A veces, invisible

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Entre los males padecidos  uno consiste en pensar que los amigos habían acabado olvidándolo, que los conocidos lo habían olvidado, que excepto la familia (dentro de la cual en alguno de sus miembros, no lo duda, también empezaba a cobrar efectos el esmeril de la distancia) cada una de las personas que había conocido en el pasado lo borraban de su disco duro, hecho por el cual creía adelantarse  en esa dimensión para la cual H. G. Wells creo su personaje famoso. A veces era un esperpento incorpóreo que se paseaba por calles extranjeras con imponentes o menos edificios, realidad tal vez común a todo el que se aleja del lugar de origen. Basta con moverse de una ciudad para verse atravesando una dimensión misteriosa que te hace desaparecer, extraño efecto que se multiplica cuando además del límite terrestre saltas un océano y te adentras en la para el isleño tan lejana vida continental. Sales desapareces, entras te trasfiguras.

Así era y así iba a ser y así andaba con la cabeza últimamente atolondrada entre esto y aquello y el trabajo que no aparecía y Bergson que no daba señales por largas semanas y la Aseregaucha que para juntar dinero, porque querían ahorrar para pasar el fin de año con su familia, allá en un campo perdido de su perdida ciudad, había empezado a cuidar unos niños que eran tiernos demonios prometedores y que solo sirvieron para sembrar en ella la idea de fecundar un óvulo cuando llegara la oportunidad, pero semejante proyecto aún estaba atrapado en algún pliegue cerebral, apenas visible a los rayos neuronales que le ofrecerían la fotosíntesis.

Ahora Bergon estaba contratado en alguna institución estatal y se ocupaba allí de una estación de radio clandestina (que esto lo sabría después y no por confesión de su amigo, imperdonable secreto, sino por un artículo de Clarín, sí el mismísimo periódico, que no fue suficiente eso de Clarín miente, porque esa vez no mentía, pero de todo contará después). Mariam horneaba gaceñigas que vendía en su tiempo libre en la zona de La Boca y él, al fin,  logró pescar un empleo ( siempre en negro) como vendedor C en una tienda donde todo lo que estaba a la vista del cliente había sido producido con piel animal. Llegaba demacrado en la madrugada porque las jornada eran como las prensas de los trapiches o las maquinillas de las carnicerías y ni tiempo le quedaba para alimentarse. Si acaso algo comía era una o dos laticas de paté con lechugas, de manera que su aspecto desde que estuvo en la tienda era deprimente.

Sin embargo, lo peor no era el régimen al cual estaba expuesto cada día hasta bien cerca de la madrugada a riesgo de afectar su intimidad y los planes de la Aseregaucha del óvulo fecundado. Tenía la impresión de trabajar (laburar le dicen aquí) en un cementerio. Para mucha gente la tienda en la que, después de todo, había tenido la suerte de ser contratado era peor que un cementerio: lucraba con los pellejos cuidadosamente trabajados de los pobres carpinchos, ahora convertidos en abrigos, alfombras y sombreros. Tan indigno resultaba el negocio para mucha gente que una vez se metieron tres mujeres y dos hombres y cuando pensó que requerían de su asistencia para efectuar la compra de por lo menos una alfombra los vio sacar unos palos medianos y con ellos destrozar lo que tuvieran delante. Se libró de la furia porque tuvo el tino de refugiarse bajo el mostrador (cuánto le hubiera gustado ahí en verdad ser invisible), y casi temblando marcó a la policía, y cuando se puso de pie aún no habían llegado las fuerzas pero encontró ese enigmático mensaje que le hizo tomar conciencia de su complicidad: “El carpincho eres tú”. Por un buen tiempo encontraba en el espejo la cabeza de un carpincho convertido en hermoso sombrero de piel en lugar de su rostro.

garpinchoMuchas sociedades protectoras de animales hay en la Argentina, muchos grupos veladores por los derechos de perros, gatos, chinchillas y carpinchos. Sus miembros son comandos de asalto dispuesto a cualquier cosa con tan de defender la integridad de un animal. A veces no sabe si un ser humano es tan ferviente defensor de la integridad de una persona como lo es de un ser de otra especie, quizá porque al saberse superior intenta desplegar un sentimiento de conmiseración que con uno igual le es inaceptable o imposible a saber por qué razones.

