Bife, para empezar

argentina, cuba, emigración, viajes

“Esto no es Europa”, advirtió con inesperado desencanto la AsereDeleuze, cuyo verdadero nombre es Mariam y así le identificaremos, cuando estaban ante una mesa de pino tragándose el almuerzo de bienvenida. De plato fuerte tenían carne de vaca, acompañada con ensalada mixta y puré de papa. Su amada había pinchado la punta de una brócoli con el tenedor que llevó hasta la boca del recién llegado y aún masticaba este aquel amasijo novedoso de vegetales que en principio descubrió desagradable cuando escuchó la advertencia.

La verdad no le importaba que en lugar del Norte hubiera descendido al Sur y que estuvieran tan lejos de Europa, al fin y al cabo un mundo viejo en esos momentos convulsionado. A pocas horas de haber pisado la tierra de las mil librerías todo le resultaba maravilloso, casi tocado por una modernidad incompatible con lo que entendía debía corresponderse al subdesarrollo de estos pueblos y, claro está, al atraso sideral de su país. En lo adelante habrá de criticarse la superficialidad primigenia que lo había hecho reparar en detalles aparentemente nimios, como lo fue en este caso la calidad del transporte público; los colectivos, las guaguas como ha seguido diciéndoles, pasaban vacías en determinados horarios y con frecuencia constante. Así mismo alabó la educación de los ciudadanos, quienes ante sus ojos se alzaban engañosamente como un conjunto de gente fina, instruida, capaz de ofrecer las gracias, los buenos días, y lo mejor, de referirse a él siempre por el apelativo de “chico”.

También le atrajo, como si fuese matarife en lugar de intelectual, las carnicerías, el primero de los sitios visitados en cuanto se deshizo del maletín. Observando la fuente de plástico azul aún medio llena sobre la mesa pensaba si sería capaz de grabarse la denominación de los múltiples cortes de carnes allí existentes. Se creía incapaz de semejante aprendizaje, por lo demás innecesario para él, cuando hasta el momento diciendo “carne con gordo” y “carne sin gordo” había resuelto, llegando a sus 62 kilogramos de peso.

boca1Pero en ese momento apenas quería preocuparse en minucias.  Se encontraba admirado de sí mismo por el inmenso trozo acabado de zampar y aún más, por las ganas de seguir engullendo. “Aquí se llama bife”, le dijo el amigo Bergson, que había ido a esperarlo con una botella de vino como muestra de su amistad inquebrantable. Sostenía una copa medio llena y comía con calma, como quien ha consumido tantas veces el mismo plato que ya no tiene prisa en hacerlo otra vez. “Métele que no ves eso desde que te la quitaron por la libreta”, dijo refiriéndose a la carne de res, y quizás porque en esos momentos su cuerpo mostraba una escuálida constitución aguzada en los últimos días por la infinidad de carreras que  de una oficina a la otra debió realizar en busca de autorizaciones para su viaje.

El Aseregaucho puso una sonrisa y por un instante se mantuvo pensativo. Era cierto lo que decía el amigo. ¿Desde cuándo no comía un pedazo de carne vacuno como aquel? Nunca lo había hecho, probablemente. No le siguió la corriente, no obstante. Se sirvió dos veces más antes de escuchar el primero de los planes que le aguardaban. Su amigo lo invitaba a una jornada en recordación a Julio Cortázar preparada por la Biblioteca Nacional (ha llegado la hora de decir que el Aseregaucho tiene pretensiones literarias, no solo cuenta con un pasado como aprendiz de periodista en el semanario de su provincia natal, esa que a veces le dejaba la impresión de ser una provincia fuera de todo circuito, ajena al mundo real de la Isla y y del mundo completo, un verdadero cantón como sus habitantes quisieron alguna vez) y nada mejor podía ocurrirle a quien llegaba con ganas de salpicarse del genio literario de los muchos genios argentinos. Era el principal sueño de emigrado, vivir la literatura y olvidarse de la política estrafalaria que lo había estado persiguiendo, toda una vida, como el bolero.

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6 comentarios en “Bife, para empezar

  1. Ser inmigrante, por más años que uno tenga encima, suele sentirse como ser un niño (o una niña). No se tienen muchos más recursos por más que abunden experiencias y todo esbozo de expresión concluye en el asombro… hasta en los bifes! Sabrosísimo!!!

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