A veces, invisible

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Entre los males padecidos  uno consiste en pensar que los amigos habían acabado olvidándolo, que los conocidos lo habían olvidado, que excepto la familia (dentro de la cual en alguno de sus miembros, no lo duda, también empezaba a cobrar efectos el esmeril de la distancia) cada una de las personas que había conocido en el pasado lo borraban de su disco duro, hecho por el cual creía adelantarse  en esa dimensión para la cual H. G. Wells creo su personaje famoso. A veces era un esperpento incorpóreo que se paseaba por calles extranjeras con imponentes o menos edificios, realidad tal vez común a todo el que se aleja del lugar de origen. Basta con moverse de una ciudad para verse atravesando una dimensión misteriosa que te hace desaparecer, extraño efecto que se multiplica cuando además del límite terrestre saltas un océano y te adentras en la para el isleño tan lejana vida continental. Sales desapareces, entras te trasfiguras.

Así era y así iba a ser y así andaba con la cabeza últimamente atolondrada entre esto y aquello y el trabajo que no aparecía y Bergson que no daba señales por largas semanas y la Aseregaucha que para juntar dinero, porque querían ahorrar para pasar el fin de año con su familia, allá en un campo perdido de su perdida ciudad, había empezado a cuidar unos niños que eran tiernos demonios prometedores y que solo sirvieron para sembrar en ella la idea de fecundar un óvulo cuando llegara la oportunidad, pero semejante proyecto aún estaba atrapado en algún pliegue cerebral, apenas visible a los rayos neuronales que le ofrecerían la fotosíntesis.

Ahora Bergon estaba contratado en alguna institución estatal y se ocupaba allí de una estación de radio clandestina (que esto lo sabría después y no por confesión de su amigo, imperdonable secreto, sino por un artículo de Clarín, sí el mismísimo periódico, que no fue suficiente eso de Clarín miente, porque esa vez no mentía, pero de todo contará después). Mariam horneaba gaceñigas que vendía en su tiempo libre en la zona de La Boca y él, al fin,  logró pescar un empleo ( siempre en negro) como vendedor C en una tienda donde todo lo que estaba a la vista del cliente había sido producido con piel animal. Llegaba demacrado en la madrugada porque las jornada eran como las prensas de los trapiches o las maquinillas de las carnicerías y ni tiempo le quedaba para alimentarse. Si acaso algo comía era una o dos laticas de paté con lechugas, de manera que su aspecto desde que estuvo en la tienda era deprimente.

Sin embargo, lo peor no era el régimen al cual estaba expuesto cada día hasta bien cerca de la madrugada a riesgo de afectar su intimidad y los planes de la Aseregaucha del óvulo fecundado. Tenía la impresión de trabajar (laburar le dicen aquí) en un cementerio. Para mucha gente la tienda en la que, después de todo, había tenido la suerte de ser contratado era peor que un cementerio: lucraba con los pellejos cuidadosamente trabajados de los pobres carpinchos, ahora convertidos en abrigos, alfombras y sombreros. Tan indigno resultaba el negocio para mucha gente que una vez se metieron tres mujeres y dos hombres y cuando pensó que requerían de su asistencia para efectuar la compra de por lo menos una alfombra los vio sacar unos palos medianos y con ellos destrozar lo que tuvieran delante. Se libró de la furia porque tuvo el tino de refugiarse bajo el mostrador (cuánto le hubiera gustado ahí en verdad ser invisible), y casi temblando marcó a la policía, y cuando se puso de pie aún no habían llegado las fuerzas pero encontró ese enigmático mensaje que le hizo tomar conciencia de su complicidad: “El carpincho eres tú”. Por un buen tiempo encontraba en el espejo la cabeza de un carpincho convertido en hermoso sombrero de piel en lugar de su rostro.

garpinchoMuchas sociedades protectoras de animales hay en la Argentina, muchos grupos veladores por los derechos de perros, gatos, chinchillas y carpinchos. Sus miembros son comandos de asalto dispuesto a cualquier cosa con tan de defender la integridad de un animal. A veces no sabe si un ser humano es tan ferviente defensor de la integridad de una persona como lo es de un ser de otra especie, quizá porque al saberse superior intenta desplegar un sentimiento de conmiseración que con uno igual le es inaceptable o imposible a saber por qué razones.

La vaca, las botas, la parasicología

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vacaparaDebió haber sido nueve de julio, no recuerda si hace un año o dos -el tiempo se diluye entre sus dedos cuando intenta atraparlo-. El Aseregaucho supera ya los dos años en la Argentina, aunque apenas esté dando cuentas de sus primeros doce meses, lapsus de asombros y delirios en el que ocurrió la escena de la que hoy da cuentas. ¡Ah!, y todavía no era un gauchoasere. O, si acaso, lo era solo por las botas, lo primero que se compró de estas tierras. Y a todas estas debe rectificar la frase, porque en verdad las compró su Aseregaucha cuando él todavía se despatillaba por la ciudad donde había nacido y hasta pensaba morirse. Debió ir hasta una iglesia sin que fuera misa. Un amigo lo había puesto en contacto con otro que viajaba desde Buenos Aires. Y atados los cabos allende los mares y las tierras del sur se vio entrando al templo sin la obligación de persignarse, pero sí de preguntar por el recién llegado. Sus botas de cuero le llevaron de un lugar al otro, y aunque reportero de cultura se asemejaba a un arlequín. Un error de comunicación permitió que le quedaran dos números más amplios, pero esa es otra historia.

