Ni un café puede beber

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La posibilidad de charlar con el amigo difunto en un lugar que solo existía dentro de una computadora lo puso con el ánimo por el piso. No solo llegó a sentirse recluido como elefante en el departamento desde el cual veía caballos todas las mañanas, sino que se creyó cómplice de un entramado irreal pensado para promover falsedades. Seguido cayó en una abulia inesperada y esta le impedía terminar siquiera la lectura de uno de los libros con él desde su ciudad. Incluso llegó a comer con desgano alguno de los platos preferidos por la Aseregaucha -la milanesa fue por entonces tan recurrente como las fabadas de Mariam-. Bergson iba para una semana desaparecido. Habían quedado en verse para el homenaje a Cortázar, pero ni siquiera le timbraba al móvil.

Para matar el tiempo caminaba sin rumbo enfrentando vidrieras y personas, percatándose de la manera de vestir, de andar, de comportarse. Cada tarde y para ejercitar los músculos recogía a su amada en la Universidad. Había que atravesar un bosque abundante de eucaliptos frecuentado por deportistas amateurs, autos, ciclistas y estudiantes que iban o salían de clases en filas discontinuas. Cuando llegó al sitio por primera vez, al menos debido al aspecto de la facultad de humanidades, la Universidad se develó como el espacio donde la espontaneidad saltaba a la vista no más superar la puerta. Barandas y paredes quedaban bajo carteles y grafitis llamando a la revolución. Leyó frases, consignas, solicitudes escritas con el mayor de los enardecimientos.

A simple vista los líderes parecían mucho más creativos y espontáneos que los dirigentes estudiantiles y juveniles de su país, no escatimaban en vender libros o panes confeccionados por ellos para financiar una campaña a favor de no sabía qué causa, publicaban francas ideas en boletines que editaban por su cuenta, vestían sin presumir y podían enfrentarse con vehemencia en una especie de cuadrilátero ideológico previo a las elecciones estudiantiles con lo cual se evidenciaba un aspecto básico en la mayoría de los jóvenes con los que intercambiaba: podían hilvanar largas conversaciones y charlas sin la necesidad de caer en el panfleto propagandístico, sin dar la impresión de estar vacíos de pasión y contenido. Pronunciar palabras producidas a partir de la libre capacidad de pensar era una constante de la que se sintió avergonzado al recordar a tantos dirigentillos incapaces de originalidad ni en el saludo.

niñoA la salida visitaban algún bar o café, algo que en principio solo agudizó su depresión. Ocupada la silla era dominado por la angustia, estado del cual se percató el día en que un niño de unos seis años colocaba sobre la mesa un almanaque y él, despistado, volvió a poner la vista sobre el cartón luego de haber seguido al pequeño por unos segundos. Ella tuvo que decirle: “Lo hacen para ganarse la vida”. “¡Vaya frase!”, pensó. Siempre había alguien dispuesto a colaborar con los niños que se ganan la vida casi siempre ofreciendo algo a cambio, un almanaque, una postal por el día de los enamorados, servilletas, una canción. Los encontraría en trenes y subtes, a un lado de la acera, en plena vía. Ellos mismos, tan poco abundantes de dinero, colaboraban como podían por el simple hecho de sentir que haciéndolo escarbarían un tanto el problema de la pobreza que golpeaba a los infantes. A veces se hacía imposible entregarles algo, ni una moneda le podían dejar. Y semejante realidad le quitaba las ganas de beberse lo que fuera, ¡ah, las repercusiones de su educación! Perdía las ganas de beber y comer mientras hubiera un niño cerca que mirase como aquellos niños lo miraban algunas veces.

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Espectros tiene la red

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Haber encontrado a Darwin supuso un relámpago de alegría que le permitió evocar infancia y adolescencia. Mas, entre conversaciones y quizá por el tiempo separado de su amigo,  creía a veces percibir cierta frialdad rematada en diálogos parcos e insulsos. Llegado a ese punto, aceptando lo del trabajo como coartada, se contentaba con actualizar la información referida a la vida del otro. Miraba las fotografías colgadas en su muro y especialmente observaba la imagen principal. Debió habérsela tomado recientemente, su rostro llevaba la marca de quien se acerca a los cuarenta y había en su apariencia un hálito de amargura que a él hizo meditar porque era la aflicción del emigrado, podría llegar a asemejársele. Por suerte no había recurrido a fetiches o paisajes abstractos como otros. Tener una foto suya le hizo sentirse cómodo, como si los intercambios fuesen en verdad encuentros en vivo y en directo, personales.

