La vaca, las botas, la parasicología

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vacaparaDebió haber sido nueve de julio, no recuerda si hace un año o dos -el tiempo se diluye entre sus dedos cuando intenta atraparlo-. El Aseregaucho supera ya los dos años en la Argentina, aunque apenas esté dando cuentas de sus primeros doce meses, lapsus de asombros y delirios en el que ocurrió la escena de la que hoy da cuentas. ¡Ah!, y todavía no era un gauchoasere. O, si acaso, lo era solo por las botas, lo primero que se compró de estas tierras. Y a todas estas debe rectificar la frase, porque en verdad las compró su Aseregaucha cuando él todavía se despatillaba por la ciudad donde había nacido y hasta pensaba morirse. Debió ir hasta una iglesia sin que fuera misa. Un amigo lo había puesto en contacto con otro que viajaba desde Buenos Aires. Y atados los cabos allende los mares y las tierras del sur se vio entrando al templo sin la obligación de persignarse, pero sí de preguntar por el recién llegado. Sus botas de cuero le llevaron de un lugar al otro, y aunque reportero de cultura se asemejaba a un arlequín. Un error de comunicación permitió que le quedaran dos números más amplios, pero esa es otra historia.

Lo que quiere dejar claro hoy a sus cuatro lectores es que la actuación de algunas personas a veces parece un contrapunteo extravagante que devela contradicciones viscerales y hasta misteriosas, inexplicables. Era nueve de julio y caminaban con botas nuevas la avenida de mayo, cerrada a los autos por la fiesta. El asfalto y la vereda estaban colmadas por toda clase de gente, vendedores y compradores, en el suelo bajo toldos o en quiosco los primeros, en cualquier lugar los segundos. Podían verse grupos entusiasmados en hacerse de esto y de lo otro o tan solo observando las muchas exposición montadas por el gobierno de Cristina Fernández. Ellos también se detuvieron ante viñedos de Mendoza o pastizales de la Patagonia, y en una de esa dieron con un establo dentro del cual había dos vacas, las más grandes que hubieran visto alguna vez. Una de ellas, no podría repetir el nombre de la raza hoy a la distancia del tiempo, se rascaba ingenuamente una oreja porque un gancho de hierro le colgaba, y la molestia, que más que dolor debía ser una impertinente cosquilla, le obligaba a rascarse ante los ojos de los paseantes ataviados con sombrillas y bufandas. En eso junto a ellos se detuvo una mujer joven ocupada en entretener a sus tres muchachos,tres abrigos de todos los colores decorados con diminutos ojitos, se aferró a la tabla más alta de la cerca con ambas manos y gritó nunca supo él si a la vaca o al resto de la gente, porque nadie parecía responsable del establo un: “¡Maldito gancho de mierda que dañá a la vaquita!”.

Esa imagen se le quedó asentada en su cerebro, la imagen de aquella bella mujer que podría tener su edad, era blanca, con algunos lunares en su rostro y la expresión de quien profesa casi idolatría por los animales. Debía ser otra de las muchas activistas por los derechos animales, protectora de estos, pensó, y aún en otro escenario, podría ser uno con los avances tecnológicos en la zona de Ushuaia, tuvo la impresión de escuchar su voz maldiciendo a todos los que de alguna manera dañaban la integridad de las vacas, especialmente la de aquellos dos ejemplares expuestos como vulgares cosas, y en particular, valiéndose de injurias comunes como “la concha de su madre” retaba al “gancho de mierda” que en ese minuto debía estar sacándole cosquillas a la vaca de ojos sentimentales y masticación constante como la de una abuela.

Fue por aquel modo que tenía la vaca de mascar por el que el Aseregaucho tuvo ganas de morder cualquier trozo comestible. Se sintió trastornado por el hambre, un hambre ancestral y peligrosa, y como algo de dinero llevaban y era un día especial (Una brisa gélida amenazaba con entumecerle los huesos a los dos) fueron directo a un asado. Tenía ubicada una parrillita a pocos metros y ya habían caminado lo suficiente. Decidieron terminar el día en una de sus cálidas mesitas. Por suerte había un hueco para dos porque también el sitio estaba atestado, mas lo curioso, lo impresionante, lo asombroso para ambos fue encontrarse a la joven defensora de los animales devorando junto a sus tres esquimales acompañantes lo que debió ser una linda vaquita, una que alguna vez había tenido en su oreja un gancho de mierda y lo que era peor, uno bien filoso debió haber secado su carne para que los dientes también hermosos de la mujer la trituraran ahora.

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Cuba por todas partes

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Nadie es completamente antimperialista a no ser imperialista; ningún gobierno, ninguna persona, de lo contrario en lugar de imitar códigos culturales ajenos recuperaría esos a los que debe su personalidad cultural; hablaríamos arahuaco o taino o guaraní y vestiríamos de poncho al menos para seguir el estilo. No imitaría tanta moda impulsada por colonizadores de Coca-Cola, Haier y Vodka. Por eso, cree él, nadie es antimperialista al cien por cien y por eso odia el Aseregaucho al que trata de serlo o imitarlo, o trata de ofrecer esa impresión de rebelde perpetuo y recalcitrante enemigo de  Norteamerica donde tiene tantos amigos y familiares queridos. En definitiva lo del antimperialismo lo inventaron los imperialistas, se decía, casi lo gritaba y en eso, sudado, manoteando a su amada sorprendida, despertó.