Lo que quiere dejar claro hoy a sus cuatro lectores es que la actuación de algunas personas a veces parece un contrapunteo extravagante que devela contradicciones viscerales y hasta misteriosas, inexplicables. Era nueve de julio y caminaban con botas nuevas la avenida de mayo, cerrada a los autos por la fiesta. El asfalto y la vereda estaban colmadas por toda clase de gente, vendedores y compradores, en el suelo bajo toldos o en quiosco los primeros, en cualquier lugar los segundos. Podían verse grupos entusiasmados en hacerse de esto y de lo otro o tan solo observando las muchas exposición montadas por el gobierno de Cristina Fernández. Ellos también se detuvieron ante viñedos de Mendoza o pastizales de la Patagonia, y en una de esa dieron con un establo dentro del cual había dos vacas, las más grandes que hubieran visto alguna vez. Una de ellas, no podría repetir el nombre de la raza hoy a la distancia del tiempo, se rascaba ingenuamente una oreja porque un gancho de hierro le colgaba, y la molestia, que más que dolor debía ser una impertinente cosquilla, le obligaba a rascarse ante los ojos de los paseantes ataviados con sombrillas y bufandas. En eso junto a ellos se detuvo una mujer joven ocupada en entretener a sus tres muchachos,tres abrigos de todos los colores decorados con diminutos ojitos, se aferró a la tabla más alta de la cerca con ambas manos y gritó nunca supo él si a la vaca o al resto de la gente, porque nadie parecía responsable del establo un: “¡Maldito gancho de mierda que dañá a la vaquita!”.

Esa imagen se le quedó asentada en su cerebro, la imagen de aquella bella mujer que podría tener su edad, era blanca, con algunos lunares en su rostro y la expresión de quien profesa casi idolatría por los animales. Debía ser otra de las muchas activistas por los derechos animales, protectora de estos, pensó, y aún en otro escenario, podría ser uno con los avances tecnológicos en la zona de Ushuaia, tuvo la impresión de escuchar su voz maldiciendo a todos los que de alguna manera dañaban la integridad de las vacas, especialmente la de aquellos dos ejemplares expuestos como vulgares cosas, y en particular, valiéndose de injurias comunes como “la concha de su madre” retaba al “gancho de mierda” que en ese minuto debía estar sacándole cosquillas a la vaca de ojos sentimentales y masticación constante como la de una abuela.

Fue por aquel modo que tenía la vaca de mascar por el que el Aseregaucho tuvo ganas de morder cualquier trozo comestible. Se sintió trastornado por el hambre, un hambre ancestral y peligrosa, y como algo de dinero llevaban y era un día especial (Una brisa gélida amenazaba con entumecerle los huesos a los dos) fueron directo a un asado. Tenía ubicada una parrillita a pocos metros y ya habían caminado lo suficiente. Decidieron terminar el día en una de sus cálidas mesitas. Por suerte había un hueco para dos porque también el sitio estaba atestado, mas lo curioso, lo impresionante, lo asombroso para ambos fue encontrarse a la joven defensora de los animales devorando junto a sus tres esquimales acompañantes lo que debió ser una linda vaquita, una que alguna vez había tenido en su oreja un gancho de mierda y lo que era peor, uno bien filoso debió haber secado su carne para que los dientes también hermosos de la mujer la trituraran ahora.

Cuba por todas partes

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Nadie es completamente antimperialista a no ser imperialista; ningún gobierno, ninguna persona, de lo contrario en lugar de imitar códigos culturales ajenos recuperaría esos a los que debe su personalidad cultural; hablaríamos arahuaco o taino o guaraní y vestiríamos de poncho al menos para seguir el estilo. No imitaría tanta moda impulsada por colonizadores de Coca-Cola, Haier y Vodka. Por eso, cree él, nadie es antimperialista al cien por cien y por eso odia el Aseregaucho al que trata de serlo o imitarlo, o trata de ofrecer esa impresión de rebelde perpetuo y recalcitrante enemigo de  Norteamerica donde tiene tantos amigos y familiares queridos. En definitiva lo del antimperialismo lo inventaron los imperialistas, se decía, casi lo gritaba y en eso, sudado, manoteando a su amada sorprendida, despertó.

