debían felicitarlos a los dos, pues a ninguno de ellos se le había ocurrido antes. Así, por motivos de trabajo,  visitó  por primera vez solo esa ciudad inmensa antes descubierta junto a su amada. Habrá calles que le recuerdan a ella, y esquinas, y bares y plazas, y hasta lugares que tendrán su nombre hasta el final de los días. Pero esa vez debía ir sin compañía y brújula, y tan era su enajenamiento que tuvo que decirlo: “Fíjate bien en los lugares, las calles, los carteles. Mira que te conozco.”

Buenos Aires había supuesto un enigma desde el primer encuentro, y para resolverlo en el fondo tenía la aspiración de mudarse algún día a la gran ciudad. Un Aseregaucho también tiene sus fantasías. Nunca uno había saltado desde tan lejos. Su salto había sido tan grande como el de Sotomayor; de la quieta y predecible provincia donde había nacido a la enloquecedora Buenos Aires donde habría de descubrir toda clase de situaciones, desde una lluvia de papeles una tarde para fin de año, todo una nevada en pleno verano, hasta esos avisos insólitos de ciertos restaurantes. “Hay ranas”, leyó una vez y no sabía si era una contraseña o acaso la rana integraba uno de los platos deseados y demandados por los porteños. Poco antes había visto en la misma calle a un hombre sentado en el suelo con una caja entre las rodillas de la cual asoma un diminuto maestro Yoda que te daba las gracias si le dejabas caer unas monedas.

Barbatruco laboraba en un edificio del Microcentro. Una oficina con empleados que cumplían un horario laboral. Lo supo de antemano. Había que llamarlo previamente y tal fue lo que hizo en cuanto descendió del Costera. Se metió a un locutorio y marcó el número. Una mujer, cubana evidentemente, le dijo que lo esperaría en la puerta. Luego se internó por calles angostas llenas de transeúntes, entró a dos librerías, miró los alrededores del Gran Rex y tomó la calle final. Caminó cuatro cuadras y, al fin, el número. Observó el papel donde había escrito la dirección y volvió a percatarse en el edificio, en el rótulo de la pared junto a la puerta de cristal. Era ese. En la puerta había una mujer, una señora de labios muy rojos que al verlo acercarse dubitativo, antes de que abriera la boca, pregunto: “¿Eres tú?” La voz le resultó conocida y le respondió sonriente: “El mismo”. También estaba contenta y enseguida le invitó a seguirla.

En la puerta del elevador preguntó si había dado fácil con la dirección. “Sin pérdidas”, dijo él, que había vuelto a quedarse serio y escrutaba el interior de la caja metálica a la que ella ya entraba. Parecía introvertida porque a veces lo miraba a discreción de arriba abajo sin hablar. “Debe ser de Oriente por lo menos”, pensó mirándola también de reojo porque su tono se asemejaba al de una oriental. Era de piel oscura aquella cincuentona y se vestía…. O era de Granma o de Guantánamo. Nunca de Holguín. La puerta al fin se abrió y ordenó: “Por aquí”. No había ninguna señal que dijera que estaban en el onceno. Incluso tuvo la impresión de que el ascenso había sido demasiado corto. Pero la siguió y cuando vino a ver ya había una puerta abierta y él la cruzaba. Casi todo era de color rojo dentro, incluido las cortinas. ¡Qué manera más extraña tiene este Barbatruco de trabajar!”, pensó: “¡También debe ser de Oriente! Todos orientales aquí”. Y cuando quiso preguntarle apenas pudo reaccionar porque la mujer se le había lanzado encima empeñada en amamantarlo con la advertencia de: “Te había dicho que yo era grandota”. Y cuando trató de aclarar el malentendido advirtiendo: “Señora que usted y yo no hemos hablado”. “¿Que tú no eres el que llamó?, preguntó enfadada. “No”. Así, guardándose las tetas como  revólveres, acabó despidiéndole con la peor de las caras.buenosaires

