Ni un café puede beber

argentina, cuba, literatura, niños, universidad

La posibilidad de charlar con el amigo difunto en un lugar que solo existía dentro de una computadora lo puso con el ánimo por el piso. No solo llegó a sentirse recluido como elefante en el departamento desde el cual veía caballos todas las mañanas, sino que se creyó cómplice de un entramado irreal pensado para promover falsedades. Seguido cayó en una abulia inesperada y esta le impedía terminar siquiera la lectura de uno de los libros con él desde su ciudad. Incluso llegó a comer con desgano alguno de los platos preferidos por la Aseregaucha -la milanesa fue por entonces tan recurrente como las fabadas de Mariam-. Bergson iba para una semana desaparecido. Habían quedado en verse para el homenaje a Cortázar, pero ni siquiera le timbraba al móvil.

Para matar el tiempo caminaba sin rumbo enfrentando vidrieras y personas, percatándose de la manera de vestir, de andar, de comportarse. Cada tarde y para ejercitar los músculos recogía a su amada en la Universidad. Había que atravesar un bosque abundante de eucaliptos frecuentado por deportistas amateurs, autos, ciclistas y estudiantes que iban o salían de clases en filas discontinuas. Cuando llegó al sitio por primera vez, al menos debido al aspecto de la facultad de humanidades, la Universidad se develó como el espacio donde la espontaneidad saltaba a la vista no más superar la puerta. Barandas y paredes quedaban bajo carteles y grafitis llamando a la revolución. Leyó frases, consignas, solicitudes escritas con el mayor de los enardecimientos.

A simple vista los líderes parecían mucho más creativos y espontáneos que los dirigentes estudiantiles y juveniles de su país, no escatimaban en vender libros o panes confeccionados por ellos para financiar una campaña a favor de no sabía qué causa, publicaban francas ideas en boletines que editaban por su cuenta, vestían sin presumir y podían enfrentarse con vehemencia en una especie de cuadrilátero ideológico previo a las elecciones estudiantiles con lo cual se evidenciaba un aspecto básico en la mayoría de los jóvenes con los que intercambiaba: podían hilvanar largas conversaciones y charlas sin la necesidad de caer en el panfleto propagandístico, sin dar la impresión de estar vacíos de pasión y contenido. Pronunciar palabras producidas a partir de la libre capacidad de pensar era una constante de la que se sintió avergonzado al recordar a tantos dirigentillos incapaces de originalidad ni en el saludo.

niñoA la salida visitaban algún bar o café, algo que en principio solo agudizó su depresión. Ocupada la silla era dominado por la angustia, estado del cual se percató el día en que un niño de unos seis años colocaba sobre la mesa un almanaque y él, despistado, volvió a poner la vista sobre el cartón luego de haber seguido al pequeño por unos segundos. Ella tuvo que decirle: “Lo hacen para ganarse la vida”. “¡Vaya frase!”, pensó. Siempre había alguien dispuesto a colaborar con los niños que se ganan la vida casi siempre ofreciendo algo a cambio, un almanaque, una postal por el día de los enamorados, servilletas, una canción. Los encontraría en trenes y subtes, a un lado de la acera, en plena vía. Ellos mismos, tan poco abundantes de dinero, colaboraban como podían por el simple hecho de sentir que haciéndolo escarbarían un tanto el problema de la pobreza que golpeaba a los infantes. A veces se hacía imposible entregarles algo, ni una moneda le podían dejar. Y semejante realidad le quitaba las ganas de beberse lo que fuera, ¡ah, las repercusiones de su educación! Perdía las ganas de beber y comer mientras hubiera un niño cerca que mirase como aquellos niños lo miraban algunas veces.

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