Siempre le pasaba igual luego de beber cerveza. La cerveza le produce sueños estrafalarios, pero ninguna le había provocado una pesadilla igual. De modo que luego del café de la mañana, luego de hacer lo de cada día, juró que jamás iba a volver a esa cervecería magnifica llamada Antares cuya bebida negra de sabor sin igual le había obligado a esa clase de elucubraciones. ¿Cómo había llegado hasta allí?, ¿por qué razones había entrado en su sueño esa persona, un antiguo compañero de trabajo, el veterano periodista que sigue yendo a su puesto laboral vestido de miliciano por si acaso se escucha una alarma, por si acaso el sonido metálico de un balón de gas ya vacío anuncia un ataque? ¡Lo que le faltaba!, que también dormido tuviera que aguantarle peroratas a amargados compañeros empeñados en hacerle recordar lo que fueran deberes ideológicos impuestos en la escuela o que simplemente se acercara para mencionar la palabra, el nombre del país del cual provenía. Lo habló con Darwin y este juraba que le sucedía lo mismo, que a veces era como si le saltaran sin querer elementos de su ciudad, de su país, no solo en Facebook donde parecía intencional la melancolía, sino en la propia calle.

Igual parecía pasarle. Bastaba con que entrara a un establecimiento cualquiera para que le saltaran elementos de su país. Entraba a una librería e impulsado por un brazo invisible el libro impreso en Cuba se le venía encima como si lo buscara. No era siquiera un autor publicado en editoriales casi siempre españolas, sino que por obra de a saber qué espíritu era golpeado por ediciones impresas en la isla. Pero no solo libros parecían perseguirle, todo lo cubano iba detrás de él. Caminando por las calles escuchaba voces, personas hablando en jerga habanera y al mirar, efectivamente, hallaba cubanos, decenas de cubanos que iban por las calles o despachaban en los mercados o comían en los restaurantes. Por un tiempo se creyó cazador de compatriotas. Su entretenimiento consistía en descubrirlos en la multitud, y cuando pasó el embullo siguió siendo imán para todo lo que tuviera que ver con el lugar del cual provenía. Música cubana en bares, personajes cubanos en periódicos, paisajes cubanos en anuncios, bebidas cubanas en estanterías y hasta esa manera de ser heredada de las escaseces.la foto

Tenía que comportarse como un cubano aunque fuera de pálida piel y no supiera bailar salsa, quería seguir siendo cubano aunque odiara los boliches, así que decidió agudizar el cubaneo en los mercados, en los supermercados, en cualquier sitio donde fuese a comprar. Cazaba no ya compatriotas, sino ofertas de fin de semana, perseguía cada una de las rebajas que siempre anunciaban en las estanterías, aunque no siempre le iba bien. Recuerda que en una de esas debió regresar varios productos debido a malas interpretaciones de su parte. Era tan poca la experiencia como comprador de alto rango. ¡El márquetin puede ser tramposo! Tuvo que aguantarle al cajero una queja que lo dejó asombrado: “Hay que leer”, dijo molesto. Él, que tantos libros leía. Se lo iba a decir, pero, ¿para qué?

Vestido de superhéroe

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espeAl fin y al cabo su esfuerzo por encontrar trabajo seguía sin dar resultado. Solo halló algunos empleos sin importancia y mérito para recuperarlos del olvido. Sin contar que estaba junto a su amada en tierra lejana solo lo mantenía con entusiasmo la posibilidad de escribir a toda hora, escribir y escribir en su laptop doblemente extranjera que también envejecía junto a ellos. De mañana, tarde y noche escribiendo. Así de obstinado es en lo que advierte como destino. Para eso, más que todo para eso, se había trasladado miles de kilómetros. Y lentamente veía engordar una novela que en tono de comic describía las peripecias de un cubano emigrado extrañamente al Sur. De paso hablaba de Buenos Aires en tiempos revueltos, que todavía no estaban del todo revueltos, pero alguno avizoraba transformaciones para después de las elecciones.

Se mantenía al margen cuando platicaban de política, en primer lugar por respeto a los argentinos y su historia inexplorada por él. Lo pensaba dos veces antes de soltar criterio sobre este o aquel tema no fuera a armarse quilombo. Prefería asuntos menos peliagudos. En lugar de reunirse con amigos siempre ávidos del tema tomó la determinación de irse a librerías, incluso visitar al único escritor que le había abierto las puertas, el tal Macedonio Fernández. Una mañana despertó decidido. Había dormido mirando el papel donde con su puño y letra le había puesto sus señas. Desayunó pan común y café con leche -¡que dirían César Aira y Alejadra Pizarnik de este añadido!- y salió directo a la terminal. Dudó entre las rutas que cubrían los tramos a Buenos Aires. ¿Costera o Plaza? Como otras veces prefirió el Costera, que le parecía más cómodo y con lo cual lograba llevarle la contraria a Bergson quien, en raro comportamiento de connotaciones ideológicas, solo aceptaba moverse en el Plaza, por la tonalidad predominante en la carrocería. Todo rojo.

