Filosofía barata

argentina, emigración, literatura, política

Sí, había cosas que trataban de olvidar. Habían olvidado completamente la derrota propinada por Alemania en el Mundial de Futbol. Como puestos de acuerdo nadie comentó una palabra desde su llegada al país un día después del infausto día para la hinchada nacional. Ni siquiera en encuentros con amigos, las veces que se reunían para asado, mate, café o caldosa; ninguno de ellos, fuera hippie o comedido, sacaba a colación el tema de la derrota. Ni en una cola. Ni en un café. Era como si solo él y la amada, unidos no solo por el amor, sino tabién por la transmisión televisiva un día antes del vuelo hubieran atestiguado el descalabro del equipo albiceleste. En la distancia llegaron a sufrir juntos por Messi y Di María mientras quienes viajaron hasta Brasil para insuflarles ánimos a la selección se quedaban con las ganas de gritarle también a la Merkel eso de “decíme que se siente…” Y, ¡ay, Argentina!, o: ¡ay, amigos cercanos de la Argentina! que se negaban a juntar en la misma mesa a Palito Ortega, Piglia, Legrand, Bonaffini y Sarlo.

Relacionados con la política, por ejemplo, tenían sus prohibiciones. Nombres como Menen (incluso los cubanos emigrados preferían recurrir al apodo popular de: “Méndez”) terminaban siendo  espantados de una conversación como se espanta al demonio. Algunos, en cambio, sí que solía evocar el pasado sin prejuicios, el de los militares en el poder, el de los miles de torturados y desaparecidos; la guerra de las Malvinas, el retorno a la democracia y los estertores de la economía en el 2001, cuando el exsuegro de Shakira, un “aburrido” presidente, había tenido que huir de la Casa Rosada en helicóptero después de los cacerolazos. Mirándoles transitar las calles, elegantes y modernos, impetuosas y altivas, morochas y  rubias, todos a la vez, a veces, llegaban a parecerles raros, una extraña raza que se debatía entre la amabilidad y la informidad consigo misma, entre el miedo a la violencia de la gran ciudad y el recuerdo de la vida del barrio, entre la tendencia fascista de ciertos sectores al progresismo de otro. El sí, pero no. Psicoanálisis. Tampoco le gustaba hablar de eso. Otros sí que lo asumían. “¿Qué vamos al psicólogo? Ahorita hasta tú tendrás que sentarte en un diván. Esta ciudad es el manicomio”.

Olvido. Memoria. Ser y no ser. Pasado y presente. Lo que se es y lo que se pudo ser. Lo que serían si no fuésemos lo que somos. ¡Con tanta tierra, tantos recursos!, escuchaba quejarse al que le vendía quesos y al que les alquilaba el departamento hipodrómico. He ahí el verdadero dilema de la clase media, decían ciertos conocidos. Alguien había escrito en el pasado que ese tira y encoge se llamaba “sonsera”. Pero, bueno, el Aseregaucho no es un filósofo y menos politólogo. Solo se consideraba un lógico paseante que por cruzar la Plaza de mayo se animaba a opinar sin abrir la boca en una conversación sobre política. Traicionaba así de alguna manera su promesa de si quiera pensar criterios ajenos  a la Literatura, que por eso iban directamente a una librería antiquísima, tanto que había desfilado por ella la crema y nata de la intelectualidad porteña. Pero se acercaban las elecciones y los candidatos iban dominando las conversaciones de la gente. Más a un paso de la Casa Rosada.

En un chispazo de insólita felicidad Bergson había sacado el tema. Solo la pareja de Aseregauchos estaba verdaderamente alegres con la salida y le siguieron la corriente. Berson y Mariam sufrían amores frustrados. Ella no se había sacado los audífonos por los que bramaba la Mona Jiménez y para quitarse aquella mina que le había dado bola dado el ultraje con lo del cuchillo simbólico no solo habló de las elecciones por desarrollarse, sino proponía él meterse a la Casa de gobierno. Los sábados había visitas guiadas de manera gratuita y las colas para pasar de un salón al otro hasta penetrar el mismísimo despacho de Cristina Fernández eran largas pese al frío o la lluvia. No quedó muy conforme, pero le ganaron por mayoría. Fue así que el Aseregaucho se halló en una fila inquieta compuesta por un personal de todas las edades en la que solo se hablaba de candidatos de derecha, centro e izquierda, de elecciones por venir y de posibilidades luego de “década ganada”. Fue ahí que escuchó esos nombres por primera vez, el del gobernador marciano y el del zurdo a la fuerza.

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