Macedonio por Macedonio

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mac2Lo del gabán y la barba vino después. Y lo debe a la influencia que en él ejercería el único escritor con quien ha entablado amistad tras su llegada, el primero que habría de tratar en persona, aunque desde mucho antes otros tantos le hubieran resultado familiares. Por las lecturas que lleva a cuestas sentía suyas las historias de Borges, Cortázar, Piglia, Bioy Casares, Girondo, Sábato. De  alguna manera todos habían incidido en él y antes de salir de Cuba supuso que entablaría ricos intercambios en bares y cafés con cualquiera de ellos. Sin embargo, el primero que se topó, y el único que le abrió sus puertas y aceptaba recibirlo cada tanto en su casa para charlar de historias no siempre comprensibles fue alguien de quien entonces no tenía la más mínima referencia, a quien encontró por pura casualidad y quien lo había deslumbrado con frases ingeniosas como esa de que aunque intelectual salteado gustaba que lo leyeran de corrido.

Después de semanas ausente Bergson había dado señales al fin. Andaba medio triste luego de romper con su novia argentina por un exabrupto con el suegro. Nunca hubiera imaginado que un cuchillo tuviera la potencia de echar abajo una relación aparentemente consolidada. “Sí que son complicadas estas mujeres”, volvió a decirle aquella mañana camino a la Biblioteca Nacional recordando el incidente que había dado lugar a la ruptura. Bergson mantenía una daga ofrecida por el hombre en un lugar visible, pero el día en que su novia llegó acompañada de sus padres para un almuerzo en su departamento apenas la funda podía verse en la pared. El arma estaba con él, en su mano inocente aunque se moviera de un lado al otro sobre la maleza del pequeño patio. “¿Cómo iba a suponer que el viejo se ofendería? ¡Tanto lío por un cuchillo regalo-símbolo de una relación!

Luego se olvidaron del cuchillo y el significado que tenía para el padre a punto de entregarle su hija a un extranjero porque la Biblioteca se levantaba ante el Aseregaucho como un potente tornillo gigante al cual debía admirarse con los mejores adjetivos. Quedaba entre edificios hermosos sobre los que caía amable el sol de la mañana. Lo único malo era el frío. Tomaron uno de los ascensores y llegaron al lugar donde sucedía el homenaje. Ya había comenzado al parecer. Hablaba una escritora, como casi todos, desconocida por él. Luego de fijarse en el lunetario descubrió que solo había dos asientos disponibles, uno en la primera fila y otro al fondo. Hoy se alegra de haber elegido sentarse allá,  al lado del viejo. Tenía una barba de abandono, blanquecina, e iba atorado en un gabán que contrastaba con el lívido abriguito que lo protegía. Una de las cosas que debía hacer de inmediato, le había dicho la Aseregaucha, era comprarse un buen abrigo. Esa mañana comprendió la urgencia. Algunas veces en el asiento tiritaba, y hasta sentía envidia del viejo, tan arrebujado en su abrigo, imperturbable, escuchando las disertaciones sobre el autor de Rayuela.

Pensó que era contraproducente la posición escogida por el hombre. Para lograr distinguir a los panelistas debía mirarlos por unos minúsculos binoculares, e incluso en el afán de escucharlos a veces debía apoyarse las orejas con ambas manos. Le hubiera dicho: “Abuelo, qué tal si cambia con otra persona”. Pero no dijo nada. Y no recuerda cómo se produjo la conversación pero en algún momento estaban hablando los dos, no de Cortázar, a quien el viejo en talante orgulloso llamaba “Uno de mis vástagos más queridos”. Informada su nacionalidad, y tras escucharle eso de lo lejos que estaba Cuba, ese paisito impresionante hasta donde habían llegado sus letras, el Aseregaucho supo al fin el nombre de tan enigmática criatura. Macedonio Fernández sonaba a cualquier cosa menos al nombre de un gran escritor. Ni siquiera podía afirmar haberlo escuchado jamás. Pero no mostraría su ignorancia a mansalva, así que en silencio escuchó al tal Macedonio que sin embargo, al final de la jornada, amable le invitaba a charlar de literatura en su residencia. Se lo hizo saber a Bergson de regreso a La Plata y este se alegró de que al menos entablara amistad con un escritor veterano. ¡Quién sabe si te ayuda a conseguir trabajo”, fueron sus palabras. Y él se quedó pensando en eso. Sí, tal vez el tal Macedonio podría ayudarlo con lo de la pincha.