Macedonio radicaba con su hijo, le había dicho, en Avenida Las Heras, un barrio reconcheto para usar término que escuchara por primera vez al roquero del MININT  y que en lunfardo quería decir: aburguesado. Cuando pasó una de las entrecalles se percató de que el escritor nunca había puesto número del edificio y se maldijo. Ubicar a alguien en Buenos Aires lleva tiempo. Vio un concesionario de Chevrolet, una inmobiliaria y la entrada a dos edificios residenciales. Mirando los árboles de la Escuela de Jardinería se rascó la cabeza. ¿A quién preguntar entre decenas de transeúntes dislocados? Fue una suerte que un señor mayor, un viejito, apareciera por una de las entradas. Por la edad supuso el Aseregaucho que debía conocer a Macedonio, y “Buenas” le dijo, y cuando hubo de explicarle el otro, protegido por una bufanda porque hacía frío, y viendo que él iba con un simple y hasta triste suetercito, en vez de señas del escritor le preguntó que de dónde era. “De Cuba”, respondió. “¿Y vives aquí?” “Sí”, dijo sin ganas de detalles. Entonces el viejo quedó pensativo, esbozó una sonrisa taimada y le soltó una frase que a él le cayó como una patada en el estómago: “¿Gusano?” “¿Gusano?”, repitió el Asere a punto de violentarse, “¿Acaso me arrastro? Que no me ve las piernas y los brazos… ¡Humano es lo que soy! Y con la misma dio media vuelta y se marchó dejando al viejo balbuceante y desconcertado.

El hecho en apariencia simple fue suficiente para malograr sus planes. ¡Adiós Macedonio! Otro día lo buscaría para charlar. El estúpido comentario había producido un raro sentimiento solo destruible bebiéndose una cerveza. Y si no lo hizo de inmediato fue porque prefería ahorrar el dinero, y en caso de gastarlo que fuera junto a su amada. Por eso, Costera mediante, regresó a La Plata. En la noche visitaron juntos un lugar llamado Dos ranas. Vinos. Quesos. Y al salir un hombre sospechoso salido de la nada quiso sacarles dinero de manera violenta. Pero era tal el efecto de la bebida, y tan fuerte aún el recuerdo del viejo equivocado de la mañana que, quitándose los espejuelos, descargó la ira en el hombre y este, el atracador, salió espantado de enfrente. Su amada lo besó y él acabó la noche como si un superhéroe hubiera sido.

Filosofía barata

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Sí, había cosas que trataban de olvidar. Habían olvidado completamente la derrota propinada por Alemania en el Mundial de Futbol. Como puestos de acuerdo nadie comentó una palabra desde su llegada al país un día después del infausto día para la hinchada nacional. Ni siquiera en encuentros con amigos, las veces que se reunían para asado, mate, café o caldosa; ninguno de ellos, fuera hippie o comedido, sacaba a colación el tema de la derrota. Ni en una cola. Ni en un café. Era como si solo él y la amada, unidos no solo por el amor, sino tabién por la transmisión televisiva un día antes del vuelo hubieran atestiguado el descalabro del equipo albiceleste. En la distancia llegaron a sufrir juntos por Messi y Di María mientras quienes viajaron hasta Brasil para insuflarles ánimos a la selección se quedaban con las ganas de gritarle también a la Merkel eso de “decíme que se siente…” Y, ¡ay, Argentina!, o: ¡ay, amigos cercanos de la Argentina! que se negaban a juntar en la misma mesa a Palito Ortega, Piglia, Legrand, Bonaffini y Sarlo.

Relacionados con la política, por ejemplo, tenían sus prohibiciones. Nombres como Menen (incluso los cubanos emigrados preferían recurrir al apodo popular de: “Méndez”) terminaban siendo  espantados de una conversación como se espanta al demonio. Algunos, en cambio, sí que solía evocar el pasado sin prejuicios, el de los militares en el poder, el de los miles de torturados y desaparecidos; la guerra de las Malvinas, el retorno a la democracia y los estertores de la economía en el 2001, cuando el exsuegro de Shakira, un “aburrido” presidente, había tenido que huir de la Casa Rosada en helicóptero después de los cacerolazos. Mirándoles transitar las calles, elegantes y modernos, impetuosas y altivas, morochas y  rubias, todos a la vez, a veces, llegaban a parecerles raros, una extraña raza que se debatía entre la amabilidad y la informidad consigo misma, entre el miedo a la violencia de la gran ciudad y el recuerdo de la vida del barrio, entre la tendencia fascista de ciertos sectores al progresismo de otro. El sí, pero no. Psicoanálisis. Tampoco le gustaba hablar de eso. Otros sí que lo asumían. “¿Qué vamos al psicólogo? Ahorita hasta tú tendrás que sentarte en un diván. Esta ciudad es el manicomio”.

Olvido. Memoria. Ser y no ser. Pasado y presente. Lo que se es y lo que se pudo ser. Lo que serían si no fuésemos lo que somos. ¡Con tanta tierra, tantos recursos!, escuchaba quejarse al que le vendía quesos y al que les alquilaba el departamento hipodrómico. He ahí el verdadero dilema de la clase media, decían ciertos conocidos. Alguien había escrito en el pasado que ese tira y encoge se llamaba “sonsera”. Pero, bueno, el Aseregaucho no es un filósofo y menos politólogo. Solo se consideraba un lógico paseante que por cruzar la Plaza de mayo se animaba a opinar sin abrir la boca en una conversación sobre política. Traicionaba así de alguna manera su promesa de si quiera pensar criterios ajenos  a la Literatura, que por eso iban directamente a una librería antiquísima, tanto que había desfilado por ella la crema y nata de la intelectualidad porteña. Pero se acercaban las elecciones y los candidatos iban dominando las conversaciones de la gente. Más a un paso de la Casa Rosada.

