El sapo que trabajaba en negro

argentina, emigración, internet, literatura, trabajo

sp1“Bien que se pongan a vender caldosa”, le dijo Darwin por el chat. Había decidido comentarle al amigo, o a la foto de su amigo detrás de la cual se escondía la madre. No tenía recatos para la fecha y conversaba con ella aunque le despertara sentimientos contradictorios. Pero, por una cosa o la otra, lo de la caldosa no fraguó y él debía seguir en lo de siempre: buscaba alguna imprenta para reproducir seis o siete currículos que luego dejaba en librerías, periódicos, estaciones de radio, dondequiera que hubiera una posibilidad de empleo que permitiera liquidar sus horas de ocio. A veces no sabía qué hacer con tanto tiempo libre en el que hasta las lecturas acababan por agotarlo . Su amada y Mariam abandonaban el departamento temprano. cursaban sus respectivas maestrías todo el día y entonces él debía ocuparse en hacer cualquier cosa. Quería regresar a Buenos Aires, que tanto le había impresionado; quería visitar a Macedonio Fernández tal cual le había prometido. Pero primero debía buscar trabajo.

Una de esas maratones curriculares iba de vuelta a casa cuando a un paso de la estación se encontró el cartel ante la puerta de un quiosco. Superó la muchedumbre que siempre había en la zona, paseantes, vendedores ambulantes, estudiantes y los de la parada. “Se necesita empleado para SP”. ¿Qué quería decir SP? Presto a informarse superó la puerta para encontrarse con la empleada, una morocha más allá de la cuarentena. Antes de que lo hubiera notado dijo por qué estaba enfrente sin la intención de comprar: “Vengo por lo del SP, compañera, podría decirme si es con usted la cosa”. La mujer quedó inmutable, como si no hubiera entendido. “¿Por lo del empleo”, dijo: “busco una pincha en lo que sea”. Al fin la mujer, respondía acompañándose de gestos negativos: “Lo siento. No hablo guaraní”. Pensó que se trataba de una tomadura de pelo; pero, sabiendo que su dicción muchas veces no era clara para los argentinos aun cuando hablaran la misma lengua, supo rectificar. Masticó otra vez cada letra hasta sacarle una media sonrisa a la mujer, que al fin le abría las puertas de su negocio.

Así tuvo su primer trabajo, en negro. Y bien que lo era porque nadie sabía que casi en la esquina, a pocos metros de la parada, invitando a llegarse al quiosco donde se comercializaban artículos relacionados con SP, estaba él, el Sapo Pepe que en persona debía saludar a los niños y motivar a los adultos a sus compras. Por suerte era invierno y aquel disfraz apestoso no fastidiaba tanto como hubiera ocurrido en verano. Aunque sí que molestaba a las pocas semanas de haber bailado y saludado, de haberse movido en el anonimato de su negro empleo mal pagado, tanto que luego del primer cobro, ya con una erupción en la espalda posiblemente causada por el grosor de la tela, se despojó de golpe de aquella piel de anfibio amistoso, la lanzó sobre el mostrador de la mestiza y se largó para desde el piso quince preguntarse qué demonios hacia un periodista metido dentro de un sapo cuando su objetivo no era hacer periodismo de investigación. Si todavía hubiera sido por un ejercicio como Gunter Wallraff.

Después el mismísimo Darwin le recomendó que explorara territorios, que algún vacío debía haber para que lo penetrara su inteligencia. Fue así como descubrió algo que estaba a la vista de todos y nadie se había dado cuenta. Si los chinos, que eran muchos y estaban distribuidos en supermercados y lugares de comida rápida, necesitaban de un órgano para informarse, o sea, si cada día recibían impresas en un compendio periodístico noticias de su tierra, no habrían de resultar menos informados los cubanos en la emigración. También a sus coterráneos les podría ofrecer un servicio semejante que de paso le ayudara en la luchita del día a día.

Espectros tiene la red

emigración, facebook, internet, literatura

Haber encontrado a Darwin supuso un relámpago de alegría que le permitió evocar infancia y adolescencia. Mas, entre conversaciones y quizá por el tiempo separado de su amigo,  creía a veces percibir cierta frialdad rematada en diálogos parcos e insulsos. Llegado a ese punto, aceptando lo del trabajo como coartada, se contentaba con actualizar la información referida a la vida del otro. Miraba las fotografías colgadas en su muro y especialmente observaba la imagen principal. Debió habérsela tomado recientemente, su rostro llevaba la marca de quien se acerca a los cuarenta y había en su apariencia un hálito de amargura que a él hizo meditar porque era la aflicción del emigrado, podría llegar a asemejársele. Por suerte no había recurrido a fetiches o paisajes abstractos como otros. Tener una foto suya le hizo sentirse cómodo, como si los intercambios fuesen en verdad encuentros en vivo y en directo, personales.

A veces chateaban por la noche, pero la mayoría de las pláticas ocurrieron en horario de la mañana. Así, por dos semanas en las que su amada y la amiga y hasta Bergson atestiguaron la satisfacción que el hallazgo hubo de ocasionarle. Un día el Aseregaucho contó a otro amigo afincado en Oslo de su reciente encuentro y este le soltó una frase fulminante e inmisericorde que se le clavó en la cien como una agujeta: “Coño, mijo, pero tú no sabes que Darwin está muerto”. “¿Muerto?”, exclamó: “¡Si yo chateo con él todos los días, qué bolá contigo.” “Pues ve a ver… Pensé que lo sabías, Asere; ha sido una cosa terrible para todos”. Era terrible, sí, enfermizamente terrible. En efecto, su amigo había fallecido dos semanas antes debido a un disparatado asalto callejero, pero su perfil de Facebook seguía allí y lo que era peor, alguien con espíritu macabro lo mantenía actualizado.