Siempre le pasaba igual luego de beber cerveza. La cerveza le produce sueños estrafalarios, pero ninguna le había provocado una pesadilla igual. De modo que luego del café de la mañana, luego de hacer lo de cada día, juró que jamás iba a volver a esa cervecería magnifica llamada Antares cuya bebida negra de sabor sin igual le había obligado a esa clase de elucubraciones. ¿Cómo había llegado hasta allí?, ¿por qué razones había entrado en su sueño esa persona, un antiguo compañero de trabajo, el veterano periodista que sigue yendo a su puesto laboral vestido de miliciano por si acaso se escucha una alarma, por si acaso el sonido metálico de un balón de gas ya vacío anuncia un ataque? ¡Lo que le faltaba!, que también dormido tuviera que aguantarle peroratas a amargados compañeros empeñados en hacerle recordar lo que fueran deberes ideológicos impuestos en la escuela o que simplemente se acercara para mencionar la palabra, el nombre del país del cual provenía. Lo habló con Darwin y este juraba que le sucedía lo mismo, que a veces era como si le saltaran sin querer elementos de su ciudad, de su país, no solo en Facebook donde parecía intencional la melancolía, sino en la propia calle.

Igual parecía pasarle. Bastaba con que entrara a un establecimiento cualquiera para que le saltaran elementos de su país. Entraba a una librería e impulsado por un brazo invisible el libro impreso en Cuba se le venía encima como si lo buscara. No era siquiera un autor publicado en editoriales casi siempre españolas, sino que por obra de a saber qué espíritu era golpeado por ediciones impresas en la isla. Pero no solo libros parecían perseguirle, todo lo cubano iba detrás de él. Caminando por las calles escuchaba voces, personas hablando en jerga habanera y al mirar, efectivamente, hallaba cubanos, decenas de cubanos que iban por las calles o despachaban en los mercados o comían en los restaurantes. Por un tiempo se creyó cazador de compatriotas. Su entretenimiento consistía en descubrirlos en la multitud, y cuando pasó el embullo siguió siendo imán para todo lo que tuviera que ver con el lugar del cual provenía. Música cubana en bares, personajes cubanos en periódicos, paisajes cubanos en anuncios, bebidas cubanas en estanterías y hasta esa manera de ser heredada de las escaseces.la foto

Tenía que comportarse como un cubano aunque fuera de pálida piel y no supiera bailar salsa, quería seguir siendo cubano aunque odiara los boliches, así que decidió agudizar el cubaneo en los mercados, en los supermercados, en cualquier sitio donde fuese a comprar. Cazaba no ya compatriotas, sino ofertas de fin de semana, perseguía cada una de las rebajas que siempre anunciaban en las estanterías, aunque no siempre le iba bien. Recuerda que en una de esas debió regresar varios productos debido a malas interpretaciones de su parte. Era tan poca la experiencia como comprador de alto rango. ¡El márquetin puede ser tramposo! Tuvo que aguantarle al cajero una queja que lo dejó asombrado: “Hay que leer”, dijo molesto. Él, que tantos libros leía. Se lo iba a decir, pero, ¿para qué?

Vestido de superhéroe

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espeAl fin y al cabo su esfuerzo por encontrar trabajo seguía sin dar resultado. Solo halló algunos empleos sin importancia y mérito para recuperarlos del olvido. Sin contar que estaba junto a su amada en tierra lejana solo lo mantenía con entusiasmo la posibilidad de escribir a toda hora, escribir y escribir en su laptop doblemente extranjera que también envejecía junto a ellos. De mañana, tarde y noche escribiendo. Así de obstinado es en lo que advierte como destino. Para eso, más que todo para eso, se había trasladado miles de kilómetros. Y lentamente veía engordar una novela que en tono de comic describía las peripecias de un cubano emigrado extrañamente al Sur. De paso hablaba de Buenos Aires en tiempos revueltos, que todavía no estaban del todo revueltos, pero alguno avizoraba transformaciones para después de las elecciones.

Se mantenía al margen cuando platicaban de política, en primer lugar por respeto a los argentinos y su historia inexplorada por él. Lo pensaba dos veces antes de soltar criterio sobre este o aquel tema no fuera a armarse quilombo. Prefería asuntos menos peliagudos. En lugar de reunirse con amigos siempre ávidos del tema tomó la determinación de irse a librerías, incluso visitar al único escritor que le había abierto las puertas, el tal Macedonio Fernández. Una mañana despertó decidido. Había dormido mirando el papel donde con su puño y letra le había puesto sus señas. Desayunó pan común y café con leche -¡que dirían César Aira y Alejadra Pizarnik de este añadido!- y salió directo a la terminal. Dudó entre las rutas que cubrían los tramos a Buenos Aires. ¿Costera o Plaza? Como otras veces prefirió el Costera, que le parecía más cómodo y con lo cual lograba llevarle la contraria a Bergson quien, en raro comportamiento de connotaciones ideológicas, solo aceptaba moverse en el Plaza, por la tonalidad predominante en la carrocería. Todo rojo.