En un chispazo de insólita felicidad Bergson había sacado el tema. Solo la pareja de Aseregauchos estaba verdaderamente alegres con la salida y le siguieron la corriente. Berson y Mariam sufrían amores frustrados. Ella no se había sacado los audífonos por los que bramaba la Mona Jiménez y para quitarse aquella mina que le había dado bola dado el ultraje con lo del cuchillo simbólico no solo habló de las elecciones por desarrollarse, sino proponía él meterse a la Casa de gobierno. Los sábados había visitas guiadas de manera gratuita y las colas para pasar de un salón al otro hasta penetrar el mismísimo despacho de Cristina Fernández eran largas pese al frío o la lluvia. No quedó muy conforme, pero le ganaron por mayoría. Fue así que el Aseregaucho se halló en una fila inquieta compuesta por un personal de todas las edades en la que solo se hablaba de candidatos de derecha, centro e izquierda, de elecciones por venir y de posibilidades luego de “década ganada”. Fue ahí que escuchó esos nombres por primera vez, el del gobernador marciano y el del zurdo a la fuerza.

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La Mona seduce a Mariam

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baileconlamonaEntendía que muchos coterráneos no hubiesen dejado de moverse por años si al final el baile es una forma de terapia, valorada supone en una ciudad como Buenos Aires –“El manicomio”, diría uno de esos taxistas que habrían de sorprenderlo luego al confesarse miembro de un club llamado: “Desaparezcan al candidato de derecha”-. A todas estas las cosas en el departamento hipodrómico no estaban como para solicitar las necesitadas clases. Bien se lo había dicho la Aseregaucha, casi lo había exigido desde que empezaron a salir tantos años antes: “Tienes que aprender a bailar. Un cubano que no baila es un cero a la izquierda”. En lugar de marcar el ritmo terminaba marcando sus zapatos sobre los de ella por lo que a veces llegó a pensar no solo que era un cero a la izquierda, sino que en la embajada de cualquier país nórdico podrían darle inicio al trámite de su verdadera nacionalidad. Al llegar no pudo exigir una sesión para moverse con la salsa. Tampoco llegó a relatar lo ocurrido antes y después de la reunión con Barbatruco. Encontró a su amada desolada por un libraco marrón. Durkheim sí que bailaba para ella. La danza de la sociología apenas le permitió besarlo, mimarlo, preguntarle seca: “¿Qué tal te fue?”

Llegaba con ánimos de echar un pasillo y, recordándolo, ni siquiera a Mariam podría solicitarle unas clases. Desde el día anterior andaba entristecida. Su novio por catorce meses le había escrito una contundente carta desde Cuba. Dándole un batazo por tercera le informaba que otras tierras del mundo requerían su sacrificio. Y como si fuera un mariachi aseguró que en México estaba su futuro. Meses después no solo se lo ratificaría en el chat de Facebook, sino que se retrató cenando alegremente con una mexicana encima de la que practicaba una acción innecesaria para comerse unos tacos con guacamole. Con la misiva ella había visto deshechos todos los planes. La novedad la había dejado tan deprimida que no lograba contener sus lágrimas. Los aseregauchos le vieron llorar y hasta maldecirse. Era su culpa la ruina de aquel amor. Si no se hubiera aventurado hasta la Argentina… “¡Por qué me llegó esta beca!”, se quejaba: “¿Por qué si ni siquiera el estipendio me alcanza como pensé?” El Aseregaucho nunca valoró que su compañera de piso estuviera de ánimos siquiera para conversar. Y se equivocaba.

Cuando en silencio se apartó de su amada aún más enloquecida por Durkheim y avanzó hasta la cocina donde sobre una mesa de pino sin pulir y menos pintar mantenía su recipiente de cinco litros para el agua potable encontró que la Mariam del día anterior no era la persona que estaba sentada en el otro extremo con un vaso medio de un líquido color vino que en efecto era vino. Daba la impresión de haberse renovado – para usar sus palabras-. Jamás llegó a saludarle con el naturalidad de cada día, con esa expresión de “¿Cómo estás Aserito?”, sino que sin que así lo demandara se puso de pie y auxiliándose de unos gestos extravagantes para los cuales necesitó el movimiento de todo el cuerpo reprodujo un ritmo llamado cuarteto nunca antes escuchado por sus oídos Lograda la música soltó una estrofa que así decía: “Por qué tú me dejaste una huella que no puedo borrar…” Tuvo que sonreír. Y ella también se sonrió. Y le dijo: “Ya ves, superé lo del ingrato charro”. Con la misma, a la vez que empezaba a llenar un vaso con vino para él, volvió a la música y a eso de: “Quie-ro-beee-ber… quie-ro-be-berteeeeee…”

Después supo que Mariam había sufrido un efecto colateral de la internet, que por algo con la conexión nunca pudo descargarse un video en Cuba. Así de precavidos eran en su tierra. La noche antes, sumida en su dolor, se había entregado al YouTube. Así había dado con un ser estrafalario llamado La Mona del que inmediatamente quedó prendada. Y no sabe cómo ni por qué- aunque el por qué quizá tenga su respuesta en el despecho y las letras despechadas de la Mona que no era un animal amaestrado, sino un hombre que había recurrido a semejante mote para darse a conocer en el ambiente en el cual parecía un rey, el rey del cuarteto cordobés, La Mona Jiménez. La cosa es que desde aquella noche Mariam no ha parado de tararear las canciones, obligándolos por supuesto también a ellos, ejercicio descalabrante para cualquier domingo, por ejemplo, y que parece contradecir los gustos refinados de la aplicada estudiante de cine.