En el siguiente intercambió acribilló al supuesto Darwin con una sucesión de preguntas desesperadas, algo que llevó a cabo no sin evidente escozor, allí estaba la fotografía de su amigo mirándole a los ojos desdichado, y peor: enseguida leyó los saludos, vio los emoticones, tuvo las respuestas. “Soy Vidalina, ¿te acuerdas de mí?” ¿Podía ser lo que estaba leyendo? Vidalina era la madre del Testigo de Jehová, que él por supuesto bien recordaba. La mujer había escrito cada palabra del chat, algo que no solo confesaba, sino que le aseguró seguir haciéndo como única manera de mantener a su hijo en el presente. Escribir como lo hubiera hecho, poner “me gusta” a las cosas que le habrían gustado al muchacho, reproducir noticias y trozos de canciones era su terapia y, por si fuera poco, le pedía hacerse partícipe de ella, volverse su cómplice en beneficio personal.anotador

Lo único provechoso de este episodio es que llegó a establecer una especie de teoría respecto al destino que le estaba reservado al hombre moderno. Seríamos suplantados por nuestra imagen virtual, algo que sabrá peligrosamente con detalles en el futuro, y que si adelantamos ahora es solo para mantener en suspense a los escuálidos lectores de este diario de aburrimiento. También es cierto que a partir de aquel día tomó  mayor precaución a la hora de aceptar amistades, desconocidos que se acercaban portando una inocente solicitud de amistad. Fue precavido con la información que entregaba a quien del otro lado preguntaba sobre su situación en la Argentina, que qué hacía, que dónde trabajaba, ¿regresas? Nunca se sabe si los que se hallan detrás de los retratos son en verdad los fotografiados o sus fantasmas, seres misteriosos que se aparecen en la red solo para husmear la intimidad de uno, para sonsacarte, para crear una burbuja de vanidad mortal en la que puedes quedar preso como trampa asfixiante. Eso, sin hablar de los muerto, de los que siguen con vida y de los verdaderos. Ha tratado de evitarlo, pero a veces a Darwin, por ejemplo, le da por conversar.

El mundo lo absorbe

argentina, cuba, facebook, internet, literatura

internetarreglado

Sin embargo, pese a la pequeñez del departamento y a la soledad galopante cuando ninguna de las mujeres le acompañaban, el Aseregaucho permanecía la mayor parte del tiempo dedicado a la lectura de novelas, o conectado a la internet que a su vez le permitía sintonizarse con el universo. No era de los más analfabetos, en Cuba había gozado de privilegios. Un periodista de provincia con conexión a internet es menos provinciano, está menos aislado, se vuelve objeto de preocupación y envidia. Las posibilidades del presente lucían incomparables a las que alguna vez había tenido. Antes, para conectarse con el mundo debía primero tolerar el ruido cósmico del módem y conectado ya resistir la lentitud que apenas le permitía descargar ligeros adjuntos. Ni siquiera se le ocurrió soñar con disfrutar de un corto online, qué decir ya una película.

 

También infectado por la enfermedad de la memoria en los primeros días padeció lo que muchos de sus amigos habían padecido o seguían padeciendo. En lugar de ponerse al día, en vez de ir directo a las últimas películas, documentales o entrevistas en video realizadas a sus autores preferidos, los escritores modélicos para él, sus verdaderos padres, se dejó llevar por el agujero negro de la televisión cubana, por su espejismo dilucidario y fue dominado por esa infausta persecución de series avistadas en los ochenta, en los noventa y a principios del siglo corriente; vio viejas aventuras, olvidados dibujos animados, videos clips precarios que había llegado a pensar no existían en ningún lugar y que ni siquiera sus directores recordaban. Y no satisfecho, como zombi de la ideología, se entregó a la curiosidad de materiales patrióticos; discursos, charlas y, eso sí, cuanto producto disidente seguía vetado en la isla.

 

Después sucedió el redescubrimiento de las redes sociales. Se evaporaba su tiempo charlando con decenas de amigos que desperdigados por el mundo debían conectarse según los usos horarios de los países en donde habían ido a parar en estampida. De esa manera no solo contactó a viajantes, sino que charlaba así mismo con muchos conocidos varados en su ciudad. Muchos eran tendenciosos y se animaban a preguntar respecto a su futuro inmediato, a sus planes, a lo que pensaba de tal o mascual asunto. Lo más importante en este acápite fue la posibilidad de recuperar viejos contactos, antiguos compañeros de estudio y de la vida que tenía ya como amigos en su perfil, pero que dada la precariedad tecnológica apenas había llegado a saludar. Así, sin quererlo, conversó otra vez con Darwin.

 

Darwin fue su mejor amigo desde la infancia, un amigo del barrio con el peor nombre que se le pueda poner a un hijo teniendo en cuenta la religión predicada por la familia, todos Testigos de Jehová. De hecho Darwin había tenido problemas de la primaria al preuniversitario hasta que un día se fueron todos del país. Fue entonces cuando por lógica dejaron de verse y debieron pasar años para que sucediera el reencuentro, ¡alabado seas Mark Zuckerberg! Visto su nombre acompañando la fotografía le envió invitación. Al poco tiempo fue aceptada y si nunca cruzaron una sola palabra fue, había pensado, por la mala conexión. Pero, ahora estaba dispuesto a recuperar amistades. “¿Qué bolá, Darwin?”, escribió una mañana a su amigo. “Hola”,  pasado un momento se leía en el globo del chat.