Como alpinista austriaco

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Lo del apartamento fue una metáfora. Algunas veces y en la medida en que pasaba el tiempo podría sentirse como el famoso elefante en la caja de fósforos. Es probabble que el viaje a la Argentina  le hubiera conferido una cualidad solo esperada de ciertos tropos, por ejemplo, la metonimia. Tan solo con pisar Ezeiza pudo haberse estirado; y en la medida en que pasaban los días crecía, se agigantaba. El suyo era un estiramiento espiritual, estaba consciente, pero algunas veces no sabe bien si a consecuencia de la ansiedad del extranjero este sentimiento se volvía físico. Las piernas y los brazos terminaban tomando dimensiones descomunales y no paraba de chocar contra estantes, soportes de ventanas, mesas y sillas.

Coincidiendo con el momento en que su cuerpo alcanzaba dimensiones colosales le daba por caminar de un lado al otro como una fiera enjaulada, y como a toda bestia salvaje que quiere domesticarse su amada y la amiga lanzaban libros, series televisivas y películas  con el fin de apaciguarlo. Debía esperar la culminación de su visado como turista para aspirar a un documento de identidad con el cual habría de conseguir lo que quiere todo emigrado, trabajo. Conocía a otros muchos compatriotas que estaban o habían estado en las mismas y también trataban de calmarlo invitándolo a esporádicos paseos o a veladas que a él no gustaban demasiado dado su fascinación por la patria noche, que prefiere sagrada para dormir.

Se ponía a fantasear con el sitio que habría de acogerle profesionalmente. Un periódico, una revista, una editorial, cualquiera de estos lugares le servirían para demostrar el talento del que, estaba seguro, era poseedor. Pero, eso nunca se sabe a ciencia cierta. No se sabe si el talento se circunscribe a un territorio o acaso la circunstancia puede hacer con el talento picadillo, carne picada, trocitos. Lo cierto es que pasaría el tiempo. El trabajo no llegaba, tampoco sus papeles y nada podía calmar su ansiedad, la incertidumbre producida por el futuro avistado desde el piso quince de una torre de concreto. Por suerte tenía buena vista. Desde la ventana se veía gran parte de la ciudad.

A unos metros quedaba la estación de trenes donde una vez Brat Pitt había posado bajo la atención de Jean-Jacques Annaud y de cientos de platenses amontonados durante el rodaje de la primera escena de Siete años en el Tíbet. De manera que también el Aseregaucho se sintió alguno de esos días como el alpinista Heinrich Harrer, caminando junto a su esposa por la estación, tan impresionado como si anduviera Austria en el 39. Se movía entre la multitud de peatones y vendedores tan nuevos para él, tan mestizos todos por esa zona, observaba cada detalle avanzando sin parar pero en lugar de sostener una bandera con la esvástica negra agarraría tal vez un periódico local siempre útil para quien busca clasificados.   estación

Bife, para empezar

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“Esto no es Europa”, advirtió con inesperado desencanto la AsereDeleuze, cuyo verdadero nombre es Mariam y así le identificaremos, cuando estaban ante una mesa de pino tragándose el almuerzo de bienvenida. De plato fuerte tenían carne de vaca, acompañada con ensalada mixta y puré de papa. Su amada había pinchado la punta de una brócoli con el tenedor que llevó hasta la boca del recién llegado y aún masticaba este aquel amasijo novedoso de vegetales que en principio descubrió desagradable cuando escuchó la advertencia.