El sapo que trabajaba en negro

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sp1“Bien que se pongan a vender caldosa”, le dijo Darwin por el chat. Había decidido comentarle al amigo, o a la foto de su amigo detrás de la cual se escondía la madre. No tenía recatos para la fecha y conversaba con ella aunque le despertara sentimientos contradictorios. Pero, por una cosa o la otra, lo de la caldosa no fraguó y él debía seguir en lo de siempre: buscaba alguna imprenta para reproducir seis o siete currículos que luego dejaba en librerías, periódicos, estaciones de radio, dondequiera que hubiera una posibilidad de empleo que permitiera liquidar sus horas de ocio. A veces no sabía qué hacer con tanto tiempo libre en el que hasta las lecturas acababan por agotarlo . Su amada y Mariam abandonaban el departamento temprano. cursaban sus respectivas maestrías todo el día y entonces él debía ocuparse en hacer cualquier cosa. Quería regresar a Buenos Aires, que tanto le había impresionado; quería visitar a Macedonio Fernández tal cual le había prometido. Pero primero debía buscar trabajo.

Una de esas maratones curriculares iba de vuelta a casa cuando a un paso de la estación se encontró el cartel ante la puerta de un quiosco. Superó la muchedumbre que siempre había en la zona, paseantes, vendedores ambulantes, estudiantes y los de la parada. “Se necesita empleado para SP”. ¿Qué quería decir SP? Presto a informarse superó la puerta para encontrarse con la empleada, una morocha más allá de la cuarentena. Antes de que lo hubiera notado dijo por qué estaba enfrente sin la intención de comprar: “Vengo por lo del SP, compañera, podría decirme si es con usted la cosa”. La mujer quedó inmutable, como si no hubiera entendido. “¿Por lo del empleo”, dijo: “busco una pincha en lo que sea”. Al fin la mujer, respondía acompañándose de gestos negativos: “Lo siento. No hablo guaraní”. Pensó que se trataba de una tomadura de pelo; pero, sabiendo que su dicción muchas veces no era clara para los argentinos aun cuando hablaran la misma lengua, supo rectificar. Masticó otra vez cada letra hasta sacarle una media sonrisa a la mujer, que al fin le abría las puertas de su negocio.

Así tuvo su primer trabajo, en negro. Y bien que lo era porque nadie sabía que casi en la esquina, a pocos metros de la parada, invitando a llegarse al quiosco donde se comercializaban artículos relacionados con SP, estaba él, el Sapo Pepe que en persona debía saludar a los niños y motivar a los adultos a sus compras. Por suerte era invierno y aquel disfraz apestoso no fastidiaba tanto como hubiera ocurrido en verano. Aunque sí que molestaba a las pocas semanas de haber bailado y saludado, de haberse movido en el anonimato de su negro empleo mal pagado, tanto que luego del primer cobro, ya con una erupción en la espalda posiblemente causada por el grosor de la tela, se despojó de golpe de aquella piel de anfibio amistoso, la lanzó sobre el mostrador de la mestiza y se largó para desde el piso quince preguntarse qué demonios hacia un periodista metido dentro de un sapo cuando su objetivo no era hacer periodismo de investigación. Si todavía hubiera sido por un ejercicio como Gunter Wallraff.

Después el mismísimo Darwin le recomendó que explorara territorios, que algún vacío debía haber para que lo penetrara su inteligencia. Fue así como descubrió algo que estaba a la vista de todos y nadie se había dado cuenta. Si los chinos, que eran muchos y estaban distribuidos en supermercados y lugares de comida rápida, necesitaban de un órgano para informarse, o sea, si cada día recibían impresas en un compendio periodístico noticias de su tierra, no habrían de resultar menos informados los cubanos en la emigración. También a sus coterráneos les podría ofrecer un servicio semejante que de paso le ayudara en la luchita del día a día.

Espectros tiene la red

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Haber encontrado a Darwin supuso un relámpago de alegría que le permitió evocar infancia y adolescencia. Mas, entre conversaciones y quizá por el tiempo separado de su amigo,  creía a veces percibir cierta frialdad rematada en diálogos parcos e insulsos. Llegado a ese punto, aceptando lo del trabajo como coartada, se contentaba con actualizar la información referida a la vida del otro. Miraba las fotografías colgadas en su muro y especialmente observaba la imagen principal. Debió habérsela tomado recientemente, su rostro llevaba la marca de quien se acerca a los cuarenta y había en su apariencia un hálito de amargura que a él hizo meditar porque era la aflicción del emigrado, podría llegar a asemejársele. Por suerte no había recurrido a fetiches o paisajes abstractos como otros. Tener una foto suya le hizo sentirse cómodo, como si los intercambios fuesen en verdad encuentros en vivo y en directo, personales.