Macedonio radicaba con su hijo, le había dicho, en Avenida Las Heras, un barrio reconcheto para usar término que escuchara por primera vez al roquero del MININT  y que en lunfardo quería decir: aburguesado. Cuando pasó una de las entrecalles se percató de que el escritor nunca había puesto número del edificio y se maldijo. Ubicar a alguien en Buenos Aires lleva tiempo. Vio un concesionario de Chevrolet, una inmobiliaria y la entrada a dos edificios residenciales. Mirando los árboles de la Escuela de Jardinería se rascó la cabeza. ¿A quién preguntar entre decenas de transeúntes dislocados? Fue una suerte que un señor mayor, un viejito, apareciera por una de las entradas. Por la edad supuso el Aseregaucho que debía conocer a Macedonio, y “Buenas” le dijo, y cuando hubo de explicarle el otro, protegido por una bufanda porque hacía frío, y viendo que él iba con un simple y hasta triste suetercito, en vez de señas del escritor le preguntó que de dónde era. “De Cuba”, respondió. “¿Y vives aquí?” “Sí”, dijo sin ganas de detalles. Entonces el viejo quedó pensativo, esbozó una sonrisa taimada y le soltó una frase que a él le cayó como una patada en el estómago: “¿Gusano?” “¿Gusano?”, repitió el Asere a punto de violentarse, “¿Acaso me arrastro? Que no me ve las piernas y los brazos… ¡Humano es lo que soy! Y con la misma dio media vuelta y se marchó dejando al viejo balbuceante y desconcertado.

El hecho en apariencia simple fue suficiente para malograr sus planes. ¡Adiós Macedonio! Otro día lo buscaría para charlar. El estúpido comentario había producido un raro sentimiento solo destruible bebiéndose una cerveza. Y si no lo hizo de inmediato fue porque prefería ahorrar el dinero, y en caso de gastarlo que fuera junto a su amada. Por eso, Costera mediante, regresó a La Plata. En la noche visitaron juntos un lugar llamado Dos ranas. Vinos. Quesos. Y al salir un hombre sospechoso salido de la nada quiso sacarles dinero de manera violenta. Pero era tal el efecto de la bebida, y tan fuerte aún el recuerdo del viejo equivocado de la mañana que, quitándose los espejuelos, descargó la ira en el hombre y este, el atracador, salió espantado de enfrente. Su amada lo besó y él acabó la noche como si un superhéroe hubiera sido.

La Mona seduce a Mariam

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baileconlamonaEntendía que muchos coterráneos no hubiesen dejado de moverse por años si al final el baile es una forma de terapia, valorada supone en una ciudad como Buenos Aires –“El manicomio”, diría uno de esos taxistas que habrían de sorprenderlo luego al confesarse miembro de un club llamado: “Desaparezcan al candidato de derecha”-. A todas estas las cosas en el departamento hipodrómico no estaban como para solicitar las necesitadas clases. Bien se lo había dicho la Aseregaucha, casi lo había exigido desde que empezaron a salir tantos años antes: “Tienes que aprender a bailar. Un cubano que no baila es un cero a la izquierda”. En lugar de marcar el ritmo terminaba marcando sus zapatos sobre los de ella por lo que a veces llegó a pensar no solo que era un cero a la izquierda, sino que en la embajada de cualquier país nórdico podrían darle inicio al trámite de su verdadera nacionalidad. Al llegar no pudo exigir una sesión para moverse con la salsa. Tampoco llegó a relatar lo ocurrido antes y después de la reunión con Barbatruco. Encontró a su amada desolada por un libraco marrón. Durkheim sí que bailaba para ella. La danza de la sociología apenas le permitió besarlo, mimarlo, preguntarle seca: “¿Qué tal te fue?”

Llegaba con ánimos de echar un pasillo y, recordándolo, ni siquiera a Mariam podría solicitarle unas clases. Desde el día anterior andaba entristecida. Su novio por catorce meses le había escrito una contundente carta desde Cuba. Dándole un batazo por tercera le informaba que otras tierras del mundo requerían su sacrificio. Y como si fuera un mariachi aseguró que en México estaba su futuro. Meses después no solo se lo ratificaría en el chat de Facebook, sino que se retrató cenando alegremente con una mexicana encima de la que practicaba una acción innecesaria para comerse unos tacos con guacamole. Con la misiva ella había visto deshechos todos los planes. La novedad la había dejado tan deprimida que no lograba contener sus lágrimas. Los aseregauchos le vieron llorar y hasta maldecirse. Era su culpa la ruina de aquel amor. Si no se hubiera aventurado hasta la Argentina… “¡Por qué me llegó esta beca!”, se quejaba: “¿Por qué si ni siquiera el estipendio me alcanza como pensé?” El Aseregaucho nunca valoró que su compañera de piso estuviera de ánimos siquiera para conversar. Y se equivocaba.