Misteriosa Buenos Aires

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Magnífica idea. Esa sí. Y para lo del posible negocio de recopilar noticias sobre Cuba destinada a cubanos radicados en la ciudad – con el tiempo quién duda si radicados en toda la Argentina, soñar es lo único que no cuesta- Bergson lo puso en contacto con un coterráneo llamado Barbatruco que en Buenos Aires se dedicaba al negocio de la impresión. El tipo había aceptado darle un minimotécnico al respecto. Los cuatro le habían dado taller a la idea una noche en un bar de tapas y la conclusión, cervezas aparte, fue que tenía futuro. Ya fuera el muerto o su madre debían felicitarlos a los dos, pues a ninguno de ellos se le había ocurrido antes. Así, por motivos de trabajo,  visitó  por primera vez solo esa ciudad inmensa antes descubierta junto a su amada. Habrá calles que le recuerdan a ella, y esquinas, y bares y plazas, y hasta lugares que tendrán su nombre hasta el final de los días. Pero esa vez debía ir sin compañía y brújula, y tan era su enajenamiento que tuvo que decirlo: “Fíjate bien en los lugares, las calles, los carteles. Mira que te conozco.”

Buenos Aires había supuesto un enigma desde el primer encuentro, y para resolverlo en el fondo tenía la aspiración de mudarse algún día a la gran ciudad. Un Aseregaucho también tiene sus fantasías. Nunca uno había saltado desde tan lejos. Su salto había sido tan grande como el de Sotomayor; de la quieta y predecible provincia donde había nacido a la enloquecedora Buenos Aires donde habría de descubrir toda clase de situaciones, desde una lluvia de papeles una tarde para fin de año, todo una nevada en pleno verano, hasta esos avisos insólitos de ciertos restaurantes. “Hay ranas”, leyó una vez y no sabía si era una contraseña o acaso la rana integraba uno de los platos deseados y demandados por los porteños. Poco antes había visto en la misma calle a un hombre sentado en el suelo con una caja entre las rodillas de la cual asoma un diminuto maestro Yoda que te daba las gracias si le dejabas caer unas monedas.

Barbatruco laboraba en un edificio del Microcentro. Una oficina con empleados que cumplían un horario laboral. Lo supo de antemano. Había que llamarlo previamente y tal fue lo que hizo en cuanto descendió del Costera. Se metió a un locutorio y marcó el número. Una mujer, cubana evidentemente, le dijo que lo esperaría en la puerta. Luego se internó por calles angostas llenas de transeúntes, entró a dos librerías, miró los alrededores del Gran Rex y tomó la calle final. Caminó cuatro cuadras y, al fin, el número. Observó el papel donde había escrito la dirección y volvió a percatarse en el edificio, en el rótulo de la pared junto a la puerta de cristal. Era ese. En la puerta había una mujer, una señora de labios muy rojos que al verlo acercarse dubitativo, antes de que abriera la boca, pregunto: “¿Eres tú?” La voz le resultó conocida y le respondió sonriente: “El mismo”. También estaba contenta y enseguida le invitó a seguirla.

En la puerta del elevador preguntó si había dado fácil con la dirección. “Sin pérdidas”, dijo él, que había vuelto a quedarse serio y escrutaba el interior de la caja metálica a la que ella ya entraba. Parecía introvertida porque a veces lo miraba a discreción de arriba abajo sin hablar. “Debe ser de Oriente por lo menos”, pensó mirándola también de reojo porque su tono se asemejaba al de una oriental. Era de piel oscura aquella cincuentona y se vestía…. O era de Granma o de Guantánamo. Nunca de Holguín. La puerta al fin se abrió y ordenó: “Por aquí”. No había ninguna señal que dijera que estaban en el onceno. Incluso tuvo la impresión de que el ascenso había sido demasiado corto. Pero la siguió y cuando vino a ver ya había una puerta abierta y él la cruzaba. Casi todo era de color rojo dentro, incluido las cortinas. ¡Qué manera más extraña tiene este Barbatruco de trabajar!”, pensó: “¡También debe ser de Oriente! Todos orientales aquí”. Y cuando quiso preguntarle apenas pudo reaccionar porque la mujer se le había lanzado encima empeñada en amamantarlo con la advertencia de: “Te había dicho que yo era grandota”. Y cuando trató de aclarar el malentendido advirtiendo: “Señora que usted y yo no hemos hablado”. “¿Que tú no eres el que llamó?, preguntó enfadada. “No”. Así, guardándose las tetas como  revólveres, acabó despidiéndole con la peor de las caras.buenosaires