A veces chateaban por la noche, pero la mayoría de las pláticas ocurrieron en horario de la mañana. Así, por dos semanas en las que su amada y la amiga y hasta Bergson atestiguaron la satisfacción que el hallazgo hubo de ocasionarle. Un día el Aseregaucho contó a otro amigo afincado en Oslo de su reciente encuentro y este le soltó una frase fulminante e inmisericorde que se le clavó en la cien como una agujeta: “Coño, mijo, pero tú no sabes que Darwin está muerto”. “¿Muerto?”, exclamó: “¡Si yo chateo con él todos los días, qué bolá contigo.” “Pues ve a ver… Pensé que lo sabías, Asere; ha sido una cosa terrible para todos”. Era terrible, sí, enfermizamente terrible. En efecto, su amigo había fallecido dos semanas antes debido a un disparatado asalto callejero, pero su perfil de Facebook seguía allí y lo que era peor, alguien con espíritu macabro lo mantenía actualizado.

En el siguiente intercambió acribilló al supuesto Darwin con una sucesión de preguntas desesperadas, algo que llevó a cabo no sin evidente escozor, allí estaba la fotografía de su amigo mirándole a los ojos desdichado, y peor: enseguida leyó los saludos, vio los emoticones, tuvo las respuestas. “Soy Vidalina, ¿te acuerdas de mí?” ¿Podía ser lo que estaba leyendo? Vidalina era la madre del Testigo de Jehová, que él por supuesto bien recordaba. La mujer había escrito cada palabra del chat, algo que no solo confesaba, sino que le aseguró seguir haciéndo como única manera de mantener a su hijo en el presente. Escribir como lo hubiera hecho, poner “me gusta” a las cosas que le habrían gustado al muchacho, reproducir noticias y trozos de canciones era su terapia y, por si fuera poco, le pedía hacerse partícipe de ella, volverse su cómplice en beneficio personal.anotador

Lo único provechoso de este episodio es que llegó a establecer una especie de teoría respecto al destino que le estaba reservado al hombre moderno. Seríamos suplantados por nuestra imagen virtual, algo que sabrá peligrosamente con detalles en el futuro, y que si adelantamos ahora es solo para mantener en suspense a los escuálidos lectores de este diario de aburrimiento. También es cierto que a partir de aquel día tomó  mayor precaución a la hora de aceptar amistades, desconocidos que se acercaban portando una inocente solicitud de amistad. Fue precavido con la información que entregaba a quien del otro lado preguntaba sobre su situación en la Argentina, que qué hacía, que dónde trabajaba, ¿regresas? Nunca se sabe si los que se hallan detrás de los retratos son en verdad los fotografiados o sus fantasmas, seres misteriosos que se aparecen en la red solo para husmear la intimidad de uno, para sonsacarte, para crear una burbuja de vanidad mortal en la que puedes quedar preso como trampa asfixiante. Eso, sin hablar de los muerto, de los que siguen con vida y de los verdaderos. Ha tratado de evitarlo, pero a veces a Darwin, por ejemplo, le da por conversar.

Como alpinista austriaco

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Lo del apartamento fue una metáfora. Algunas veces y en la medida en que pasaba el tiempo podría sentirse como el famoso elefante en la caja de fósforos. Es probabble que el viaje a la Argentina  le hubiera conferido una cualidad solo esperada de ciertos tropos, por ejemplo, la metonimia. Tan solo con pisar Ezeiza pudo haberse estirado; y en la medida en que pasaban los días crecía, se agigantaba. El suyo era un estiramiento espiritual, estaba consciente, pero algunas veces no sabe bien si a consecuencia de la ansiedad del extranjero este sentimiento se volvía físico. Las piernas y los brazos terminaban tomando dimensiones descomunales y no paraba de chocar contra estantes, soportes de ventanas, mesas y sillas.

Coincidiendo con el momento en que su cuerpo alcanzaba dimensiones colosales le daba por caminar de un lado al otro como una fiera enjaulada, y como a toda bestia salvaje que quiere domesticarse su amada y la amiga lanzaban libros, series televisivas y películas  con el fin de apaciguarlo. Debía esperar la culminación de su visado como turista para aspirar a un documento de identidad con el cual habría de conseguir lo que quiere todo emigrado, trabajo. Conocía a otros muchos compatriotas que estaban o habían estado en las mismas y también trataban de calmarlo invitándolo a esporádicos paseos o a veladas que a él no gustaban demasiado dado su fascinación por la patria noche, que prefiere sagrada para dormir.