Cuando en silencio se apartó de su amada aún más enloquecida por Durkheim y avanzó hasta la cocina donde sobre una mesa de pino sin pulir y menos pintar mantenía su recipiente de cinco litros para el agua potable encontró que la Mariam del día anterior no era la persona que estaba sentada en el otro extremo con un vaso medio de un líquido color vino que en efecto era vino. Daba la impresión de haberse renovado – para usar sus palabras-. Jamás llegó a saludarle con el naturalidad de cada día, con esa expresión de “¿Cómo estás Aserito?”, sino que sin que así lo demandara se puso de pie y auxiliándose de unos gestos extravagantes para los cuales necesitó el movimiento de todo el cuerpo reprodujo un ritmo llamado cuarteto nunca antes escuchado por sus oídos Lograda la música soltó una estrofa que así decía: “Por qué tú me dejaste una huella que no puedo borrar…” Tuvo que sonreír. Y ella también se sonrió. Y le dijo: “Ya ves, superé lo del ingrato charro”. Con la misma, a la vez que empezaba a llenar un vaso con vino para él, volvió a la música y a eso de: “Quie-ro-beee-ber… quie-ro-be-berteeeeee…”

Después supo que Mariam había sufrido un efecto colateral de la internet, que por algo con la conexión nunca pudo descargarse un video en Cuba. Así de precavidos eran en su tierra. La noche antes, sumida en su dolor, se había entregado al YouTube. Así había dado con un ser estrafalario llamado La Mona del que inmediatamente quedó prendada. Y no sabe cómo ni por qué- aunque el por qué quizá tenga su respuesta en el despecho y las letras despechadas de la Mona que no era un animal amaestrado, sino un hombre que había recurrido a semejante mote para darse a conocer en el ambiente en el cual parecía un rey, el rey del cuarteto cordobés, La Mona Jiménez. La cosa es que desde aquella noche Mariam no ha parado de tararear las canciones, obligándolos por supuesto también a ellos, ejercicio descalabrante para cualquier domingo, por ejemplo, y que parece contradecir los gustos refinados de la aplicada estudiante de cine.

Bailar, bailar, bailar

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bailaFue un mal entendido y no estaba dispuesto a aventurarse. Tomó el ascensor de vuelta y con los ojos sobre la pizarra se cercioró de apretar correctamente. En breve encontraría a la secretaria verdadera . “Viene tarde, amiguito” soltaba el reproche sin saludos mediante. Pero se limitó al silencio. “Debe ser habanera”, pensó a la vez que seguía de largo hasta la oficina donde habría de encontrarse con el compatriota, todo un empresario. Conversaron. Barbatruco aceptaba imprimirle un tabloide de cuantas páginas estuviera dispuesto a pagar. Tenía buenas máquinas para eso. Sin embargo, ahí mismo surgió el primer problema, porque aunque le había recibido con disposición y amabilidad fue categórico: “Aquí lo que cuenta es el dinero, ché. Ante todo tienes que asegurarme que no estoy perdiendo contigo. El negocio es el negocio”.

Salió de la oficina con la cabeza convertida en calculadora. No había sido bueno jamás en los negocios. Por algo era hijo de un estado paternalista, y de unos padres que como tantos padres en Cuba habían hecho lo inimaginable para lograr un dinerito extra que a los hijos les permitiera crecer sin preocupaciones. Ahora, fuera de la burbuja, se veía en el deber de aplicar las leyes del capitalismo en todo su diapasón, aprovechar las oportunidades, pensar en grande. El propio Barbatruco le sugirió no perder tiempo y antes de que fuera a enterrarse en La Plata, con semejante desfachatez le dijo, corriera a dos o tres negocios de cubanos establecidos en la gran ciudad para tantear mercado.

Un restaurante en pleno centro. Solo por el nombre habría adivinado. Cubanos. Al entrar vio fotografías dispuestas en las paredes. Playas, lomas, tabacos, banderas, rebeldes y edificios habaneros. El dueño no estaba, le dijo otra cubana poco comunicativa que en principio lo confundió con un andaluz. Tuvo que esperar durante largos minutos de pie. Al rato había ya un mulato buena gente frente a él que en lugar de haber llegado del barrio de Monserrate, como soltó, parecía haberlo hecho de Centro Habana, Hablaron en medio del salón apenas ocupado por una pareja (hombre y mujer, hay que dejarlo claro). La propuesta del Aseregaucho no le interesaba y lo soltó sin rodeos. “¿Qué gano yo con la información que prepares tú si lo que quiera saber de Cuba lo tengo en el celular”. “Está bien”, arguyó tranquilo: “pero de eso se trata. Con internet pierdes tiempo y te vas con la de trapo, que embaucadores es lo que se sobra. Propongo un sistema de información estudiado, serio. Tomaré las noticias y los artículos de interés para los que hayan emigrado a esta tierra, las sacaré de las mejores fuentes y las haré más atractivas. Podrás compartirlas con tus trabajadores, ante de cada jornada, vaya”. La cara del otro se iluminó. “¿Matutino tú dices? No, loco, no me interesa. Eso quizá funcione en Cuba, pero aquí, desmaya eso”. Y lo agarró un silencio largo, tanto que el Aseregaucho casi se marcha.

