El pasado futuro y sus fantasmas

viajes

bingo7El edificio donde habrá de vivir ocupa una esquina bucólica, al límite de lo que pudiera ser el casco urbano de la ciudad de La Plata. Delante tiene el Hipódromo. También había árboles deshojados por el invierno, comercios siempre abiertos al cliente y atravesando la calle una vereda despoblada seguida de otros establecimientos. “Hay de todo”, dijo la Aseregaucha cuando bajaron del transporte que los dejó frente al edificio. Lloviznaba. El  viento se proponía paralizarle el rostro poco acostumbrado a las temperaturas bajas. Atisbó los alrededores y, aunque aún no era capaz de identificar detalles, vio que era cierto, había una multiplicidad de comercios reconocibles por sus toldos coloridos y carteles. Crecido a un costado, inmenso allá, una construcción peculiar. ¡Bingo!

Nunca había estado en un Bingo. Tampoco le importaba visitarlo porque de niño había aprendido que el juego es una tara del pasado capitalista, pero… ¿qué dice? El pasado era el presente en una cabriola del destino. Y en el futuro, para colmo, a instancias de unas compañeras de su mujer (otras amigas, feministas, habría preferido que se refiriera a ella por el apelativo militante de compañera, pero el Aseregaucho es ante todo un asere) habrá de descubrirse ante una mesa cuadrada de cuatro asientos diseñada para apostar.

Delante tienen a una dama con voz sensual que suelta melodiosamente el número grabado en las pequeñas pelotas de madera. Salen de una jaula brillante mientras los presentes esperan completar una línea en cualquier dirección del recuadro de papel. ¿Te sientes bien?”, le pregunta ella, preocupada por la expresión del Aseregaucho, tan hosca que las otras podrían llegar a pensar les molestaba su compañía. Mas  nada le pone de mal humor, solo que un ambiente como ese, de juegos prohibidos en su tierra natal, logran perturbarlo. Sentimientos de culpa lo asaltan por momentos, como si temiera que de pronto un policía fuera a surgir de algún lado para llevárselo acusado de ilegalidades. Por mucho que intenta frenarlos, esos estertores de hombre nuevo retardado le saltan encima como una enfermedad debutante. Surgen de manera inoportuna las enseñanzas de la primaria, los ejercicios morales en las clases de cívica, la intachable conducta que toda persona debe mantener en el socialismo.

Está a punto de ponerse de pie y marcharse, circula números con desgano en el tablero cuando, ¡bingo! Lo grita ella. Su amado ha completado una línea, es el ganador de la ronda. “Si qué tienen suerte los compatriotas revolucionarios”, suelta una de las chicas y la mira ahora sí con rabia, irritado por las asociaciones perpetuas con símbolos oficiales, políticos innecesarios. Esa noche comen y beben con la recompensa del juego prohibido que aquí no lo es y hasta intenta involucrarse en torneos peores, la ruleta… Y no se encuentra en el pasado, sino en un presente prometedor. Pero… este pasaje sucederá en unos meses y si lo escribo ahora es porque al descender del auto atisbaba el edificio del salón de juegos, a una cuadra de distancia del edificio, con verdadero asombro.

Seguia atento el Bingo como si hubiera en su lugar un palacio. Y cuando vino a darse cuenta la puerta del edificio estaba abierta. Su dama sonríe a la espera de impresiones. Luego siguieron al elevador, artefacto educado como pocos coterráneos: daba los buenos días y hasta te deseaba la mejor de las estancias.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s