A veces chateaban por la noche, pero la mayoría de las pláticas ocurrieron en horario de la mañana. Así, por dos semanas en las que su amada y la amiga y hasta Bergson atestiguaron la satisfacción que el hallazgo hubo de ocasionarle. Un día el Aseregaucho contó a otro amigo afincado en Oslo de su reciente encuentro y este le soltó una frase fulminante e inmisericorde que se le clavó en la cien como una agujeta: “Coño, mijo, pero tú no sabes que Darwin está muerto”. “¿Muerto?”, exclamó: “¡Si yo chateo con él todos los días, qué bolá contigo.” “Pues ve a ver… Pensé que lo sabías, Asere; ha sido una cosa terrible para todos”. Era terrible, sí, enfermizamente terrible. En efecto, su amigo había fallecido dos semanas antes debido a un disparatado asalto callejero, pero su perfil de Facebook seguía allí y lo que era peor, alguien con espíritu macabro lo mantenía actualizado.

En el siguiente intercambió acribilló al supuesto Darwin con una sucesión de preguntas desesperadas, algo que llevó a cabo no sin evidente escozor, allí estaba la fotografía de su amigo mirándole a los ojos desdichado, y peor: enseguida leyó los saludos, vio los emoticones, tuvo las respuestas. “Soy Vidalina, ¿te acuerdas de mí?” ¿Podía ser lo que estaba leyendo? Vidalina era la madre del Testigo de Jehová, que él por supuesto bien recordaba. La mujer había escrito cada palabra del chat, algo que no solo confesaba, sino que le aseguró seguir haciéndo como única manera de mantener a su hijo en el presente. Escribir como lo hubiera hecho, poner “me gusta” a las cosas que le habrían gustado al muchacho, reproducir noticias y trozos de canciones era su terapia y, por si fuera poco, le pedía hacerse partícipe de ella, volverse su cómplice en beneficio personal.anotador

Lo único provechoso de este episodio es que llegó a establecer una especie de teoría respecto al destino que le estaba reservado al hombre moderno. Seríamos suplantados por nuestra imagen virtual, algo que sabrá peligrosamente con detalles en el futuro, y que si adelantamos ahora es solo para mantener en suspense a los escuálidos lectores de este diario de aburrimiento. También es cierto que a partir de aquel día tomó  mayor precaución a la hora de aceptar amistades, desconocidos que se acercaban portando una inocente solicitud de amistad. Fue precavido con la información que entregaba a quien del otro lado preguntaba sobre su situación en la Argentina, que qué hacía, que dónde trabajaba, ¿regresas? Nunca se sabe si los que se hallan detrás de los retratos son en verdad los fotografiados o sus fantasmas, seres misteriosos que se aparecen en la red solo para husmear la intimidad de uno, para sonsacarte, para crear una burbuja de vanidad mortal en la que puedes quedar preso como trampa asfixiante. Eso, sin hablar de los muerto, de los que siguen con vida y de los verdaderos. Ha tratado de evitarlo, pero a veces a Darwin, por ejemplo, le da por conversar.

El mundo lo absorbe

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Sin embargo, pese a la pequeñez del departamento y a la soledad galopante cuando ninguna de las mujeres le acompañaban, el Aseregaucho permanecía la mayor parte del tiempo dedicado a la lectura de novelas, o conectado a la internet que a su vez le permitía sintonizarse con el universo. No era de los más analfabetos, en Cuba había gozado de privilegios. Un periodista de provincia con conexión a internet es menos provinciano, está menos aislado, se vuelve objeto de preocupación y envidia. Las posibilidades del presente lucían incomparables a las que alguna vez había tenido. Antes, para conectarse con el mundo debía primero tolerar el ruido cósmico del módem y conectado ya resistir la lentitud que apenas le permitía descargar ligeros adjuntos. Ni siquiera se le ocurrió soñar con disfrutar de un corto online, qué decir ya una película.

 

También infectado por la enfermedad de la memoria en los primeros días padeció lo que muchos de sus amigos habían padecido o seguían padeciendo. En lugar de ponerse al día, en vez de ir directo a las últimas películas, documentales o entrevistas en video realizadas a sus autores preferidos, los escritores modélicos para él, sus verdaderos padres, se dejó llevar por el agujero negro de la televisión cubana, por su espejismo dilucidario y fue dominado por esa infausta persecución de series avistadas en los ochenta, en los noventa y a principios del siglo corriente; vio viejas aventuras, olvidados dibujos animados, videos clips precarios que había llegado a pensar no existían en ningún lugar y que ni siquiera sus directores recordaban. Y no satisfecho, como zombi de la ideología, se entregó a la curiosidad de materiales patrióticos; discursos, charlas y, eso sí, cuanto producto disidente seguía vetado en la isla.