“Pero, quiero ayudarte socio”, dijo el dueño del restaurante casi con tono amigable: “A ver, ¿tú sabes bailar? Porque lo que si no falla es el baile. Usté olvídese del periodismo y póngase a bailar para que vea como hace pesitos, y hasta se le arriman dos o tres minitas. Las argentinas están locas por echar un pasillo con cubanos. Hágame caso. Yo llevo veinte años aquí y sé de lo que hablo. Vine en los tiempos de…” y dejó la frase en suspenso para colocarse una mano sobre los huevos, “…el innombrable”. Y viendo que no entendía el Asere con su afán gauchesco, que más bien el gesto le había parecido el de un pícher antes de lanzar la pelota, le dijo: “Méndez, ¿entiendes? Desde los tiempos de Méndez estoy aquí. ¿Usté sabe lo que hice primero antes de instalar la gastronomía nacional para los argentos, bailar y bailar”, y movió los hombros como un rumbero: “Hay gente que no ha parado desde que llegó.¡Azúcar!”

Misteriosa Buenos Aires

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Magnífica idea. Esa sí. Y para lo del posible negocio de recopilar noticias sobre Cuba destinada a cubanos radicados en la ciudad – con el tiempo quién duda si radicados en toda la Argentina, soñar es lo único que no cuesta- Bergson lo puso en contacto con un coterráneo llamado Barbatruco que en Buenos Aires se dedicaba al negocio de la impresión. El tipo había aceptado darle un minimotécnico al respecto. Los cuatro le habían dado taller a la idea una noche en un bar de tapas y la conclusión, cervezas aparte, fue que tenía futuro. Ya fuera el muerto o su madre debían felicitarlos a los dos, pues a ninguno de ellos se le había ocurrido antes. Así, por motivos de trabajo,  visitó  por primera vez solo esa ciudad inmensa antes descubierta junto a su amada. Habrá calles que le recuerdan a ella, y esquinas, y bares y plazas, y hasta lugares que tendrán su nombre hasta el final de los días. Pero esa vez debía ir sin compañía y brújula, y tan era su enajenamiento que tuvo que decirlo: “Fíjate bien en los lugares, las calles, los carteles. Mira que te conozco.”

Buenos Aires había supuesto un enigma desde el primer encuentro, y para resolverlo en el fondo tenía la aspiración de mudarse algún día a la gran ciudad. Un Aseregaucho también tiene sus fantasías. Nunca uno había saltado desde tan lejos. Su salto había sido tan grande como el de Sotomayor; de la quieta y predecible provincia donde había nacido a la enloquecedora Buenos Aires donde habría de descubrir toda clase de situaciones, desde una lluvia de papeles una tarde para fin de año, todo una nevada en pleno verano, hasta esos avisos insólitos de ciertos restaurantes. “Hay ranas”, leyó una vez y no sabía si era una contraseña o acaso la rana integraba uno de los platos deseados y demandados por los porteños. Poco antes había visto en la misma calle a un hombre sentado en el suelo con una caja entre las rodillas de la cual asoma un diminuto maestro Yoda que te daba las gracias si le dejabas caer unas monedas.

Barbatruco laboraba en un edificio del Microcentro. Una oficina con empleados que cumplían un horario laboral. Lo supo de antemano. Había que llamarlo previamente y tal fue lo que hizo en cuanto descendió del Costera. Se metió a un locutorio y marcó el número. Una mujer, cubana evidentemente, le dijo que lo esperaría en la puerta. Luego se internó por calles angostas llenas de transeúntes, entró a dos librerías, miró los alrededores del Gran Rex y tomó la calle final. Caminó cuatro cuadras y, al fin, el número. Observó el papel donde había escrito la dirección y volvió a percatarse en el edificio, en el rótulo de la pared junto a la puerta de cristal. Era ese. En la puerta había una mujer, una señora de labios muy rojos que al verlo acercarse dubitativo, antes de que abriera la boca, pregunto: “¿Eres tú?” La voz le resultó conocida y le respondió sonriente: “El mismo”. También estaba contenta y enseguida le invitó a seguirla.

En la puerta del elevador preguntó si había dado fácil con la dirección. “Sin pérdidas”, dijo él, que había vuelto a quedarse serio y escrutaba el interior de la caja metálica a la que ella ya entraba. Parecía introvertida porque a veces lo miraba a discreción de arriba abajo sin hablar. “Debe ser de Oriente por lo menos”, pensó mirándola también de reojo porque su tono se asemejaba al de una oriental. Era de piel oscura aquella cincuentona y se vestía…. O era de Granma o de Guantánamo. Nunca de Holguín. La puerta al fin se abrió y ordenó: “Por aquí”. No había ninguna señal que dijera que estaban en el onceno. Incluso tuvo la impresión de que el ascenso había sido demasiado corto. Pero la siguió y cuando vino a ver ya había una puerta abierta y él la cruzaba. Casi todo era de color rojo dentro, incluido las cortinas. ¡Qué manera más extraña tiene este Barbatruco de trabajar!”, pensó: “¡También debe ser de Oriente! Todos orientales aquí”. Y cuando quiso preguntarle apenas pudo reaccionar porque la mujer se le había lanzado encima empeñada en amamantarlo con la advertencia de: “Te había dicho que yo era grandota”. Y cuando trató de aclarar el malentendido advirtiendo: “Señora que usted y yo no hemos hablado”. “¿Que tú no eres el que llamó?, preguntó enfadada. “No”. Así, guardándose las tetas como  revólveres, acabó despidiéndole con la peor de las caras.buenosaires

