Macedonio por Macedonio

argentina, cuba, literatura, viajes

mac2Lo del gabán y la barba vino después. Y lo debe a la influencia que en él ejercería el único escritor con quien ha entablado amistad tras su llegada, el primero que habría de tratar en persona, aunque desde mucho antes otros tantos le hubieran resultado familiares. Por las lecturas que lleva a cuestas sentía suyas las historias de Borges, Cortázar, Piglia, Bioy Casares, Girondo, Sábato. De  alguna manera todos habían incidido en él y antes de salir de Cuba supuso que entablaría ricos intercambios en bares y cafés con cualquiera de ellos. Sin embargo, el primero que se topó, y el único que le abrió sus puertas y aceptaba recibirlo cada tanto en su casa para charlar de historias no siempre comprensibles fue alguien de quien entonces no tenía la más mínima referencia, a quien encontró por pura casualidad y quien lo había deslumbrado con frases ingeniosas como esa de que aunque intelectual salteado gustaba que lo leyeran de corrido.

Después de semanas ausente Bergson había dado señales al fin. Andaba medio triste luego de romper con su novia argentina por un exabrupto con el suegro. Nunca hubiera imaginado que un cuchillo tuviera la potencia de echar abajo una relación aparentemente consolidada. “Sí que son complicadas estas mujeres”, volvió a decirle aquella mañana camino a la Biblioteca Nacional recordando el incidente que había dado lugar a la ruptura. Bergson mantenía una daga ofrecida por el hombre en un lugar visible, pero el día en que su novia llegó acompañada de sus padres para un almuerzo en su departamento apenas la funda podía verse en la pared. El arma estaba con él, en su mano inocente aunque se moviera de un lado al otro sobre la maleza del pequeño patio. “¿Cómo iba a suponer que el viejo se ofendería? ¡Tanto lío por un cuchillo regalo-símbolo de una relación!

Luego se olvidaron del cuchillo y el significado que tenía para el padre a punto de entregarle su hija a un extranjero porque la Biblioteca se levantaba ante el Aseregaucho como un potente tornillo gigante al cual debía admirarse con los mejores adjetivos. Quedaba entre edificios hermosos sobre los que caía amable el sol de la mañana. Lo único malo era el frío. Tomaron uno de los ascensores y llegaron al lugar donde sucedía el homenaje. Ya había comenzado al parecer. Hablaba una escritora, como casi todos, desconocida por él. Luego de fijarse en el lunetario descubrió que solo había dos asientos disponibles, uno en la primera fila y otro al fondo. Hoy se alegra de haber elegido sentarse allá,  al lado del viejo. Tenía una barba de abandono, blanquecina, e iba atorado en un gabán que contrastaba con el lívido abriguito que lo protegía. Una de las cosas que debía hacer de inmediato, le había dicho la Aseregaucha, era comprarse un buen abrigo. Esa mañana comprendió la urgencia. Algunas veces en el asiento tiritaba, y hasta sentía envidia del viejo, tan arrebujado en su abrigo, imperturbable, escuchando las disertaciones sobre el autor de Rayuela.

Pensó que era contraproducente la posición escogida por el hombre. Para lograr distinguir a los panelistas debía mirarlos por unos minúsculos binoculares, e incluso en el afán de escucharlos a veces debía apoyarse las orejas con ambas manos. Le hubiera dicho: “Abuelo, qué tal si cambia con otra persona”. Pero no dijo nada. Y no recuerda cómo se produjo la conversación pero en algún momento estaban hablando los dos, no de Cortázar, a quien el viejo en talante orgulloso llamaba “Uno de mis vástagos más queridos”. Informada su nacionalidad, y tras escucharle eso de lo lejos que estaba Cuba, ese paisito impresionante hasta donde habían llegado sus letras, el Aseregaucho supo al fin el nombre de tan enigmática criatura. Macedonio Fernández sonaba a cualquier cosa menos al nombre de un gran escritor. Ni siquiera podía afirmar haberlo escuchado jamás. Pero no mostraría su ignorancia a mansalva, así que en silencio escuchó al tal Macedonio que sin embargo, al final de la jornada, amable le invitaba a charlar de literatura en su residencia. Se lo hizo saber a Bergson de regreso a La Plata y este se alegró de que al menos entablara amistad con un escritor veterano. ¡Quién sabe si te ayuda a conseguir trabajo”, fueron sus palabras. Y él se quedó pensando en eso. Sí, tal vez el tal Macedonio podría ayudarlo con lo de la pincha.

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2 comentarios en “Macedonio por Macedonio

  1. ojalá te ayude! y si no, pues una buena charla siempre se agradece. De todas maneras si lo visitas ten abiertos los ojos, que fuera de Cuba anda el loco que da al pecho.

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