La Mona seduce a Mariam

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baileconlamonaEntendía que muchos coterráneos no hubiesen dejado de moverse por años si al final el baile es una forma de terapia, valorada supone en una ciudad como Buenos Aires –“El manicomio”, diría uno de esos taxistas que habrían de sorprenderlo luego al confesarse miembro de un club llamado: “Desaparezcan al candidato de derecha”-. A todas estas las cosas en el departamento hipodrómico no estaban como para solicitar las necesitadas clases. Bien se lo había dicho la Aseregaucha, casi lo había exigido desde que empezaron a salir tantos años antes: “Tienes que aprender a bailar. Un cubano que no baila es un cero a la izquierda”. En lugar de marcar el ritmo terminaba marcando sus zapatos sobre los de ella por lo que a veces llegó a pensar no solo que era un cero a la izquierda, sino que en la embajada de cualquier país nórdico podrían darle inicio al trámite de su verdadera nacionalidad. Al llegar no pudo exigir una sesión para moverse con la salsa. Tampoco llegó a relatar lo ocurrido antes y después de la reunión con Barbatruco. Encontró a su amada desolada por un libraco marrón. Durkheim sí que bailaba para ella. La danza de la sociología apenas le permitió besarlo, mimarlo, preguntarle seca: “¿Qué tal te fue?”

Llegaba con ánimos de echar un pasillo y, recordándolo, ni siquiera a Mariam podría solicitarle unas clases. Desde el día anterior andaba entristecida. Su novio por catorce meses le había escrito una contundente carta desde Cuba. Dándole un batazo por tercera le informaba que otras tierras del mundo requerían su sacrificio. Y como si fuera un mariachi aseguró que en México estaba su futuro. Meses después no solo se lo ratificaría en el chat de Facebook, sino que se retrató cenando alegremente con una mexicana encima de la que practicaba una acción innecesaria para comerse unos tacos con guacamole. Con la misiva ella había visto deshechos todos los planes. La novedad la había dejado tan deprimida que no lograba contener sus lágrimas. Los aseregauchos le vieron llorar y hasta maldecirse. Era su culpa la ruina de aquel amor. Si no se hubiera aventurado hasta la Argentina… “¡Por qué me llegó esta beca!”, se quejaba: “¿Por qué si ni siquiera el estipendio me alcanza como pensé?” El Aseregaucho nunca valoró que su compañera de piso estuviera de ánimos siquiera para conversar. Y se equivocaba.

Cuando en silencio se apartó de su amada aún más enloquecida por Durkheim y avanzó hasta la cocina donde sobre una mesa de pino sin pulir y menos pintar mantenía su recipiente de cinco litros para el agua potable encontró que la Mariam del día anterior no era la persona que estaba sentada en el otro extremo con un vaso medio de un líquido color vino que en efecto era vino. Daba la impresión de haberse renovado – para usar sus palabras-. Jamás llegó a saludarle con el naturalidad de cada día, con esa expresión de “¿Cómo estás Aserito?”, sino que sin que así lo demandara se puso de pie y auxiliándose de unos gestos extravagantes para los cuales necesitó el movimiento de todo el cuerpo reprodujo un ritmo llamado cuarteto nunca antes escuchado por sus oídos Lograda la música soltó una estrofa que así decía: “Por qué tú me dejaste una huella que no puedo borrar…” Tuvo que sonreír. Y ella también se sonrió. Y le dijo: “Ya ves, superé lo del ingrato charro”. Con la misma, a la vez que empezaba a llenar un vaso con vino para él, volvió a la música y a eso de: “Quie-ro-beee-ber… quie-ro-be-berteeeeee…”

Después supo que Mariam había sufrido un efecto colateral de la internet, que por algo con la conexión nunca pudo descargarse un video en Cuba. Así de precavidos eran en su tierra. La noche antes, sumida en su dolor, se había entregado al YouTube. Así había dado con un ser estrafalario llamado La Mona del que inmediatamente quedó prendada. Y no sabe cómo ni por qué- aunque el por qué quizá tenga su respuesta en el despecho y las letras despechadas de la Mona que no era un animal amaestrado, sino un hombre que había recurrido a semejante mote para darse a conocer en el ambiente en el cual parecía un rey, el rey del cuarteto cordobés, La Mona Jiménez. La cosa es que desde aquella noche Mariam no ha parado de tararear las canciones, obligándolos por supuesto también a ellos, ejercicio descalabrante para cualquier domingo, por ejemplo, y que parece contradecir los gustos refinados de la aplicada estudiante de cine.

