Misteriosa Buenos Aires

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Magnífica idea. Esa sí. Y para lo del posible negocio de recopilar noticias sobre Cuba destinada a cubanos radicados en la ciudad – con el tiempo quién duda si radicados en toda la Argentina, soñar es lo único que no cuesta- Bergson lo puso en contacto con un coterráneo llamado Barbatruco que en Buenos Aires se dedicaba al negocio de la impresión. El tipo había aceptado darle un minimotécnico al respecto. Los cuatro le habían dado taller a la idea una noche en un bar de tapas y la conclusión, cervezas aparte, fue que tenía futuro. Ya fuera el muerto o su madre debían felicitarlos a los dos, pues a ninguno de ellos se le había ocurrido antes. Así, por motivos de trabajo,  visitó  por primera vez solo esa ciudad inmensa antes descubierta junto a su amada. Habrá calles que le recuerdan a ella, y esquinas, y bares y plazas, y hasta lugares que tendrán su nombre hasta el final de los días. Pero esa vez debía ir sin compañía y brújula, y tan era su enajenamiento que tuvo que decirlo: “Fíjate bien en los lugares, las calles, los carteles. Mira que te conozco.”

Buenos Aires había supuesto un enigma desde el primer encuentro, y para resolverlo en el fondo tenía la aspiración de mudarse algún día a la gran ciudad. Un Aseregaucho también tiene sus fantasías. Nunca uno había saltado desde tan lejos. Su salto había sido tan grande como el de Sotomayor; de la quieta y predecible provincia donde había nacido a la enloquecedora Buenos Aires donde habría de descubrir toda clase de situaciones, desde una lluvia de papeles una tarde para fin de año, todo una nevada en pleno verano, hasta esos avisos insólitos de ciertos restaurantes. “Hay ranas”, leyó una vez y no sabía si era una contraseña o acaso la rana integraba uno de los platos deseados y demandados por los porteños. Poco antes había visto en la misma calle a un hombre sentado en el suelo con una caja entre las rodillas de la cual asoma un diminuto maestro Yoda que te daba las gracias si le dejabas caer unas monedas.

Barbatruco laboraba en un edificio del Microcentro. Una oficina con empleados que cumplían un horario laboral. Lo supo de antemano. Había que llamarlo previamente y tal fue lo que hizo en cuanto descendió del Costera. Se metió a un locutorio y marcó el número. Una mujer, cubana evidentemente, le dijo que lo esperaría en la puerta. Luego se internó por calles angostas llenas de transeúntes, entró a dos librerías, miró los alrededores del Gran Rex y tomó la calle final. Caminó cuatro cuadras y, al fin, el número. Observó el papel donde había escrito la dirección y volvió a percatarse en el edificio, en el rótulo de la pared junto a la puerta de cristal. Era ese. En la puerta había una mujer, una señora de labios muy rojos que al verlo acercarse dubitativo, antes de que abriera la boca, pregunto: “¿Eres tú?” La voz le resultó conocida y le respondió sonriente: “El mismo”. También estaba contenta y enseguida le invitó a seguirla.

En la puerta del elevador preguntó si había dado fácil con la dirección. “Sin pérdidas”, dijo él, que había vuelto a quedarse serio y escrutaba el interior de la caja metálica a la que ella ya entraba. Parecía introvertida porque a veces lo miraba a discreción de arriba abajo sin hablar. “Debe ser de Oriente por lo menos”, pensó mirándola también de reojo porque su tono se asemejaba al de una oriental. Era de piel oscura aquella cincuentona y se vestía…. O era de Granma o de Guantánamo. Nunca de Holguín. La puerta al fin se abrió y ordenó: “Por aquí”. No había ninguna señal que dijera que estaban en el onceno. Incluso tuvo la impresión de que el ascenso había sido demasiado corto. Pero la siguió y cuando vino a ver ya había una puerta abierta y él la cruzaba. Casi todo era de color rojo dentro, incluido las cortinas. ¡Qué manera más extraña tiene este Barbatruco de trabajar!”, pensó: “¡También debe ser de Oriente! Todos orientales aquí”. Y cuando quiso preguntarle apenas pudo reaccionar porque la mujer se le había lanzado encima empeñada en amamantarlo con la advertencia de: “Te había dicho que yo era grandota”. Y cuando trató de aclarar el malentendido advirtiendo: “Señora que usted y yo no hemos hablado”. “¿Que tú no eres el que llamó?, preguntó enfadada. “No”. Así, guardándose las tetas como  revólveres, acabó despidiéndole con la peor de las caras.buenosaires

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