Se ponía a fantasear con el sitio que habría de acogerle profesionalmente. Un periódico, una revista, una editorial, cualquiera de estos lugares le servirían para demostrar el talento del que, estaba seguro, era poseedor. Pero, eso nunca se sabe a ciencia cierta. No se sabe si el talento se circunscribe a un territorio o acaso la circunstancia puede hacer con el talento picadillo, carne picada, trocitos. Lo cierto es que pasaría el tiempo. El trabajo no llegaba, tampoco sus papeles y nada podía calmar su ansiedad, la incertidumbre producida por el futuro avistado desde el piso quince de una torre de concreto. Por suerte tenía buena vista. Desde la ventana se veía gran parte de la ciudad.

A unos metros quedaba la estación de trenes donde una vez Brat Pitt había posado bajo la atención de Jean-Jacques Annaud y de cientos de platenses amontonados durante el rodaje de la primera escena de Siete años en el Tíbet. De manera que también el Aseregaucho se sintió alguno de esos días como el alpinista Heinrich Harrer, caminando junto a su esposa por la estación, tan impresionado como si anduviera Austria en el 39. Se movía entre la multitud de peatones y vendedores tan nuevos para él, tan mestizos todos por esa zona, observaba cada detalle avanzando sin parar pero en lugar de sostener una bandera con la esvástica negra agarraría tal vez un periódico local siempre útil para quien busca clasificados.   estación

Bife, para empezar

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“Esto no es Europa”, advirtió con inesperado desencanto la AsereDeleuze, cuyo verdadero nombre es Mariam y así le identificaremos, cuando estaban ante una mesa de pino tragándose el almuerzo de bienvenida. De plato fuerte tenían carne de vaca, acompañada con ensalada mixta y puré de papa. Su amada había pinchado la punta de una brócoli con el tenedor que llevó hasta la boca del recién llegado y aún masticaba este aquel amasijo novedoso de vegetales que en principio descubrió desagradable cuando escuchó la advertencia.

La verdad no le importaba que en lugar del Norte hubiera descendido al Sur y que estuvieran tan lejos de Europa, al fin y al cabo un mundo viejo en esos momentos convulsionado. A pocas horas de haber pisado la tierra de las mil librerías todo le resultaba maravilloso, casi tocado por una modernidad incompatible con lo que entendía debía corresponderse al subdesarrollo de estos pueblos y, claro está, al atraso sideral de su país. En lo adelante habrá de criticarse la superficialidad primigenia que lo había hecho reparar en detalles aparentemente nimios, como lo fue en este caso la calidad del transporte público; los colectivos, las guaguas como ha seguido diciéndoles, pasaban vacías en determinados horarios y con frecuencia constante. Así mismo alabó la educación de los ciudadanos, quienes ante sus ojos se alzaban engañosamente como un conjunto de gente fina, instruida, capaz de ofrecer las gracias, los buenos días, y lo mejor, de referirse a él siempre por el apelativo de “chico”.

También le atrajo, como si fuese matarife en lugar de intelectual, las carnicerías, el primero de los sitios visitados en cuanto se deshizo del maletín. Observando la fuente de plástico azul aún medio llena sobre la mesa pensaba si sería capaz de grabarse la denominación de los múltiples cortes de carnes allí existentes. Se creía incapaz de semejante aprendizaje, por lo demás innecesario para él, cuando hasta el momento diciendo “carne con gordo” y “carne sin gordo” había resuelto, llegando a sus 62 kilogramos de peso.

boca1Pero en ese momento apenas quería preocuparse en minucias.  Se encontraba admirado de sí mismo por el inmenso trozo acabado de zampar y aún más, por las ganas de seguir engullendo. “Aquí se llama bife”, le dijo el amigo Bergson, que había ido a esperarlo con una botella de vino como muestra de su amistad inquebrantable. Sostenía una copa medio llena y comía con calma, como quien ha consumido tantas veces el mismo plato que ya no tiene prisa en hacerlo otra vez. “Métele que no ves eso desde que te la quitaron por la libreta”, dijo refiriéndose a la carne de res, y quizás porque en esos momentos su cuerpo mostraba una escuálida constitución aguzada en los últimos días por la infinidad de carreras que  de una oficina a la otra debió realizar en busca de autorizaciones para su viaje.

El Aseregaucho puso una sonrisa y por un instante se mantuvo pensativo. Era cierto lo que decía el amigo. ¿Desde cuándo no comía un pedazo de carne vacuno como aquel? Nunca lo había hecho, probablemente. No le siguió la corriente, no obstante. Se sirvió dos veces más antes de escuchar el primero de los planes que le aguardaban. Su amigo lo invitaba a una jornada en recordación a Julio Cortázar preparada por la Biblioteca Nacional (ha llegado la hora de decir que el Aseregaucho tiene pretensiones literarias, no solo cuenta con un pasado como aprendiz de periodista en el semanario de su provincia natal, esa que a veces le dejaba la impresión de ser una provincia fuera de todo circuito, ajena al mundo real de la Isla y y del mundo completo, un verdadero cantón como sus habitantes quisieron alguna vez) y nada mejor podía ocurrirle a quien llegaba con ganas de salpicarse del genio literario de los muchos genios argentinos. Era el principal sueño de emigrado, vivir la literatura y olvidarse de la política estrafalaria que lo había estado persiguiendo, toda una vida, como el bolero.