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bailaFue un mal entendido y no estaba dispuesto a aventurarse. Tomó el ascensor de vuelta y con los ojos sobre la pizarra se cercioró de apretar correctamente. En breve encontraría a la secretaria verdadera . “Viene tarde, amiguito” soltaba el reproche sin saludos mediante. Pero se limitó al silencio. “Debe ser habanera”, pensó a la vez que seguía de largo hasta la oficina donde habría de encontrarse con el compatriota, todo un empresario. Conversaron. Barbatruco aceptaba imprimirle un tabloide de cuantas páginas estuviera dispuesto a pagar. Tenía buenas máquinas para eso. Sin embargo, ahí mismo surgió el primer problema, porque aunque le había recibido con disposición y amabilidad fue categórico: “Aquí lo que cuenta es el dinero, ché. Ante todo tienes que asegurarme que no estoy perdiendo contigo. El negocio es el negocio”.

Salió de la oficina con la cabeza convertida en calculadora. No había sido bueno jamás en los negocios. Por algo era hijo de un estado paternalista, y de unos padres que como tantos padres en Cuba habían hecho lo inimaginable para lograr un dinerito extra que a los hijos les permitiera crecer sin preocupaciones. Ahora, fuera de la burbuja, se veía en el deber de aplicar las leyes del capitalismo en todo su diapasón, aprovechar las oportunidades, pensar en grande. El propio Barbatruco le sugirió no perder tiempo y antes de que fuera a enterrarse en La Plata, con semejante desfachatez le dijo, corriera a dos o tres negocios de cubanos establecidos en la gran ciudad para tantear mercado.

Un restaurante en pleno centro. Solo por el nombre habría adivinado. Cubanos. Al entrar vio fotografías dispuestas en las paredes. Playas, lomas, tabacos, banderas, rebeldes y edificios habaneros. El dueño no estaba, le dijo otra cubana poco comunicativa que en principio lo confundió con un andaluz. Tuvo que esperar durante largos minutos de pie. Al rato había ya un mulato buena gente frente a él que en lugar de haber llegado del barrio de Monserrate, como soltó, parecía haberlo hecho de Centro Habana, Hablaron en medio del salón apenas ocupado por una pareja (hombre y mujer, hay que dejarlo claro). La propuesta del Aseregaucho no le interesaba y lo soltó sin rodeos. “¿Qué gano yo con la información que prepares tú si lo que quiera saber de Cuba lo tengo en el celular”. “Está bien”, arguyó tranquilo: “pero de eso se trata. Con internet pierdes tiempo y te vas con la de trapo, que embaucadores es lo que se sobra. Propongo un sistema de información estudiado, serio. Tomaré las noticias y los artículos de interés para los que hayan emigrado a esta tierra, las sacaré de las mejores fuentes y las haré más atractivas. Podrás compartirlas con tus trabajadores, ante de cada jornada, vaya”. La cara del otro se iluminó. “¿Matutino tú dices? No, loco, no me interesa. Eso quizá funcione en Cuba, pero aquí, desmaya eso”. Y lo agarró un silencio largo, tanto que el Aseregaucho casi se marcha.

“Pero, quiero ayudarte socio”, dijo el dueño del restaurante casi con tono amigable: “A ver, ¿tú sabes bailar? Porque lo que si no falla es el baile. Usté olvídese del periodismo y póngase a bailar para que vea como hace pesitos, y hasta se le arriman dos o tres minitas. Las argentinas están locas por echar un pasillo con cubanos. Hágame caso. Yo llevo veinte años aquí y sé de lo que hablo. Vine en los tiempos de…” y dejó la frase en suspenso para colocarse una mano sobre los huevos, “…el innombrable”. Y viendo que no entendía el Asere con su afán gauchesco, que más bien el gesto le había parecido el de un pícher antes de lanzar la pelota, le dijo: “Méndez, ¿entiendes? Desde los tiempos de Méndez estoy aquí. ¿Usté sabe lo que hice primero antes de instalar la gastronomía nacional para los argentos, bailar y bailar”, y movió los hombros como un rumbero: “Hay gente que no ha parado desde que llegó.¡Azúcar!”