La vaca, las botas, la parasicología

argentina, cuba, emigración, literatura, protección de los animales

vacaparaDebió haber sido nueve de julio, no recuerda si hace un año o dos -el tiempo se diluye entre sus dedos cuando intenta atraparlo-. El Aseregaucho supera ya los dos años en la Argentina, aunque apenas esté dando cuentas de sus primeros doce meses, lapsus de asombros y delirios en el que ocurrió la escena de la que hoy da cuentas. ¡Ah!, y todavía no era un gauchoasere. O, si acaso, lo era solo por las botas, lo primero que se compró de estas tierras. Y a todas estas debe rectificar la frase, porque en verdad las compró su Aseregaucha cuando él todavía se despatillaba por la ciudad donde había nacido y hasta pensaba morirse. Debió ir hasta una iglesia sin que fuera misa. Un amigo lo había puesto en contacto con otro que viajaba desde Buenos Aires. Y atados los cabos allende los mares y las tierras del sur se vio entrando al templo sin la obligación de persignarse, pero sí de preguntar por el recién llegado. Sus botas de cuero le llevaron de un lugar al otro, y aunque reportero de cultura se asemejaba a un arlequín. Un error de comunicación permitió que le quedaran dos números más amplios, pero esa es otra historia.

Lo que quiere dejar claro hoy a sus cuatro lectores es que la actuación de algunas personas a veces parece un contrapunteo extravagante que devela contradicciones viscerales y hasta misteriosas, inexplicables. Era nueve de julio y caminaban con botas nuevas la avenida de mayo, cerrada a los autos por la fiesta. El asfalto y la vereda estaban colmadas por toda clase de gente, vendedores y compradores, en el suelo bajo toldos o en quiosco los primeros, en cualquier lugar los segundos. Podían verse grupos entusiasmados en hacerse de esto y de lo otro o tan solo observando las muchas exposición montadas por el gobierno de Cristina Fernández. Ellos también se detuvieron ante viñedos de Mendoza o pastizales de la Patagonia, y en una de esa dieron con un establo dentro del cual había dos vacas, las más grandes que hubieran visto alguna vez. Una de ellas, no podría repetir el nombre de la raza hoy a la distancia del tiempo, se rascaba ingenuamente una oreja porque un gancho de hierro le colgaba, y la molestia, que más que dolor debía ser una impertinente cosquilla, le obligaba a rascarse ante los ojos de los paseantes ataviados con sombrillas y bufandas. En eso junto a ellos se detuvo una mujer joven ocupada en entretener a sus tres muchachos,tres abrigos de todos los colores decorados con diminutos ojitos, se aferró a la tabla más alta de la cerca con ambas manos y gritó nunca supo él si a la vaca o al resto de la gente, porque nadie parecía responsable del establo un: “¡Maldito gancho de mierda que dañá a la vaquita!”.

Esa imagen se le quedó asentada en su cerebro, la imagen de aquella bella mujer que podría tener su edad, era blanca, con algunos lunares en su rostro y la expresión de quien profesa casi idolatría por los animales. Debía ser otra de las muchas activistas por los derechos animales, protectora de estos, pensó, y aún en otro escenario, podría ser uno con los avances tecnológicos en la zona de Ushuaia, tuvo la impresión de escuchar su voz maldiciendo a todos los que de alguna manera dañaban la integridad de las vacas, especialmente la de aquellos dos ejemplares expuestos como vulgares cosas, y en particular, valiéndose de injurias comunes como “la concha de su madre” retaba al “gancho de mierda” que en ese minuto debía estar sacándole cosquillas a la vaca de ojos sentimentales y masticación constante como la de una abuela.

Fue por aquel modo que tenía la vaca de mascar por el que el Aseregaucho tuvo ganas de morder cualquier trozo comestible. Se sintió trastornado por el hambre, un hambre ancestral y peligrosa, y como algo de dinero llevaban y era un día especial (Una brisa gélida amenazaba con entumecerle los huesos a los dos) fueron directo a un asado. Tenía ubicada una parrillita a pocos metros y ya habían caminado lo suficiente. Decidieron terminar el día en una de sus cálidas mesitas. Por suerte había un hueco para dos porque también el sitio estaba atestado, mas lo curioso, lo impresionante, lo asombroso para ambos fue encontrarse a la joven defensora de los animales devorando junto a sus tres esquimales acompañantes lo que debió ser una linda vaquita, una que alguna vez había tenido en su oreja un gancho de mierda y lo que era peor, uno bien filoso debió haber secado su carne para que los dientes también hermosos de la mujer la trituraran ahora.