Caldosa en la noche gélida de La Plata

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Bergson se apareció con la invitación para una caldosa. “¿Caldosa?”, preguntó asombrado por aquel arrebato de nostalgia. Pero, ya que era nostalgia: “¿Por qué no asamos un lechón?”. “No, Asere, lo que pasa es que tengo unos amigos recién ha llegados de Cuba y quisieron inventar algo con nosotros”. Los amigos, que hasta el momento no conocía, habían pasado el último 26 de julio en La Habana en lo que fue su primer viaje al Caribe y de aquella estancia, que también les permitió conocer Varadero y Trinidad, habían llegado con las pilas cargadas y el revolucionómetro al doscientos por ciento.

El Aseregaucho, que pocas veces asistió a caldosa alguna de las que organizaba el CDR, no sentía ningún entusiasmo por simular la celebración, cuando lo hizo fue para decirle a los vecinos y en especial a quienes tenían cargo que si para algo servía el festejo era para verse las caras, charlar un rato y superan así las carestías y provisorios brotes de envidia. Pero, no solo habrían de entusiasmarse con la idea la Aseregaucha y Mariam, las integrantes de su núcleo familiar (para seguir con los términos a fines), sino que se ofrecieron para darle el toque al plato que habría de prepararse, porque ¡que era eso de preparar una caldosa sin cubanos detrás o delante del fogón! Y era cierto, bastante ya que contaban con poderosos y casi ajenos ingredientes, pensó él cuando agrupados en el patio descubrió sobre la mesa, apilados, los trozos de carne vacuna y chorizos rojos que habrían de enriquecer a las viandas apiladas en cazuelas. Para el frío una inyección de proteínas no estaba mal, que valorando las municiones aquella comida sería capaz de levantar a un muerto. Y mientras descascaraban viandas y trozaban especias, siempre bajo el efecto de la música cubana, iban haciendo historias de las caldosas que seguían preparándose allá aunque no eran tiempos buenos para caldosas, que en los ochenta sí que sabían bien, exclamó Bergson en algún momento alardeando de casinero.

Lo curioso de la reunión, sin embargo, era la manera en que los anfitriones se habían preparado para la noche. El amigo de Bergson y su novia, ambos contemporáneos del grupo cubano, estaban tan fascinados con lo experimentado en su reciente viaje a Cuba que no solo quisieron reproducir una comida cubana simbolizada por aquel plato popular. Felices les recibieron vistiendo atuendos tan familiares para los visitantes que no más haber cruzado la puerta se miraron todos a discreción. Él llevaba uniforme de gala del Ministerio del Interior con grados incluso de teniente coronel y ella lucía un esplendoroso vestuario de empleada de ETECSA, aspecto que confería matiz de fiesta de disfraces al encuentro y mucho peor, por momentos, de investigación policial, como si hubieran vivido un robo y allí tuvieran al oficial para entrevistarlos. Muy extravagante lucía el uniforme del MININT encima del roquero argetino , un tipo con melena y argollas, con tatuajes y la intención solidaria de irse siempre por un porro para amenizar la diversión. Aspectos todos que,  el uniforme debió ser lo definitivo, le hacían tratarlo con cierto recelo.

tenientecoronelEl resultado fue una pasta para chuparse los dedos. No hubo que añadirle agua, dado que no apareció nadie imprevisto, y cada quien pudo zamparse la raciones que su estómago demandó, de manera que al salir, pese a los menos dos grados de temperatura que desolaba las calles, por la sustancia y el vino, el Aseregaucho lucía más contento que cuando había llegado. Lejos quedaban sus remilgos cederistas. Fue capaz de entonar en plena vía, para bochorno de su amada y de su amiga, la canción aquella que había identificado a los cederistas en una época. “Que ya ves”, le dijo Bergson cuando bajó del taxi alquilado en conjunto para trasladarse hasta sus respectivos departamentos, “que no solo los bifes hacen milagros”. Y antes de cerrar la puerta, antes de que los tres siguieran a su espacio hipodrómico, soltó también eso de: “Ya que estamos con lo del trabajo, debíamos abrir un puesto de caldosa.”

Macedonio por Macedonio

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mac2Lo del gabán y la barba vino después. Y lo debe a la influencia que en él ejercería el único escritor con quien ha entablado amistad tras su llegada, el primero que habría de tratar en persona, aunque desde mucho antes otros tantos le hubieran resultado familiares. Por las lecturas que lleva a cuestas sentía suyas las historias de Borges, Cortázar, Piglia, Bioy Casares, Girondo, Sábato. De  alguna manera todos habían incidido en él y antes de salir de Cuba supuso que entablaría ricos intercambios en bares y cafés con cualquiera de ellos. Sin embargo, el primero que se topó, y el único que le abrió sus puertas y aceptaba recibirlo cada tanto en su casa para charlar de historias no siempre comprensibles fue alguien de quien entonces no tenía la más mínima referencia, a quien encontró por pura casualidad y quien lo había deslumbrado con frases ingeniosas como esa de que aunque intelectual salteado gustaba que lo leyeran de corrido.