La verdad no le importaba que en lugar del Norte hubiera descendido al Sur y que estuvieran tan lejos de Europa, al fin y al cabo un mundo viejo en esos momentos convulsionado. A pocas horas de haber pisado la tierra de las mil librerías todo le resultaba maravilloso, casi tocado por una modernidad incompatible con lo que entendía debía corresponderse al subdesarrollo de estos pueblos y, claro está, al atraso sideral de su país. En lo adelante habrá de criticarse la superficialidad primigenia que lo había hecho reparar en detalles aparentemente nimios, como lo fue en este caso la calidad del transporte público; los colectivos, las guaguas como ha seguido diciéndoles, pasaban vacías en determinados horarios y con frecuencia constante. Así mismo alabó la educación de los ciudadanos, quienes ante sus ojos se alzaban engañosamente como un conjunto de gente fina, instruida, capaz de ofrecer las gracias, los buenos días, y lo mejor, de referirse a él siempre por el apelativo de “chico”.

También le atrajo, como si fuese matarife en lugar de intelectual, las carnicerías, el primero de los sitios visitados en cuanto se deshizo del maletín. Observando la fuente de plástico azul aún medio llena sobre la mesa pensaba si sería capaz de grabarse la denominación de los múltiples cortes de carnes allí existentes. Se creía incapaz de semejante aprendizaje, por lo demás innecesario para él, cuando hasta el momento diciendo “carne con gordo” y “carne sin gordo” había resuelto, llegando a sus 62 kilogramos de peso.

boca1Pero en ese momento apenas quería preocuparse en minucias.  Se encontraba admirado de sí mismo por el inmenso trozo acabado de zampar y aún más, por las ganas de seguir engullendo. “Aquí se llama bife”, le dijo el amigo Bergson, que había ido a esperarlo con una botella de vino como muestra de su amistad inquebrantable. Sostenía una copa medio llena y comía con calma, como quien ha consumido tantas veces el mismo plato que ya no tiene prisa en hacerlo otra vez. “Métele que no ves eso desde que te la quitaron por la libreta”, dijo refiriéndose a la carne de res, y quizás porque en esos momentos su cuerpo mostraba una escuálida constitución aguzada en los últimos días por la infinidad de carreras que  de una oficina a la otra debió realizar en busca de autorizaciones para su viaje.

El Aseregaucho puso una sonrisa y por un instante se mantuvo pensativo. Era cierto lo que decía el amigo. ¿Desde cuándo no comía un pedazo de carne vacuno como aquel? Nunca lo había hecho, probablemente. No le siguió la corriente, no obstante. Se sirvió dos veces más antes de escuchar el primero de los planes que le aguardaban. Su amigo lo invitaba a una jornada en recordación a Julio Cortázar preparada por la Biblioteca Nacional (ha llegado la hora de decir que el Aseregaucho tiene pretensiones literarias, no solo cuenta con un pasado como aprendiz de periodista en el semanario de su provincia natal, esa que a veces le dejaba la impresión de ser una provincia fuera de todo circuito, ajena al mundo real de la Isla y y del mundo completo, un verdadero cantón como sus habitantes quisieron alguna vez) y nada mejor podía ocurrirle a quien llegaba con ganas de salpicarse del genio literario de los muchos genios argentinos. Era el principal sueño de emigrado, vivir la literatura y olvidarse de la política estrafalaria que lo había estado persiguiendo, toda una vida, como el bolero.

El pasado futuro y sus fantasmas

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bingo7El edificio donde habrá de vivir ocupa una esquina bucólica, al límite de lo que pudiera ser el casco urbano de la ciudad de La Plata. Delante tiene el Hipódromo. También había árboles deshojados por el invierno, comercios siempre abiertos al cliente y atravesando la calle una vereda despoblada seguida de otros establecimientos. “Hay de todo”, dijo la Aseregaucha cuando bajaron del transporte que los dejó frente al edificio. Lloviznaba. El  viento se proponía paralizarle el rostro poco acostumbrado a las temperaturas bajas. Atisbó los alrededores y, aunque aún no era capaz de identificar detalles, vio que era cierto, había una multiplicidad de comercios reconocibles por sus toldos coloridos y carteles. Crecido a un costado, inmenso allá, una construcción peculiar. ¡Bingo!

Nunca había estado en un Bingo. Tampoco le importaba visitarlo porque de niño había aprendido que el juego es una tara del pasado capitalista, pero… ¿qué dice? El pasado era el presente en una cabriola del destino. Y en el futuro, para colmo, a instancias de unas compañeras de su mujer (otras amigas, feministas, habría preferido que se refiriera a ella por el apelativo militante de compañera, pero el Aseregaucho es ante todo un asere) habrá de descubrirse ante una mesa cuadrada de cuatro asientos diseñada para apostar.