El sapo que trabajaba en negro

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sp1“Bien que se pongan a vender caldosa”, le dijo Darwin por el chat. Había decidido comentarle al amigo, o a la foto de su amigo detrás de la cual se escondía la madre. No tenía recatos para la fecha y conversaba con ella aunque le despertara sentimientos contradictorios. Pero, por una cosa o la otra, lo de la caldosa no fraguó y él debía seguir en lo de siempre: buscaba alguna imprenta para reproducir seis o siete currículos que luego dejaba en librerías, periódicos, estaciones de radio, dondequiera que hubiera una posibilidad de empleo que permitiera liquidar sus horas de ocio. A veces no sabía qué hacer con tanto tiempo libre en el que hasta las lecturas acababan por agotarlo . Su amada y Mariam abandonaban el departamento temprano. cursaban sus respectivas maestrías todo el día y entonces él debía ocuparse en hacer cualquier cosa. Quería regresar a Buenos Aires, que tanto le había impresionado; quería visitar a Macedonio Fernández tal cual le había prometido. Pero primero debía buscar trabajo.

Una de esas maratones curriculares iba de vuelta a casa cuando a un paso de la estación se encontró el cartel ante la puerta de un quiosco. Superó la muchedumbre que siempre había en la zona, paseantes, vendedores ambulantes, estudiantes y los de la parada. “Se necesita empleado para SP”. ¿Qué quería decir SP? Presto a informarse superó la puerta para encontrarse con la empleada, una morocha más allá de la cuarentena. Antes de que lo hubiera notado dijo por qué estaba enfrente sin la intención de comprar: “Vengo por lo del SP, compañera, podría decirme si es con usted la cosa”. La mujer quedó inmutable, como si no hubiera entendido. “¿Por lo del empleo”, dijo: “busco una pincha en lo que sea”. Al fin la mujer, respondía acompañándose de gestos negativos: “Lo siento. No hablo guaraní”. Pensó que se trataba de una tomadura de pelo; pero, sabiendo que su dicción muchas veces no era clara para los argentinos aun cuando hablaran la misma lengua, supo rectificar. Masticó otra vez cada letra hasta sacarle una media sonrisa a la mujer, que al fin le abría las puertas de su negocio.

Así tuvo su primer trabajo, en negro. Y bien que lo era porque nadie sabía que casi en la esquina, a pocos metros de la parada, invitando a llegarse al quiosco donde se comercializaban artículos relacionados con SP, estaba él, el Sapo Pepe que en persona debía saludar a los niños y motivar a los adultos a sus compras. Por suerte era invierno y aquel disfraz apestoso no fastidiaba tanto como hubiera ocurrido en verano. Aunque sí que molestaba a las pocas semanas de haber bailado y saludado, de haberse movido en el anonimato de su negro empleo mal pagado, tanto que luego del primer cobro, ya con una erupción en la espalda posiblemente causada por el grosor de la tela, se despojó de golpe de aquella piel de anfibio amistoso, la lanzó sobre el mostrador de la mestiza y se largó para desde el piso quince preguntarse qué demonios hacia un periodista metido dentro de un sapo cuando su objetivo no era hacer periodismo de investigación. Si todavía hubiera sido por un ejercicio como Gunter Wallraff.

Después el mismísimo Darwin le recomendó que explorara territorios, que algún vacío debía haber para que lo penetrara su inteligencia. Fue así como descubrió algo que estaba a la vista de todos y nadie se había dado cuenta. Si los chinos, que eran muchos y estaban distribuidos en supermercados y lugares de comida rápida, necesitaban de un órgano para informarse, o sea, si cada día recibían impresas en un compendio periodístico noticias de su tierra, no habrían de resultar menos informados los cubanos en la emigración. También a sus coterráneos les podría ofrecer un servicio semejante que de paso le ayudara en la luchita del día a día.