A veces, invisible

argentina, emigración, literatura, protección de los animales, trabajo, viajes

Entre los males padecidos  uno consiste en pensar que los amigos habían acabado olvidándolo, que los conocidos lo habían olvidado, que excepto la familia (dentro de la cual en alguno de sus miembros, no lo duda, también empezaba a cobrar efectos el esmeril de la distancia) cada una de las personas que había conocido en el pasado lo borraban de su disco duro, hecho por el cual creía adelantarse  en esa dimensión para la cual H. G. Wells creo su personaje famoso. A veces era un esperpento incorpóreo que se paseaba por calles extranjeras con imponentes o menos edificios, realidad tal vez común a todo el que se aleja del lugar de origen. Basta con moverse de una ciudad para verse atravesando una dimensión misteriosa que te hace desaparecer, extraño efecto que se multiplica cuando además del límite terrestre saltas un océano y te adentras en la para el isleño tan lejana vida continental. Sales desapareces, entras te trasfiguras.

Así era y así iba a ser y así andaba con la cabeza últimamente atolondrada entre esto y aquello y el trabajo que no aparecía y Bergson que no daba señales por largas semanas y la Aseregaucha que para juntar dinero, porque querían ahorrar para pasar el fin de año con su familia, allá en un campo perdido de su perdida ciudad, había empezado a cuidar unos niños que eran tiernos demonios prometedores y que solo sirvieron para sembrar en ella la idea de fecundar un óvulo cuando llegara la oportunidad, pero semejante proyecto aún estaba atrapado en algún pliegue cerebral, apenas visible a los rayos neuronales que le ofrecerían la fotosíntesis.

Ahora Bergon estaba contratado en alguna institución estatal y se ocupaba allí de una estación de radio clandestina (que esto lo sabría después y no por confesión de su amigo, imperdonable secreto, sino por un artículo de Clarín, sí el mismísimo periódico, que no fue suficiente eso de Clarín miente, porque esa vez no mentía, pero de todo contará después). Mariam horneaba gaceñigas que vendía en su tiempo libre en la zona de La Boca y él, al fin,  logró pescar un empleo ( siempre en negro) como vendedor C en una tienda donde todo lo que estaba a la vista del cliente había sido producido con piel animal. Llegaba demacrado en la madrugada porque las jornada eran como las prensas de los trapiches o las maquinillas de las carnicerías y ni tiempo le quedaba para alimentarse. Si acaso algo comía era una o dos laticas de paté con lechugas, de manera que su aspecto desde que estuvo en la tienda era deprimente.

Sin embargo, lo peor no era el régimen al cual estaba expuesto cada día hasta bien cerca de la madrugada a riesgo de afectar su intimidad y los planes de la Aseregaucha del óvulo fecundado. Tenía la impresión de trabajar (laburar le dicen aquí) en un cementerio. Para mucha gente la tienda en la que, después de todo, había tenido la suerte de ser contratado era peor que un cementerio: lucraba con los pellejos cuidadosamente trabajados de los pobres carpinchos, ahora convertidos en abrigos, alfombras y sombreros. Tan indigno resultaba el negocio para mucha gente que una vez se metieron tres mujeres y dos hombres y cuando pensó que requerían de su asistencia para efectuar la compra de por lo menos una alfombra los vio sacar unos palos medianos y con ellos destrozar lo que tuvieran delante. Se libró de la furia porque tuvo el tino de refugiarse bajo el mostrador (cuánto le hubiera gustado ahí en verdad ser invisible), y casi temblando marcó a la policía, y cuando se puso de pie aún no habían llegado las fuerzas pero encontró ese enigmático mensaje que le hizo tomar conciencia de su complicidad: “El carpincho eres tú”. Por un buen tiempo encontraba en el espejo la cabeza de un carpincho convertido en hermoso sombrero de piel en lugar de su rostro.

garpinchoMuchas sociedades protectoras de animales hay en la Argentina, muchos grupos veladores por los derechos de perros, gatos, chinchillas y carpinchos. Sus miembros son comandos de asalto dispuesto a cualquier cosa con tan de defender la integridad de un animal. A veces no sabe si un ser humano es tan ferviente defensor de la integridad de una persona como lo es de un ser de otra especie, quizá porque al saberse superior intenta desplegar un sentimiento de conmiseración que con uno igual le es inaceptable o imposible a saber por qué razones.

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