Delante tienen a una dama con voz sensual que suelta melodiosamente el número grabado en las pequeñas pelotas de madera. Salen de una jaula brillante mientras los presentes esperan completar una línea en cualquier dirección del recuadro de papel. ¿Te sientes bien?”, le pregunta ella, preocupada por la expresión del Aseregaucho, tan hosca que las otras podrían llegar a pensar les molestaba su compañía. Mas  nada le pone de mal humor, solo que un ambiente como ese, de juegos prohibidos en su tierra natal, logran perturbarlo. Sentimientos de culpa lo asaltan por momentos, como si temiera que de pronto un policía fuera a surgir de algún lado para llevárselo acusado de ilegalidades. Por mucho que intenta frenarlos, esos estertores de hombre nuevo retardado le saltan encima como una enfermedad debutante. Surgen de manera inoportuna las enseñanzas de la primaria, los ejercicios morales en las clases de cívica, la intachable conducta que toda persona debe mantener en el socialismo.

Está a punto de ponerse de pie y marcharse, circula números con desgano en el tablero cuando, ¡bingo! Lo grita ella. Su amado ha completado una línea, es el ganador de la ronda. “Si qué tienen suerte los compatriotas revolucionarios”, suelta una de las chicas y la mira ahora sí con rabia, irritado por las asociaciones perpetuas con símbolos oficiales, políticos innecesarios. Esa noche comen y beben con la recompensa del juego prohibido que aquí no lo es y hasta intenta involucrarse en torneos peores, la ruleta… Y no se encuentra en el pasado, sino en un presente prometedor. Pero… este pasaje sucederá en unos meses y si lo escribo ahora es porque al descender del auto atisbaba el edificio del salón de juegos, a una cuadra de distancia del edificio, con verdadero asombro.

Seguia atento el Bingo como si hubiera en su lugar un palacio. Y cuando vino a darse cuenta la puerta del edificio estaba abierta. Su dama sonríe a la espera de impresiones. Luego siguieron al elevador, artefacto educado como pocos coterráneos: daba los buenos días y hasta te deseaba la mejor de las estancias.

Primeros anuncios

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En el trayecto el Aseregaucho descubría un mundo revelado en series televisivas y películas; es decir, se deslizaba a través de una realidad pasada por los filtros de la fantasía, las políticas editoriales e informativas de los medios de difusión promovidas allá en el país que dejaba atrás y del cual jamás había salido. Tras los cristales del vehículo podía ver de cerca y al fin el terrible capitalismo, y para ser sincero debe agregar que antes ni siquiera había intentado acercársele alguna vez. Se había mantenido ajeno a las balsas y a los aviones, a becas y a los concursos tan anhelados por amigos y conocidos. Más de uno visitó espiritista y palero con tal de salir y establecerse no importaba cuán lejos ni  enrevesado el idioma; no importaba nada con tal de salir.

Entre mimos de su amada, veía pasar modernos edificios, amplias plazas abundantes en vegetación, increíbles avenidas colmadas por filas de autos modernos, y después aceras con personas encapuchadas debido al frío. Más adelante vio rústicas paredes, asentamientos marginales que tanto le recordaron en lo visible a ciertas zonas de su pueblo. Les llaman villas, y a las villas no le siguieron castillas, sino vallas con propaganda electoral que alternaban con  anuncios publicitarios a orillas del asfalto escrupulosamente alumbrado debido al mal tiempo que para él era magnífico, cansado como estaba de tanto sol. De pronto no supo si un político se lavaba los dientes con tal pasta o si una hermosa modelo convocaba a no perder la memoria histórica; le resultaba imposible distinguirlos porque los políticos también aquí tienen cuidada dentadura y gusto en el vestir, y para ambas cosas invierten mucho de sus ganancias; incluso, supongo, algo de lo recaudado en el Partido.