Después de semanas ausente Bergson había dado señales al fin. Andaba medio triste luego de romper con su novia argentina por un exabrupto con el suegro. Nunca hubiera imaginado que un cuchillo tuviera la potencia de echar abajo una relación aparentemente consolidada. “Sí que son complicadas estas mujeres”, volvió a decirle aquella mañana camino a la Biblioteca Nacional recordando el incidente que había dado lugar a la ruptura. Bergson mantenía una daga ofrecida por el hombre en un lugar visible, pero el día en que su novia llegó acompañada de sus padres para un almuerzo en su departamento apenas la funda podía verse en la pared. El arma estaba con él, en su mano inocente aunque se moviera de un lado al otro sobre la maleza del pequeño patio. “¿Cómo iba a suponer que el viejo se ofendería? ¡Tanto lío por un cuchillo regalo-símbolo de una relación!

Luego se olvidaron del cuchillo y el significado que tenía para el padre a punto de entregarle su hija a un extranjero porque la Biblioteca se levantaba ante el Aseregaucho como un potente tornillo gigante al cual debía admirarse con los mejores adjetivos. Quedaba entre edificios hermosos sobre los que caía amable el sol de la mañana. Lo único malo era el frío. Tomaron uno de los ascensores y llegaron al lugar donde sucedía el homenaje. Ya había comenzado al parecer. Hablaba una escritora, como casi todos, desconocida por él. Luego de fijarse en el lunetario descubrió que solo había dos asientos disponibles, uno en la primera fila y otro al fondo. Hoy se alegra de haber elegido sentarse allá,  al lado del viejo. Tenía una barba de abandono, blanquecina, e iba atorado en un gabán que contrastaba con el lívido abriguito que lo protegía. Una de las cosas que debía hacer de inmediato, le había dicho la Aseregaucha, era comprarse un buen abrigo. Esa mañana comprendió la urgencia. Algunas veces en el asiento tiritaba, y hasta sentía envidia del viejo, tan arrebujado en su abrigo, imperturbable, escuchando las disertaciones sobre el autor de Rayuela.

Pensó que era contraproducente la posición escogida por el hombre. Para lograr distinguir a los panelistas debía mirarlos por unos minúsculos binoculares, e incluso en el afán de escucharlos a veces debía apoyarse las orejas con ambas manos. Le hubiera dicho: “Abuelo, qué tal si cambia con otra persona”. Pero no dijo nada. Y no recuerda cómo se produjo la conversación pero en algún momento estaban hablando los dos, no de Cortázar, a quien el viejo en talante orgulloso llamaba “Uno de mis vástagos más queridos”. Informada su nacionalidad, y tras escucharle eso de lo lejos que estaba Cuba, ese paisito impresionante hasta donde habían llegado sus letras, el Aseregaucho supo al fin el nombre de tan enigmática criatura. Macedonio Fernández sonaba a cualquier cosa menos al nombre de un gran escritor. Ni siquiera podía afirmar haberlo escuchado jamás. Pero no mostraría su ignorancia a mansalva, así que en silencio escuchó al tal Macedonio que sin embargo, al final de la jornada, amable le invitaba a charlar de literatura en su residencia. Se lo hizo saber a Bergson de regreso a La Plata y este se alegró de que al menos entablara amistad con un escritor veterano. ¡Quién sabe si te ayuda a conseguir trabajo”, fueron sus palabras. Y él se quedó pensando en eso. Sí, tal vez el tal Macedonio podría ayudarlo con lo de la pincha.

Ni un café puede beber

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La posibilidad de charlar con el amigo difunto en un lugar que solo existía dentro de una computadora lo puso con el ánimo por el piso. No solo llegó a sentirse recluido como elefante en el departamento desde el cual veía caballos todas las mañanas, sino que se creyó cómplice de un entramado irreal pensado para promover falsedades. Seguido cayó en una abulia inesperada y esta le impedía terminar siquiera la lectura de uno de los libros con él desde su ciudad. Incluso llegó a comer con desgano alguno de los platos preferidos por la Aseregaucha -la milanesa fue por entonces tan recurrente como las fabadas de Mariam-. Bergson iba para una semana desaparecido. Habían quedado en verse para el homenaje a Cortázar, pero ni siquiera le timbraba al móvil.

Para matar el tiempo caminaba sin rumbo enfrentando vidrieras y personas, percatándose de la manera de vestir, de andar, de comportarse. Cada tarde y para ejercitar los músculos recogía a su amada en la Universidad. Había que atravesar un bosque abundante de eucaliptos frecuentado por deportistas amateurs, autos, ciclistas y estudiantes que iban o salían de clases en filas discontinuas. Cuando llegó al sitio por primera vez, al menos debido al aspecto de la facultad de humanidades, la Universidad se develó como el espacio donde la espontaneidad saltaba a la vista no más superar la puerta. Barandas y paredes quedaban bajo carteles y grafitis llamando a la revolución. Leyó frases, consignas, solicitudes escritas con el mayor de los enardecimientos.

