Vestido de superhéroe

argentina, cuba, emigración, literatura

espeAl fin y al cabo su esfuerzo por encontrar trabajo seguía sin dar resultado. Solo halló algunos empleos sin importancia y mérito para recuperarlos del olvido. Sin contar que estaba junto a su amada en tierra lejana solo lo mantenía con entusiasmo la posibilidad de escribir a toda hora, escribir y escribir en su laptop doblemente extranjera que también envejecía junto a ellos. De mañana, tarde y noche escribiendo. Así de obstinado es en lo que advierte como destino. Para eso, más que todo para eso, se había trasladado miles de kilómetros. Y lentamente veía engordar una novela que en tono de comic describía las peripecias de un cubano emigrado extrañamente al Sur. De paso hablaba de Buenos Aires en tiempos revueltos, que todavía no estaban del todo revueltos, pero alguno avizoraba transformaciones para después de las elecciones.

Se mantenía al margen cuando platicaban de política, en primer lugar por respeto a los argentinos y su historia inexplorada por él. Lo pensaba dos veces antes de soltar criterio sobre este o aquel tema no fuera a armarse quilombo. Prefería asuntos menos peliagudos. En lugar de reunirse con amigos siempre ávidos del tema tomó la determinación de irse a librerías, incluso visitar al único escritor que le había abierto las puertas, el tal Macedonio Fernández. Una mañana despertó decidido. Había dormido mirando el papel donde con su puño y letra le había puesto sus señas. Desayunó pan común y café con leche -¡que dirían César Aira y Alejadra Pizarnik de este añadido!- y salió directo a la terminal. Dudó entre las rutas que cubrían los tramos a Buenos Aires. ¿Costera o Plaza? Como otras veces prefirió el Costera, que le parecía más cómodo y con lo cual lograba llevarle la contraria a Bergson quien, en raro comportamiento de connotaciones ideológicas, solo aceptaba moverse en el Plaza, por la tonalidad predominante en la carrocería. Todo rojo.

Macedonio radicaba con su hijo, le había dicho, en Avenida Las Heras, un barrio reconcheto para usar término que escuchara por primera vez al roquero del MININT  y que en lunfardo quería decir: aburguesado. Cuando pasó una de las entrecalles se percató de que el escritor nunca había puesto número del edificio y se maldijo. Ubicar a alguien en Buenos Aires lleva tiempo. Vio un concesionario de Chevrolet, una inmobiliaria y la entrada a dos edificios residenciales. Mirando los árboles de la Escuela de Jardinería se rascó la cabeza. ¿A quién preguntar entre decenas de transeúntes dislocados? Fue una suerte que un señor mayor, un viejito, apareciera por una de las entradas. Por la edad supuso el Aseregaucho que debía conocer a Macedonio, y “Buenas” le dijo, y cuando hubo de explicarle el otro, protegido por una bufanda porque hacía frío, y viendo que él iba con un simple y hasta triste suetercito, en vez de señas del escritor le preguntó que de dónde era. “De Cuba”, respondió. “¿Y vives aquí?” “Sí”, dijo sin ganas de detalles. Entonces el viejo quedó pensativo, esbozó una sonrisa taimada y le soltó una frase que a él le cayó como una patada en el estómago: “¿Gusano?” “¿Gusano?”, repitió el Asere a punto de violentarse, “¿Acaso me arrastro? Que no me ve las piernas y los brazos… ¡Humano es lo que soy! Y con la misma dio media vuelta y se marchó dejando al viejo balbuceante y desconcertado.

El hecho en apariencia simple fue suficiente para malograr sus planes. ¡Adiós Macedonio! Otro día lo buscaría para charlar. El estúpido comentario había producido un raro sentimiento solo destruible bebiéndose una cerveza. Y si no lo hizo de inmediato fue porque prefería ahorrar el dinero, y en caso de gastarlo que fuera junto a su amada. Por eso, Costera mediante, regresó a La Plata. En la noche visitaron juntos un lugar llamado Dos ranas. Vinos. Quesos. Y al salir un hombre sospechoso salido de la nada quiso sacarles dinero de manera violenta. Pero era tal el efecto de la bebida, y tan fuerte aún el recuerdo del viejo equivocado de la mañana que, quitándose los espejuelos, descargó la ira en el hombre y este, el atracador, salió espantado de enfrente. Su amada lo besó y él acabó la noche como si un superhéroe hubiera sido.

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