Cuba por todas partes

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Nadie es completamente antimperialista a no ser imperialista; ningún gobierno, ninguna persona, de lo contrario en lugar de imitar códigos culturales ajenos recuperaría esos a los que debe su personalidad cultural; hablaríamos arahuaco o taino o guaraní y vestiríamos de poncho al menos para seguir el estilo. No imitaría tanta moda impulsada por colonizadores de Coca-Cola, Haier y Vodka. Por eso, cree él, nadie es antimperialista al cien por cien y por eso odia el Aseregaucho al que trata de serlo o imitarlo, o trata de ofrecer esa impresión de rebelde perpetuo y recalcitrante enemigo de  Norteamerica donde tiene tantos amigos y familiares queridos. En definitiva lo del antimperialismo lo inventaron los imperialistas, se decía, casi lo gritaba y en eso, sudado, manoteando a su amada sorprendida, despertó.

Siempre le pasaba igual luego de beber cerveza. La cerveza le produce sueños estrafalarios, pero ninguna le había provocado una pesadilla igual. De modo que luego del café de la mañana, luego de hacer lo de cada día, juró que jamás iba a volver a esa cervecería magnifica llamada Antares cuya bebida negra de sabor sin igual le había obligado a esa clase de elucubraciones. ¿Cómo había llegado hasta allí?, ¿por qué razones había entrado en su sueño esa persona, un antiguo compañero de trabajo, el veterano periodista que sigue yendo a su puesto laboral vestido de miliciano por si acaso se escucha una alarma, por si acaso el sonido metálico de un balón de gas ya vacío anuncia un ataque? ¡Lo que le faltaba!, que también dormido tuviera que aguantarle peroratas a amargados compañeros empeñados en hacerle recordar lo que fueran deberes ideológicos impuestos en la escuela o que simplemente se acercara para mencionar la palabra, el nombre del país del cual provenía. Lo habló con Darwin y este juraba que le sucedía lo mismo, que a veces era como si le saltaran sin querer elementos de su ciudad, de su país, no solo en Facebook donde parecía intencional la melancolía, sino en la propia calle.

Igual parecía pasarle. Bastaba con que entrara a un establecimiento cualquiera para que le saltaran elementos de su país. Entraba a una librería e impulsado por un brazo invisible el libro impreso en Cuba se le venía encima como si lo buscara. No era siquiera un autor publicado en editoriales casi siempre españolas, sino que por obra de a saber qué espíritu era golpeado por ediciones impresas en la isla. Pero no solo libros parecían perseguirle, todo lo cubano iba detrás de él. Caminando por las calles escuchaba voces, personas hablando en jerga habanera y al mirar, efectivamente, hallaba cubanos, decenas de cubanos que iban por las calles o despachaban en los mercados o comían en los restaurantes. Por un tiempo se creyó cazador de compatriotas. Su entretenimiento consistía en descubrirlos en la multitud, y cuando pasó el embullo siguió siendo imán para todo lo que tuviera que ver con el lugar del cual provenía. Música cubana en bares, personajes cubanos en periódicos, paisajes cubanos en anuncios, bebidas cubanas en estanterías y hasta esa manera de ser heredada de las escaseces.la foto

Tenía que comportarse como un cubano aunque fuera de pálida piel y no supiera bailar salsa, quería seguir siendo cubano aunque odiara los boliches, así que decidió agudizar el cubaneo en los mercados, en los supermercados, en cualquier sitio donde fuese a comprar. Cazaba no ya compatriotas, sino ofertas de fin de semana, perseguía cada una de las rebajas que siempre anunciaban en las estanterías, aunque no siempre le iba bien. Recuerda que en una de esas debió regresar varios productos debido a malas interpretaciones de su parte. Era tan poca la experiencia como comprador de alto rango. ¡El márquetin puede ser tramposo! Tuvo que aguantarle al cajero una queja que lo dejó asombrado: “Hay que leer”, dijo molesto. Él, que tantos libros leía. Se lo iba a decir, pero, ¿para qué?

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