Espectros tiene la red

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Haber encontrado a Darwin supuso un relámpago de alegría que le permitió evocar infancia y adolescencia. Mas, entre conversaciones y quizá por el tiempo separado de su amigo,  creía a veces percibir cierta frialdad rematada en diálogos parcos e insulsos. Llegado a ese punto, aceptando lo del trabajo como coartada, se contentaba con actualizar la información referida a la vida del otro. Miraba las fotografías colgadas en su muro y especialmente observaba la imagen principal. Debió habérsela tomado recientemente, su rostro llevaba la marca de quien se acerca a los cuarenta y había en su apariencia un hálito de amargura que a él hizo meditar porque era la aflicción del emigrado, podría llegar a asemejársele. Por suerte no había recurrido a fetiches o paisajes abstractos como otros. Tener una foto suya le hizo sentirse cómodo, como si los intercambios fuesen en verdad encuentros en vivo y en directo, personales.

A veces chateaban por la noche, pero la mayoría de las pláticas ocurrieron en horario de la mañana. Así, por dos semanas en las que su amada y la amiga y hasta Bergson atestiguaron la satisfacción que el hallazgo hubo de ocasionarle. Un día el Aseregaucho contó a otro amigo afincado en Oslo de su reciente encuentro y este le soltó una frase fulminante e inmisericorde que se le clavó en la cien como una agujeta: “Coño, mijo, pero tú no sabes que Darwin está muerto”. “¿Muerto?”, exclamó: “¡Si yo chateo con él todos los días, qué bolá contigo.” “Pues ve a ver… Pensé que lo sabías, Asere; ha sido una cosa terrible para todos”. Era terrible, sí, enfermizamente terrible. En efecto, su amigo había fallecido dos semanas antes debido a un disparatado asalto callejero, pero su perfil de Facebook seguía allí y lo que era peor, alguien con espíritu macabro lo mantenía actualizado.

En el siguiente intercambió acribilló al supuesto Darwin con una sucesión de preguntas desesperadas, algo que llevó a cabo no sin evidente escozor, allí estaba la fotografía de su amigo mirándole a los ojos desdichado, y peor: enseguida leyó los saludos, vio los emoticones, tuvo las respuestas. “Soy Vidalina, ¿te acuerdas de mí?” ¿Podía ser lo que estaba leyendo? Vidalina era la madre del Testigo de Jehová, que él por supuesto bien recordaba. La mujer había escrito cada palabra del chat, algo que no solo confesaba, sino que le aseguró seguir haciéndo como única manera de mantener a su hijo en el presente. Escribir como lo hubiera hecho, poner “me gusta” a las cosas que le habrían gustado al muchacho, reproducir noticias y trozos de canciones era su terapia y, por si fuera poco, le pedía hacerse partícipe de ella, volverse su cómplice en beneficio personal.anotador

Lo único provechoso de este episodio es que llegó a establecer una especie de teoría respecto al destino que le estaba reservado al hombre moderno. Seríamos suplantados por nuestra imagen virtual, algo que sabrá peligrosamente con detalles en el futuro, y que si adelantamos ahora es solo para mantener en suspense a los escuálidos lectores de este diario de aburrimiento. También es cierto que a partir de aquel día tomó  mayor precaución a la hora de aceptar amistades, desconocidos que se acercaban portando una inocente solicitud de amistad. Fue precavido con la información que entregaba a quien del otro lado preguntaba sobre su situación en la Argentina, que qué hacía, que dónde trabajaba, ¿regresas? Nunca se sabe si los que se hallan detrás de los retratos son en verdad los fotografiados o sus fantasmas, seres misteriosos que se aparecen en la red solo para husmear la intimidad de uno, para sonsacarte, para crear una burbuja de vanidad mortal en la que puedes quedar preso como trampa asfixiante. Eso, sin hablar de los muerto, de los que siguen con vida y de los verdaderos. Ha tratado de evitarlo, pero a veces a Darwin, por ejemplo, le da por conversar.

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El mundo lo absorbe

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Sin embargo, pese a la pequeñez del departamento y a la soledad galopante cuando ninguna de las mujeres le acompañaban, el Aseregaucho permanecía la mayor parte del tiempo dedicado a la lectura de novelas, o conectado a la internet que a su vez le permitía sintonizarse con el universo. No era de los más analfabetos, en Cuba había gozado de privilegios. Un periodista de provincia con conexión a internet es menos provinciano, está menos aislado, se vuelve objeto de preocupación y envidia. Las posibilidades del presente lucían incomparables a las que alguna vez había tenido. Antes, para conectarse con el mundo debía primero tolerar el ruido cósmico del módem y conectado ya resistir la lentitud que apenas le permitía descargar ligeros adjuntos. Ni siquiera se le ocurrió soñar con disfrutar de un corto online, qué decir ya una película.

 

También infectado por la enfermedad de la memoria en los primeros días padeció lo que muchos de sus amigos habían padecido o seguían padeciendo. En lugar de ponerse al día, en vez de ir directo a las últimas películas, documentales o entrevistas en video realizadas a sus autores preferidos, los escritores modélicos para él, sus verdaderos padres, se dejó llevar por el agujero negro de la televisión cubana, por su espejismo dilucidario y fue dominado por esa infausta persecución de series avistadas en los ochenta, en los noventa y a principios del siglo corriente; vio viejas aventuras, olvidados dibujos animados, videos clips precarios que había llegado a pensar no existían en ningún lugar y que ni siquiera sus directores recordaban. Y no satisfecho, como zombi de la ideología, se entregó a la curiosidad de materiales patrióticos; discursos, charlas y, eso sí, cuanto producto disidente seguía vetado en la isla.

 

Después sucedió el redescubrimiento de las redes sociales. Se evaporaba su tiempo charlando con decenas de amigos que desperdigados por el mundo debían conectarse según los usos horarios de los países en donde habían ido a parar en estampida. De esa manera no solo contactó a viajantes, sino que charlaba así mismo con muchos conocidos varados en su ciudad. Muchos eran tendenciosos y se animaban a preguntar respecto a su futuro inmediato, a sus planes, a lo que pensaba de tal o mascual asunto. Lo más importante en este acápite fue la posibilidad de recuperar viejos contactos, antiguos compañeros de estudio y de la vida que tenía ya como amigos en su perfil, pero que dada la precariedad tecnológica apenas había llegado a saludar. Así, sin quererlo, conversó otra vez con Darwin.

 

Darwin fue su mejor amigo desde la infancia, un amigo del barrio con el peor nombre que se le pueda poner a un hijo teniendo en cuenta la religión predicada por la familia, todos Testigos de Jehová. De hecho Darwin había tenido problemas de la primaria al preuniversitario hasta que un día se fueron todos del país. Fue entonces cuando por lógica dejaron de verse y debieron pasar años para que sucediera el reencuentro, ¡alabado seas Mark Zuckerberg! Visto su nombre acompañando la fotografía le envió invitación. Al poco tiempo fue aceptada y si nunca cruzaron una sola palabra fue, había pensado, por la mala conexión. Pero, ahora estaba dispuesto a recuperar amistades. “¿Qué bolá, Darwin?”, escribió una mañana a su amigo. “Hola”,  pasado un momento se leía en el globo del chat.