Probablemente, viendo aquellos carteles su inconsciente fuera consiente de dos nombres que a la postre provocarían largas y desveladas conversaciones, y no dice la enemistad porque es exagerado, con el AsereBergson, cinco años atrás instalado en la tierra de Borges, Piglia, Cortázar, Sábato, quienes para el Aseregaucho eran más importantes que Gardel y Le Pera, y claro está, que Perón y Evita. Pero de esto se hablará después, solo adelanto que los nombres pertenecían a dos políticos postulados para las selecciones del 2015, acontecimiento abrupto para algunos amigos y del que nada se sabe aún, así que no se embullen, porque estamos en el año 2014, que según la numerología será para el Aseregaucho el que traiga la energía transformadora.

El cielo quedaba cubierto por una nata a lo dulce de leche y no cesaba la llovizna. Y aquí apunta “dulce de leche” con toda intención, pues faltaba poco para darse cuenta: en la  nueva geografía el dulce de leche es tan querido como allá detrás el de guayaba. Y aunque jamás hubiera explorado los saboargentinares de la nación que tan generosamente lo acogía como turista con visado para sesenta días, pero con la intención de prolongar la estancia por mucho más, siempre había estado en contacto con tan empalagador manjar. El dulce de leche era como la leche condensada hervida o “fanguito” para los habaneros, ese alimento que había ayudado a rebeldes y  becados, a presos y a madres iracundas cuando sus hijos no tenían qué comer. Fue común entre los suyos porque algunos recibían varias latas de leche por la libreta de abastecimiento – llamada también en la actualidad : la engañadora- y por sobreabundancia terminaban vendiéndolas, acto aprovechado por niños entre los que él, dado su desprecio con el exceso de azúcar, no se encontraba.

Llegada

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Aterrizó en la Argentina por donde casi todo el mundo, por Ezeiza, que pudo parecerle un aeropuerto impresionante - el más grande del mundo era hasta entonces para él el José Martí, de La Habana-. Ezeiza fue moderno y hasta agradable; sin embargo, tan rápido como empezaba a familiarizarse con sus recovecos le comenzaron unos insoportables estertores producto de un diminuto flancito que se había zampado cortesía de la aerolínea Lam.

Por suerte, la Aseregaucha lo esperaba desde la noche anterior. Había permanecido engabanada sobre tres de los asientos en la sala de espera, entre desconocidos adormilados y un animado televisor. La pobre anduvo preocupada y ansiosa, sabiendo de la pata que cojeaba su amado lo supuso capaz de perderse entre filas de turistas de todo el mundo. Y no fue de todo el mundo, le diría luego, tan solo era una fila infinita de brasileños que hablaban sin parar el portuñol. Cuando llegó a la estera solo esperaba su equipaje, un viejo maletín que lo había acompañado a más de un viaje nacional y que yacía recostado a una de las columnas. buenos aires

Tendrían que atravesar Buenos Aires para alcanzar al sitio donde habría de vivir junto a su amada. La Aseregaucha tenía alquilado un departamento junto a su amiga, la AserereDeleuze. Ambas eran amigas de la adolescencia y ahora cursaban una maestría en la Universidad Nacional de La Plata gracias a la pesca de una beca auspiciada por el gobierno, una de las muchas subvenciones que aquella presidenta coqueta y vehemente había sumado a la caterva de planes sociales que a los nativos lograba enredar en toda clase de discusiones.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ahora que lo recuerda la presidenta no es presidenta y los nativos no acaban de ponerse de acuerdo sobre su realidad. Van en masa al psicoanalista y ni siquiera allí saben si han sido tragados por una supernova o el país prosigue el rumbo de los países inmaduros que pretenden madurar. Pero eso es el presente, y en el pasado, cuando el Aseregaucho llegó, otras eran las preocupaciones nacionales, como por ejemplo la Argentina habían perdido en el Mundial de Fútbol. Para él, en lo estrictamente personal, aunque se había dejado llevar por el eslogan de una televisora seguida en su tierra (el norte es el sur, decía en confusa brújula), el mundo pasaba a ser una autopista por la que se iba rumbo a lo desconocido.