Un porro pedagógico

argentina, literatura, porro, universidad, viajes

bosqEl porro iniciático fue, como escriben los malos periodistas, “degustado” en un círculo hippie formado en la penumbra amistosa del bosque de La Plata. Estaban todos allí, la Aseregaucha, Mariam, Bergson y los tantos amigos incorporados a su vida platense – nunca plateada-. Participaban en un festival como nunca antes había visto alguno. En primer lugar, porque tenía como centro el corazón del bosque, una selva verde en la que dentro de la ciudad y junto al estadio del club Gimnasia crecían potentes eucaliptos y ceibos con verdaderos plastrones de paja en las que las cotorras monjes dejaban sus huevos. Y aunque al principio apenas podría creerlo -para un cubano a veces es difícil entender cualquier simpleza-, en medio de semejante matorral se podía celebrar un multitudinario concierto de música folclórica en calma sin que acaecieran hechos de violencia dignos de reportar.

Pero ni siquiera sería un concierto lo que iba a suceder durante varias noches consecutivas. Habían armado tres entramados inmensos donde de manera simultánea tocarían agrupaciones, solistas y bandas. De manera paralela, en puestos distribuidos en fila junto a una de las vías cualquier hambriento podría irse por bebidas y refrigerios –otra vez la jerga del mal periodismo- que la gente habría de devorar en pacífica alegría, sentada en el punto que mejor le viniera en gana, ante las tarimas o sobre la yerba, que se podía pisar no solo con los pies, incluso y perfectamente con cualquiera fuera la parte del cuerpo. Y hasta vería pasar entre las multitudes en puntillas vendedores ambulantes, jóvenes universitarios que se entregaban a esta digna iniciativa para complementar sus gastos, y así el Asere atisbó comestibles y, tal como fue el caso, unos tabacos cubanos –de la bodega- dentro de un canasto de mimbre. Esos, la verdad, los había llevado su amada la segunda noche y entre todos se encargaron de ofrecerlos para con lo recaudado adquirir bebidas para el conjunto.

En segundo lugar, antes de aceptar inmiscuirse en tan original fiesta, valoraba imposible eso de permanecer hasta entrada la madrugada en un bosque sin que se pusiera en peligro la integridad de una persona por muy culturales fueran los motivos que lo llevaran a reunirse. En el bosque de su ciudad natal, también abundante en eucaliptos, festejando la cultura una vez ciertos malévolos habían violado a una chica y al novio cuando intentó enfrentárseles. De modo que lo pensó dos veces, tres veces, cuatro veces antes de aceptar  aventura en aquella floresta a la que llegó a media tarde y en la que luego de tres cervezas, escuchando las delicias musicales del rock nacional, la chacarera y los trovadores, y mirando el herbazal penumbroso, pero seguro, colmado de cuerpos primaverales, aceptó quedarse hasta la hora que fuera. No lo encontró peligroso, sino agradable, placentero, deseable.

Luego, ya en la noche tercera, uno de los amigos, amiga en particular, metió la mano en su bolso y sacó algo que debió presentarles como su “artillería pesada”. Y sin que hubiera chupado siquiera el diminuto porro, incluso irguiéndose ante todos y ante el asombro de su amada, comenzó él una perorata moralizante, que si allá nadie fumaba semejante porquería, que si era perjudicial para los pulmones e innecesario para una sana recreación – jerga periodística de la peor otra vez- y destructivo para el cerebro en el sano juicio de un grupo que, según creía, como el de ellos, se autodefiniera militantes de izquierda, y así siguió con una serie de sandeces hasta que inmediatamente recordó que si escritor es lo que intentaba hacerse en su viaje, no pocos de sus maestros había echado mano a los estimulantes para las musas, de modo que perplejo, olvidándose del teque y luego de un suspenso que en ascuas había dejado a los otros, gritó al fin un: “ ¡Está bien. Pasa eso, qué más da!”. Y le dio una chupada que le dejó la cabeza echa humo o no humo, sino una flema de imágenes indescriptibles para su planeamiento literario.