 

Después sucedió el redescubrimiento de las redes sociales. Se evaporaba su tiempo charlando con decenas de amigos que desperdigados por el mundo debían conectarse según los usos horarios de los países en donde habían ido a parar en estampida. De esa manera no solo contactó a viajantes, sino que charlaba así mismo con muchos conocidos varados en su ciudad. Muchos eran tendenciosos y se animaban a preguntar respecto a su futuro inmediato, a sus planes, a lo que pensaba de tal o mascual asunto. Lo más importante en este acápite fue la posibilidad de recuperar viejos contactos, antiguos compañeros de estudio y de la vida que tenía ya como amigos en su perfil, pero que dada la precariedad tecnológica apenas había llegado a saludar. Así, sin quererlo, conversó otra vez con Darwin.

 

Darwin fue su mejor amigo desde la infancia, un amigo del barrio con el peor nombre que se le pueda poner a un hijo teniendo en cuenta la religión predicada por la familia, todos Testigos de Jehová. De hecho Darwin había tenido problemas de la primaria al preuniversitario hasta que un día se fueron todos del país. Fue entonces cuando por lógica dejaron de verse y debieron pasar años para que sucediera el reencuentro, ¡alabado seas Mark Zuckerberg! Visto su nombre acompañando la fotografía le envió invitación. Al poco tiempo fue aceptada y si nunca cruzaron una sola palabra fue, había pensado, por la mala conexión. Pero, ahora estaba dispuesto a recuperar amistades. “¿Qué bolá, Darwin?”, escribió una mañana a su amigo. “Hola”,  pasado un momento se leía en el globo del chat.

Como alpinista austriaco

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Lo del apartamento fue una metáfora. Algunas veces y en la medida en que pasaba el tiempo podría sentirse como el famoso elefante en la caja de fósforos. Es probabble que el viaje a la Argentina  le hubiera conferido una cualidad solo esperada de ciertos tropos, por ejemplo, la metonimia. Tan solo con pisar Ezeiza pudo haberse estirado; y en la medida en que pasaban los días crecía, se agigantaba. El suyo era un estiramiento espiritual, estaba consciente, pero algunas veces no sabe bien si a consecuencia de la ansiedad del extranjero este sentimiento se volvía físico. Las piernas y los brazos terminaban tomando dimensiones descomunales y no paraba de chocar contra estantes, soportes de ventanas, mesas y sillas.

Coincidiendo con el momento en que su cuerpo alcanzaba dimensiones colosales le daba por caminar de un lado al otro como una fiera enjaulada, y como a toda bestia salvaje que quiere domesticarse su amada y la amiga lanzaban libros, series televisivas y películas  con el fin de apaciguarlo. Debía esperar la culminación de su visado como turista para aspirar a un documento de identidad con el cual habría de conseguir lo que quiere todo emigrado, trabajo. Conocía a otros muchos compatriotas que estaban o habían estado en las mismas y también trataban de calmarlo invitándolo a esporádicos paseos o a veladas que a él no gustaban demasiado dado su fascinación por la patria noche, que prefiere sagrada para dormir.

Se ponía a fantasear con el sitio que habría de acogerle profesionalmente. Un periódico, una revista, una editorial, cualquiera de estos lugares le servirían para demostrar el talento del que, estaba seguro, era poseedor. Pero, eso nunca se sabe a ciencia cierta. No se sabe si el talento se circunscribe a un territorio o acaso la circunstancia puede hacer con el talento picadillo, carne picada, trocitos. Lo cierto es que pasaría el tiempo. El trabajo no llegaba, tampoco sus papeles y nada podía calmar su ansiedad, la incertidumbre producida por el futuro avistado desde el piso quince de una torre de concreto. Por suerte tenía buena vista. Desde la ventana se veía gran parte de la ciudad.

