Un porro pedagógico

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bosqEl porro iniciático fue, como escriben los malos periodistas, “degustado” en un círculo hippie formado en la penumbra amistosa del bosque de La Plata. Estaban todos allí, la Aseregaucha, Mariam, Bergson y los tantos amigos incorporados a su vida platense – nunca plateada-. Participaban en un festival como nunca antes había visto alguno. En primer lugar, porque tenía como centro el corazón del bosque, una selva verde en la que dentro de la ciudad y junto al estadio del club Gimnasia crecían potentes eucaliptos y ceibos con verdaderos plastrones de paja en las que las cotorras monjes dejaban sus huevos. Y aunque al principio apenas podría creerlo -para un cubano a veces es difícil entender cualquier simpleza-, en medio de semejante matorral se podía celebrar un multitudinario concierto de música folclórica en calma sin que acaecieran hechos de violencia dignos de reportar.

Pero ni siquiera sería un concierto lo que iba a suceder durante varias noches consecutivas. Habían armado tres entramados inmensos donde de manera simultánea tocarían agrupaciones, solistas y bandas. De manera paralela, en puestos distribuidos en fila junto a una de las vías cualquier hambriento podría irse por bebidas y refrigerios –otra vez la jerga del mal periodismo- que la gente habría de devorar en pacífica alegría, sentada en el punto que mejor le viniera en gana, ante las tarimas o sobre la yerba, que se podía pisar no solo con los pies, incluso y perfectamente con cualquiera fuera la parte del cuerpo. Y hasta vería pasar entre las multitudes en puntillas vendedores ambulantes, jóvenes universitarios que se entregaban a esta digna iniciativa para complementar sus gastos, y así el Asere atisbó comestibles y, tal como fue el caso, unos tabacos cubanos –de la bodega- dentro de un canasto de mimbre. Esos, la verdad, los había llevado su amada la segunda noche y entre todos se encargaron de ofrecerlos para con lo recaudado adquirir bebidas para el conjunto.

En segundo lugar, antes de aceptar inmiscuirse en tan original fiesta, valoraba imposible eso de permanecer hasta entrada la madrugada en un bosque sin que se pusiera en peligro la integridad de una persona por muy culturales fueran los motivos que lo llevaran a reunirse. En el bosque de su ciudad natal, también abundante en eucaliptos, festejando la cultura una vez ciertos malévolos habían violado a una chica y al novio cuando intentó enfrentárseles. De modo que lo pensó dos veces, tres veces, cuatro veces antes de aceptar  aventura en aquella floresta a la que llegó a media tarde y en la que luego de tres cervezas, escuchando las delicias musicales del rock nacional, la chacarera y los trovadores, y mirando el herbazal penumbroso, pero seguro, colmado de cuerpos primaverales, aceptó quedarse hasta la hora que fuera. No lo encontró peligroso, sino agradable, placentero, deseable.

Luego, ya en la noche tercera, uno de los amigos, amiga en particular, metió la mano en su bolso y sacó algo que debió presentarles como su “artillería pesada”. Y sin que hubiera chupado siquiera el diminuto porro, incluso irguiéndose ante todos y ante el asombro de su amada, comenzó él una perorata moralizante, que si allá nadie fumaba semejante porquería, que si era perjudicial para los pulmones e innecesario para una sana recreación – jerga periodística de la peor otra vez- y destructivo para el cerebro en el sano juicio de un grupo que, según creía, como el de ellos, se autodefiniera militantes de izquierda, y así siguió con una serie de sandeces hasta que inmediatamente recordó que si escritor es lo que intentaba hacerse en su viaje, no pocos de sus maestros había echado mano a los estimulantes para las musas, de modo que perplejo, olvidándose del teque y luego de un suspenso que en ascuas había dejado a los otros, gritó al fin un: “ ¡Está bien. Pasa eso, qué más da!”. Y le dio una chupada que le dejó la cabeza echa humo o no humo, sino una flema de imágenes indescriptibles para su planeamiento literario.

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Ni un café puede beber

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La posibilidad de charlar con el amigo difunto en un lugar que solo existía dentro de una computadora lo puso con el ánimo por el piso. No solo llegó a sentirse recluido como elefante en el departamento desde el cual veía caballos todas las mañanas, sino que se creyó cómplice de un entramado irreal pensado para promover falsedades. Seguido cayó en una abulia inesperada y esta le impedía terminar siquiera la lectura de uno de los libros con él desde su ciudad. Incluso llegó a comer con desgano alguno de los platos preferidos por la Aseregaucha -la milanesa fue por entonces tan recurrente como las fabadas de Mariam-. Bergson iba para una semana desaparecido. Habían quedado en verse para el homenaje a Cortázar, pero ni siquiera le timbraba al móvil.

Para matar el tiempo caminaba sin rumbo enfrentando vidrieras y personas, percatándose de la manera de vestir, de andar, de comportarse. Cada tarde y para ejercitar los músculos recogía a su amada en la Universidad. Había que atravesar un bosque abundante de eucaliptos frecuentado por deportistas amateurs, autos, ciclistas y estudiantes que iban o salían de clases en filas discontinuas. Cuando llegó al sitio por primera vez, al menos debido al aspecto de la facultad de humanidades, la Universidad se develó como el espacio donde la espontaneidad saltaba a la vista no más superar la puerta. Barandas y paredes quedaban bajo carteles y grafitis llamando a la revolución. Leyó frases, consignas, solicitudes escritas con el mayor de los enardecimientos.

A simple vista los líderes parecían mucho más creativos y espontáneos que los dirigentes estudiantiles y juveniles de su país, no escatimaban en vender libros o panes confeccionados por ellos para financiar una campaña a favor de no sabía qué causa, publicaban francas ideas en boletines que editaban por su cuenta, vestían sin presumir y podían enfrentarse con vehemencia en una especie de cuadrilátero ideológico previo a las elecciones estudiantiles con lo cual se evidenciaba un aspecto básico en la mayoría de los jóvenes con los que intercambiaba: podían hilvanar largas conversaciones y charlas sin la necesidad de caer en el panfleto propagandístico, sin dar la impresión de estar vacíos de pasión y contenido. Pronunciar palabras producidas a partir de la libre capacidad de pensar era una constante de la que se sintió avergonzado al recordar a tantos dirigentillos incapaces de originalidad ni en el saludo.

niñoA la salida visitaban algún bar o café, algo que en principio solo agudizó su depresión. Ocupada la silla era dominado por la angustia, estado del cual se percató el día en que un niño de unos seis años colocaba sobre la mesa un almanaque y él, despistado, volvió a poner la vista sobre el cartón luego de haber seguido al pequeño por unos segundos. Ella tuvo que decirle: “Lo hacen para ganarse la vida”. “¡Vaya frase!”, pensó. Siempre había alguien dispuesto a colaborar con los niños que se ganan la vida casi siempre ofreciendo algo a cambio, un almanaque, una postal por el día de los enamorados, servilletas, una canción. Los encontraría en trenes y subtes, a un lado de la acera, en plena vía. Ellos mismos, tan poco abundantes de dinero, colaboraban como podían por el simple hecho de sentir que haciéndolo escarbarían un tanto el problema de la pobreza que golpeaba a los infantes. A veces se hacía imposible entregarles algo, ni una moneda le podían dejar. Y semejante realidad le quitaba las ganas de beberse lo que fuera, ¡ah, las repercusiones de su educación! Perdía las ganas de beber y comer mientras hubiera un niño cerca que mirase como aquellos niños lo miraban algunas veces.