Bailar, bailar, bailar

argentina, baile, cuba, literatura

bailaFue un mal entendido y no estaba dispuesto a aventurarse. Tomó el ascensor de vuelta y con los ojos sobre la pizarra se cercioró de apretar correctamente. En breve encontraría a la secretaria verdadera . “Viene tarde, amiguito” soltaba el reproche sin saludos mediante. Pero se limitó al silencio. “Debe ser habanera”, pensó a la vez que seguía de largo hasta la oficina donde habría de encontrarse con el compatriota, todo un empresario. Conversaron. Barbatruco aceptaba imprimirle un tabloide de cuantas páginas estuviera dispuesto a pagar. Tenía buenas máquinas para eso. Sin embargo, ahí mismo surgió el primer problema, porque aunque le había recibido con disposición y amabilidad fue categórico: “Aquí lo que cuenta es el dinero, ché. Ante todo tienes que asegurarme que no estoy perdiendo contigo. El negocio es el negocio”.

Salió de la oficina con la cabeza convertida en calculadora. No había sido bueno jamás en los negocios. Por algo era hijo de un estado paternalista, y de unos padres que como tantos padres en Cuba habían hecho lo inimaginable para lograr un dinerito extra que a los hijos les permitiera crecer sin preocupaciones. Ahora, fuera de la burbuja, se veía en el deber de aplicar las leyes del capitalismo en todo su diapasón, aprovechar las oportunidades, pensar en grande. El propio Barbatruco le sugirió no perder tiempo y antes de que fuera a enterrarse en La Plata, con semejante desfachatez le dijo, corriera a dos o tres negocios de cubanos establecidos en la gran ciudad para tantear mercado.

Un restaurante en pleno centro. Solo por el nombre habría adivinado. Cubanos. Al entrar vio fotografías dispuestas en las paredes. Playas, lomas, tabacos, banderas, rebeldes y edificios habaneros. El dueño no estaba, le dijo otra cubana poco comunicativa que en principio lo confundió con un andaluz. Tuvo que esperar durante largos minutos de pie. Al rato había ya un mulato buena gente frente a él que en lugar de haber llegado del barrio de Monserrate, como soltó, parecía haberlo hecho de Centro Habana, Hablaron en medio del salón apenas ocupado por una pareja (hombre y mujer, hay que dejarlo claro). La propuesta del Aseregaucho no le interesaba y lo soltó sin rodeos. “¿Qué gano yo con la información que prepares tú si lo que quiera saber de Cuba lo tengo en el celular”. “Está bien”, arguyó tranquilo: “pero de eso se trata. Con internet pierdes tiempo y te vas con la de trapo, que embaucadores es lo que se sobra. Propongo un sistema de información estudiado, serio. Tomaré las noticias y los artículos de interés para los que hayan emigrado a esta tierra, las sacaré de las mejores fuentes y las haré más atractivas. Podrás compartirlas con tus trabajadores, ante de cada jornada, vaya”. La cara del otro se iluminó. “¿Matutino tú dices? No, loco, no me interesa. Eso quizá funcione en Cuba, pero aquí, desmaya eso”. Y lo agarró un silencio largo, tanto que el Aseregaucho casi se marcha.

“Pero, quiero ayudarte socio”, dijo el dueño del restaurante casi con tono amigable: “A ver, ¿tú sabes bailar? Porque lo que si no falla es el baile. Usté olvídese del periodismo y póngase a bailar para que vea como hace pesitos, y hasta se le arriman dos o tres minitas. Las argentinas están locas por echar un pasillo con cubanos. Hágame caso. Yo llevo veinte años aquí y sé de lo que hablo. Vine en los tiempos de…” y dejó la frase en suspenso para colocarse una mano sobre los huevos, “…el innombrable”. Y viendo que no entendía el Asere con su afán gauchesco, que más bien el gesto le había parecido el de un pícher antes de lanzar la pelota, le dijo: “Méndez, ¿entiendes? Desde los tiempos de Méndez estoy aquí. ¿Usté sabe lo que hice primero antes de instalar la gastronomía nacional para los argentos, bailar y bailar”, y movió los hombros como un rumbero: “Hay gente que no ha parado desde que llegó.¡Azúcar!”

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4 comentarios en “Bailar, bailar, bailar

  1. Y yo que ni eso jajaja yo no se bailar. Cuando lo digo la gente me mira como si de repente hubieran descubierto que tengo tres cabezas con ocho ojos cada una. Y tampoco se nadar, habiendo nacido en una isla jajajajajaja la etiqueta de bicho raro me persigue hasta en tierra firme. Tu sabes bailar, Aseregaucho? Se que la Aseregaucha si baila, porque la he visto.

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