A unos metros quedaba la estación de trenes donde una vez Brat Pitt había posado bajo la atención de Jean-Jacques Annaud y de cientos de platenses amontonados durante el rodaje de la primera escena de Siete años en el Tíbet. De manera que también el Aseregaucho se sintió alguno de esos días como el alpinista Heinrich Harrer, caminando junto a su esposa por la estación, tan impresionado como si anduviera Austria en el 39. Se movía entre la multitud de peatones y vendedores tan nuevos para él, tan mestizos todos por esa zona, observaba cada detalle avanzando sin parar pero en lugar de sostener una bandera con la esvástica negra agarraría tal vez un periódico local siempre útil para quien busca clasificados.   estación

Bife, para empezar

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“Esto no es Europa”, advirtió con inesperado desencanto la AsereDeleuze, cuyo verdadero nombre es Mariam y así le identificaremos, cuando estaban ante una mesa de pino tragándose el almuerzo de bienvenida. De plato fuerte tenían carne de vaca, acompañada con ensalada mixta y puré de papa. Su amada había pinchado la punta de una brócoli con el tenedor que llevó hasta la boca del recién llegado y aún masticaba este aquel amasijo novedoso de vegetales que en principio descubrió desagradable cuando escuchó la advertencia.

La verdad no le importaba que en lugar del Norte hubiera descendido al Sur y que estuvieran tan lejos de Europa, al fin y al cabo un mundo viejo en esos momentos convulsionado. A pocas horas de haber pisado la tierra de las mil librerías todo le resultaba maravilloso, casi tocado por una modernidad incompatible con lo que entendía debía corresponderse al subdesarrollo de estos pueblos y, claro está, al atraso sideral de su país. En lo adelante habrá de criticarse la superficialidad primigenia que lo había hecho reparar en detalles aparentemente nimios, como lo fue en este caso la calidad del transporte público; los colectivos, las guaguas como ha seguido diciéndoles, pasaban vacías en determinados horarios y con frecuencia constante. Así mismo alabó la educación de los ciudadanos, quienes ante sus ojos se alzaban engañosamente como un conjunto de gente fina, instruida, capaz de ofrecer las gracias, los buenos días, y lo mejor, de referirse a él siempre por el apelativo de “chico”.

También le atrajo, como si fuese matarife en lugar de intelectual, las carnicerías, el primero de los sitios visitados en cuanto se deshizo del maletín. Observando la fuente de plástico azul aún medio llena sobre la mesa pensaba si sería capaz de grabarse la denominación de los múltiples cortes de carnes allí existentes. Se creía incapaz de semejante aprendizaje, por lo demás innecesario para él, cuando hasta el momento diciendo “carne con gordo” y “carne sin gordo” había resuelto, llegando a sus 62 kilogramos de peso.

boca1Pero en ese momento apenas quería preocuparse en minucias.  Se encontraba admirado de sí mismo por el inmenso trozo acabado de zampar y aún más, por las ganas de seguir engullendo. “Aquí se llama bife”, le dijo el amigo Bergson, que había ido a esperarlo con una botella de vino como muestra de su amistad inquebrantable. Sostenía una copa medio llena y comía con calma, como quien ha consumido tantas veces el mismo plato que ya no tiene prisa en hacerlo otra vez. “Métele que no ves eso desde que te la quitaron por la libreta”, dijo refiriéndose a la carne de res, y quizás porque en esos momentos su cuerpo mostraba una escuálida constitución aguzada en los últimos días por la infinidad de carreras que  de una oficina a la otra debió realizar en busca de autorizaciones para su viaje.

El Aseregaucho puso una sonrisa y por un instante se mantuvo pensativo. Era cierto lo que decía el amigo. ¿Desde cuándo no comía un pedazo de carne vacuno como aquel? Nunca lo había hecho, probablemente. No le siguió la corriente, no obstante. Se sirvió dos veces más antes de escuchar el primero de los planes que le aguardaban. Su amigo lo invitaba a una jornada en recordación a Julio Cortázar preparada por la Biblioteca Nacional (ha llegado la hora de decir que el Aseregaucho tiene pretensiones literarias, no solo cuenta con un pasado como aprendiz de periodista en el semanario de su provincia natal, esa que a veces le dejaba la impresión de ser una provincia fuera de todo circuito, ajena al mundo real de la Isla y y del mundo completo, un verdadero cantón como sus habitantes quisieron alguna vez) y nada mejor podía ocurrirle a quien llegaba con ganas de salpicarse del genio literario de los muchos genios argentinos. Era el principal sueño de emigrado, vivir la literatura y olvidarse de la política estrafalaria que lo había estado persiguiendo, toda una vida, como el bolero.