A simple vista los líderes parecían mucho más creativos y espontáneos que los dirigentes estudiantiles y juveniles de su país, no escatimaban en vender libros o panes confeccionados por ellos para financiar una campaña a favor de no sabía qué causa, publicaban francas ideas en boletines que editaban por su cuenta, vestían sin presumir y podían enfrentarse con vehemencia en una especie de cuadrilátero ideológico previo a las elecciones estudiantiles con lo cual se evidenciaba un aspecto básico en la mayoría de los jóvenes con los que intercambiaba: podían hilvanar largas conversaciones y charlas sin la necesidad de caer en el panfleto propagandístico, sin dar la impresión de estar vacíos de pasión y contenido. Pronunciar palabras producidas a partir de la libre capacidad de pensar era una constante de la que se sintió avergonzado al recordar a tantos dirigentillos incapaces de originalidad ni en el saludo.

niñoA la salida visitaban algún bar o café, algo que en principio solo agudizó su depresión. Ocupada la silla era dominado por la angustia, estado del cual se percató el día en que un niño de unos seis años colocaba sobre la mesa un almanaque y él, despistado, volvió a poner la vista sobre el cartón luego de haber seguido al pequeño por unos segundos. Ella tuvo que decirle: “Lo hacen para ganarse la vida”. “¡Vaya frase!”, pensó. Siempre había alguien dispuesto a colaborar con los niños que se ganan la vida casi siempre ofreciendo algo a cambio, un almanaque, una postal por el día de los enamorados, servilletas, una canción. Los encontraría en trenes y subtes, a un lado de la acera, en plena vía. Ellos mismos, tan poco abundantes de dinero, colaboraban como podían por el simple hecho de sentir que haciéndolo escarbarían un tanto el problema de la pobreza que golpeaba a los infantes. A veces se hacía imposible entregarles algo, ni una moneda le podían dejar. Y semejante realidad le quitaba las ganas de beberse lo que fuera, ¡ah, las repercusiones de su educación! Perdía las ganas de beber y comer mientras hubiera un niño cerca que mirase como aquellos niños lo miraban algunas veces.

El mundo lo absorbe

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Sin embargo, pese a la pequeñez del departamento y a la soledad galopante cuando ninguna de las mujeres le acompañaban, el Aseregaucho permanecía la mayor parte del tiempo dedicado a la lectura de novelas, o conectado a la internet que a su vez le permitía sintonizarse con el universo. No era de los más analfabetos, en Cuba había gozado de privilegios. Un periodista de provincia con conexión a internet es menos provinciano, está menos aislado, se vuelve objeto de preocupación y envidia. Las posibilidades del presente lucían incomparables a las que alguna vez había tenido. Antes, para conectarse con el mundo debía primero tolerar el ruido cósmico del módem y conectado ya resistir la lentitud que apenas le permitía descargar ligeros adjuntos. Ni siquiera se le ocurrió soñar con disfrutar de un corto online, qué decir ya una película.

 

También infectado por la enfermedad de la memoria en los primeros días padeció lo que muchos de sus amigos habían padecido o seguían padeciendo. En lugar de ponerse al día, en vez de ir directo a las últimas películas, documentales o entrevistas en video realizadas a sus autores preferidos, los escritores modélicos para él, sus verdaderos padres, se dejó llevar por el agujero negro de la televisión cubana, por su espejismo dilucidario y fue dominado por esa infausta persecución de series avistadas en los ochenta, en los noventa y a principios del siglo corriente; vio viejas aventuras, olvidados dibujos animados, videos clips precarios que había llegado a pensar no existían en ningún lugar y que ni siquiera sus directores recordaban. Y no satisfecho, como zombi de la ideología, se entregó a la curiosidad de materiales patrióticos; discursos, charlas y, eso sí, cuanto producto disidente seguía vetado en la isla.

 

Después sucedió el redescubrimiento de las redes sociales. Se evaporaba su tiempo charlando con decenas de amigos que desperdigados por el mundo debían conectarse según los usos horarios de los países en donde habían ido a parar en estampida. De esa manera no solo contactó a viajantes, sino que charlaba así mismo con muchos conocidos varados en su ciudad. Muchos eran tendenciosos y se animaban a preguntar respecto a su futuro inmediato, a sus planes, a lo que pensaba de tal o mascual asunto. Lo más importante en este acápite fue la posibilidad de recuperar viejos contactos, antiguos compañeros de estudio y de la vida que tenía ya como amigos en su perfil, pero que dada la precariedad tecnológica apenas había llegado a saludar. Así, sin quererlo, conversó otra vez con Darwin.

 

Darwin fue su mejor amigo desde la infancia, un amigo del barrio con el peor nombre que se le pueda poner a un hijo teniendo en cuenta la religión predicada por la familia, todos Testigos de Jehová. De hecho Darwin había tenido problemas de la primaria al preuniversitario hasta que un día se fueron todos del país. Fue entonces cuando por lógica dejaron de verse y debieron pasar años para que sucediera el reencuentro, ¡alabado seas Mark Zuckerberg! Visto su nombre acompañando la fotografía le envió invitación. Al poco tiempo fue aceptada y si nunca cruzaron una sola palabra fue, había pensado, por la mala conexión. Pero, ahora estaba dispuesto a recuperar amistades. “¿Qué bolá, Darwin?”, escribió una mañana a su amigo. “Hola”,  pasado un momento se leía en el globo del chat.