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Un porro pedagógico

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bosqEl porro iniciático fue, como escriben los malos periodistas, “degustado” en un círculo hippie formado en la penumbra amistosa del bosque de La Plata. Estaban todos allí, la Aseregaucha, Mariam, Bergson y los tantos amigos incorporados a su vida platense – nunca plateada-. Participaban en un festival como nunca antes había visto alguno. En primer lugar, porque tenía como centro el corazón del bosque, una selva verde en la que dentro de la ciudad y junto al estadio del club Gimnasia crecían potentes eucaliptos y ceibos con verdaderos plastrones de paja en las que las cotorras monjes dejaban sus huevos. Y aunque al principio apenas podría creerlo -para un cubano a veces es difícil entender cualquier simpleza-, en medio de semejante matorral se podía celebrar un multitudinario concierto de música folclórica en calma sin que acaecieran hechos de violencia dignos de reportar.

Pero ni siquiera sería un concierto lo que iba a suceder durante varias noches consecutivas. Habían armado tres entramados inmensos donde de manera simultánea tocarían agrupaciones, solistas y bandas. De manera paralela, en puestos distribuidos en fila junto a una de las vías cualquier hambriento podría irse por bebidas y refrigerios –otra vez la jerga del mal periodismo- que la gente habría de devorar en pacífica alegría, sentada en el punto que mejor le viniera en gana, ante las tarimas o sobre la yerba, que se podía pisar no solo con los pies, incluso y perfectamente con cualquiera fuera la parte del cuerpo. Y hasta vería pasar entre las multitudes en puntillas vendedores ambulantes, jóvenes universitarios que se entregaban a esta digna iniciativa para complementar sus gastos, y así el Asere atisbó comestibles y, tal como fue el caso, unos tabacos cubanos –de la bodega- dentro de un canasto de mimbre. Esos, la verdad, los había llevado su amada la segunda noche y entre todos se encargaron de ofrecerlos para con lo recaudado adquirir bebidas para el conjunto.

En segundo lugar, antes de aceptar inmiscuirse en tan original fiesta, valoraba imposible eso de permanecer hasta entrada la madrugada en un bosque sin que se pusiera en peligro la integridad de una persona por muy culturales fueran los motivos que lo llevaran a reunirse. En el bosque de su ciudad natal, también abundante en eucaliptos, festejando la cultura una vez ciertos malévolos habían violado a una chica y al novio cuando intentó enfrentárseles. De modo que lo pensó dos veces, tres veces, cuatro veces antes de aceptar  aventura en aquella floresta a la que llegó a media tarde y en la que luego de tres cervezas, escuchando las delicias musicales del rock nacional, la chacarera y los trovadores, y mirando el herbazal penumbroso, pero seguro, colmado de cuerpos primaverales, aceptó quedarse hasta la hora que fuera. No lo encontró peligroso, sino agradable, placentero, deseable.

Luego, ya en la noche tercera, uno de los amigos, amiga en particular, metió la mano en su bolso y sacó algo que debió presentarles como su “artillería pesada”. Y sin que hubiera chupado siquiera el diminuto porro, incluso irguiéndose ante todos y ante el asombro de su amada, comenzó él una perorata moralizante, que si allá nadie fumaba semejante porquería, que si era perjudicial para los pulmones e innecesario para una sana recreación – jerga periodística de la peor otra vez- y destructivo para el cerebro en el sano juicio de un grupo que, según creía, como el de ellos, se autodefiniera militantes de izquierda, y así siguió con una serie de sandeces hasta que inmediatamente recordó que si escritor es lo que intentaba hacerse en su viaje, no pocos de sus maestros había echado mano a los estimulantes para las musas, de modo que perplejo, olvidándose del teque y luego de un suspenso que en ascuas había dejado a los otros, gritó al fin un: “ ¡Está bien. Pasa eso, qué más da!”. Y le dio una chupada que le dejó la cabeza echa humo o no humo, sino una flema de imágenes indescriptibles para su planeamiento literario.